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11.09. El testimonio de los judíos

El apóstol Pablo pregunta: "¿Qué ventaja tiene, pues, el judío?", y responde: "Mucho, en todas maneras. Primero, ciertamente, que les ha sido confiada la palabra de Dios?" (Romanos 3:1, 2).

En esos días, esa "palabra" divina estaba formada por "la ley de Moisés,... los profetas y... los salmos" (Luc. 24: 44), es decir, que el AT estaba ya formado exclusivamente por los libros que no admiten discusión.

Este pasaje de Romanos es, por lo tanto, importantísimo para reconocer la autoridad y origen del canon hebreo del AT. Se trata del antiguo canon fijado, tradicionalmente, por Esdras (siglo V a. C.), "sacerdote y escriba erudito en la ley del Dios del cielo" (Esdras 7:12).

A este respecto contamos con el valioso testimonio de Flavio, Josefo, más conocido como "Josefo" (siglo I d. C.), culto y bien documentado historiador judío, expositor de la antigüedad y excelencia de su religión y su raza, quien afirma:

"No tenemos una innumerable multitud de libros discordantes y contradictorios entre sí [como tienen los griegos], sino sólo 22 libros que contienen los requisitos de todos los tiempos pasados [es decir, lo registrado en el AT desde la creación en adelante], los cuales con justicia son considerados divinos; y cinco de ellos pertenecen a Moisés, los que contienen sus leyes y las tradiciones del origen de la humanidad hasta la muerte de él. Este lapso abarcó poco menos de tres mil años; pero en lo que respecta al tiempo desde la muerte de Moisés hasta el reinado de Artajerjes, rey de Persia, que reinó después de Jerjes, los profetas que fueron después de Moisés escribieron en trece libros lo que sucedió en sus tiempos. Los cuatro libros restantes contienen himnos a Dios y preceptos para la conducta de la vida humana. Es cierto que nuestra historia ha sido escrita muy minuciosamente a partir de Artajerjes; pero nuestros antepasados no la han estimado de la misma autoridad, porque no ha habido una exacta sucesión de profetas desde ese tiempo; y lo que hacemos demuestra la firmeza con que hemos dado crédito a esos libros de nuestra propia nación; pues durante tantos siglos como los que ya han pasado, nadie ha sido tan atrevido como para añadir cosa alguna a ellos, quitarles algo, o hacerles cambio alguno; porque llega a ser natural y espontáneo en todos los judíos, desde su mismo nacimiento, estimar que estos libros contienen doctrinas divinas y persistir en ellas y, si fuera necesario, estar dispuestos a morir por ellas" (Contra Apión, i. 8, en The Life and Works of Flavius Josephus [La vida y trabajos de Flavio Josefo], [Filadelfia: The John C. Winston Company, s/f], pp. 861-862).

Josefo enumera 5, 13 y 4 (22) libros. Es una manera judaica de hacer coincidir esta cifra con el número de las letras del alfabeto hebreo. Los 39 libros del AT reconocidos como canónicos por todos los cristianos corresponden con estos 22 de la siguiente manera: los 12 profetas menores son computados como un solo libro; los dos libros de Samuel se cuentan como uno; lo mismo se hace con Reyes y Crónicas; Esdras y Nehemías equivalen a uno; Lamentaciones se une con Jeremías; Rut con Jueces. De ese modo, en total hay que restar 17 unidades. La cuenta es exacta y no deja lugar para "añadir", "quitar" o "hacer cambio alguno".

Por regla general, los escrituristas judíos se referían a los "veintidós" libros de las Escrituras - al AT - coincidiendo con Flavio Josefo. Sin embargo, en el tratado talmúdico Baba Bathra se computan 24 libros. Este número resulta de separar a Rut de Jueces, y a Lamentaciones de Jeremías.

A este mismo tema se refiere David Allan Hobbard, autor del artículo titulado "La formación del canon", que forma parte de las explicaciones introductorias de La Biblia de estudio Mundo Hispano.

Dice ese autor:

"La referencia judía más importante al canon es la del tratado talmúdico conocido como Baba Bathra. Las fechas talmúdicas son muy difíciles de precisar, pero el material en esta sección es probablemente del siglo II o I a.C. . . Los autores de la mayoría de los libros son mencionados; y no se mencionan libros que no se encuentran en el canon protestante" (Ed. de 1977, p. 25).

Por supuesto, en el canon, que Hobbard llama "protestante" no tienen cabida los libros apócrifos.