DANIEL ALEJANDRO FLORES

6.17. El relato de Ahikar

Se trata de una novela ubicada en tiempos de Senaquerib, rey de Asiria.

Ahikar, ministro de Senaquerib, es acusado falsamente por su sobrino Nadán y condenado a muerte.

Pero como Ahikar una vez había salvado de la muerte al verdugo, éste mata a un criminal en lugar de Ahikar, quien huye a Egipto.

Cuando Senaquerib supo que estaba vivo, lo hizo volver; y cuando Ahikar regresa, pide que se castigue a Nadán, el cual es condenado a morir de hambre en una prisión.

6.16. Salmos de Salomón

Es una colección de 18 salmos que describen la justicia de Israel en comparación con las naciones circunvecinas.

Se describen dos clases de judíos: los justos, a los cuales pertenece el autor; y los injustos, que son profanos y agradan a los hombres.

Estos salmos fueron escritos originalmente en hebreo, quizá a mediados del siglo I a. C.

6.15. Pirké Abot (Dichos de los padres)

Es una colección de máximas morales y religiosas expresadas por dirigentes judíos durante un período de varios siglos cerca del comienzo de la era cristiana.

Ellos creían que injusticia de Dios se revela en la misma forma en que se manifiesta la justicia en un tribunal terrenal: recompensa de paz y felicidad para el observador de la ley, y castigo para el violador de sus preceptos.

En realidad usaban la palabra Torah - ley o instrucción - como un término aplicable a Dios. Esta obra está incluida en la Mishnah.

6.14. Martirio de Isaías

Este libro declara que el rey Manasés condenó al profeta Isaías por decir que había visto a Dios (Isa. 6:1), pues de acuerdo a Exo. 33:20 nadie puede ver a Dios y vivir.

6.13. Libro de Adán y Eva

El autor de esta obra narra el relato de Adán y Eva desde la creación hasta su expulsión del huerto del Edén, y anticipa la destrucción de la tierra, primero por agua y después por fuego.

Probablemente fue un judío de la diáspora quien lo escribió en algún momento dentro de los primeros cuatro siglos de la era cristiana.

6.12. Carta de Aristeas

Esta carta declara que fue escrita por Aristeas, funcionario de la corte de Tolomeo II Filadelfo (285-246 a. C.), a su hermano Filócrates, y relata la preparación de la Septuaginta (LXX).

Debido a los muchos anacronismos que contiene, los eruditos han dudado generalmente de su veracidad. Sin embargo, es una fuente valiosa de información de las opiniones existentes en la antigüedad acerca del origen de la LXX.

6.11. La asunción de Moisés

Esta obra tal vez originalmente consistía de dos libros diferentes: el Testamento de Moisés y La asunción.

El autor, fariseo, trató de llevar a sus compatriotas de nuevo a las antiguas sendas de obediencia implícita a la Torah.

Movido por su patriotismo, esperaba el regreso de las diez tribus y creía que el deber de Israel era guardar la ley y orar para que Dios interviniera en favor de la nación.

Esta obra parece haber sido escrita durante el siglo I d. C.

Los primeros autores cristianos relacionaron el vers. 9 de Judas con este libro. Sin embargo, las palabras de Judas no se encuentran en las secciones de La asunción que existen ahora.

6.10. Oráculos sibilinos

Esta es una obra que comprendía originalmente 15 libros y varios fragmentos.

Se compone de oráculos elaborados por judíos y quizá por autores cristianos desde el siglo II a. C. hasta quizá el siglo V d. C.

6.09. Testamentos de los doce patriarcas

En esta obra se proclama la salvación de los gentiles, que serán salvados por medio de Israel.

Presenta al Mesías como descendiente de Leví, no de Judá, y relaciona a la tribu de Dan con el anticristo.

En esta obra se anticipa una resurrección tanto de justos como de impíos, los cuales serán divididos en grupos diferentes.

Se ha sugerido que los Testamentos fueron escritos por un fariseo o esenio durante el apogeo de la prosperidad de los asmoneos, cuando Juan Hircano asumió los títulos de profeta, sacerdote y rey, y fue reconocido por los fariseos como el Mesías.

Sea como fuere, generalmente se reconoce que en su redacción actual esta obra contiene interpolaciones cristianas.

Se ha renovado el interés en los Testamentos desde que se descubrió un fragmento de una de sus secciones - el Testamento de Leví - entre los Rollos del Mar Muerto, en la caverna I de Qumrán.

También se ha hecho notar que hay similitudes entre el Testamento de Leví y el Comentario de Habacuc y los llamados Fragmentos sadoquitas.

6.08. Cuarto de Esdras

Para favorecer las creencias fundamentales del judaísmo, el autor presenta un concepto escatológico de Dios.

Dios es uno y único; no tiene instrumentos intermediarios; únicamente él es el juez final.

Los israelitas son una raza elegida, y la ley es una dádiva especial para ellos después de haber sido rechazada por otros mundos.

Como el amor de Dios por Israel excede a su amor por cualquier otro pueblo, los israelitas son sus verdaderos representantes para la humanidad.

En este libro hay también un relato fabuloso (cap. 14:19-48) donde se dice que Nabucodonosor quemó la ley durante la destrucción de Jerusalén, pero que Esdras dictó, por inspiración divina, un nuevo ejemplar de ella a sus escribas.

Se cree que 4 Esdras fue escrito a fines del siglo I d. C.

6.07. Tercero de Baruc

Este libro apoya la creencia de que hay siete cielos y tres clases de ángeles que interceden por tres clases de hombres.

Su autor cree que el árbol prohibido fue la vid y que la desobediencia de Adán se debió a Satanás, que sentía envidia de Cristo.

En este libro pareciera haber influencia cristiana, y probablemente fue escrito no antes del siglo II d. C.

6.06. Segundo de Baruc

Este libro es una compilación de varias obras.

En él se declara que el hombre puede cumplir la ley, y que los justos son salvados por sus obras.

Enseña que el reino mesiánico se establecerá pronto, y que entonces Israel será un imperio mundial con Jerusalén como su capital.

Este libro probablemente fue escrito durante los siglos I o II d. C. Existe completo únicamente en una versión siríaca.

6.05. Segundo de Enoc (Enoc eslavo)

Sólo ha sobrevivido la versión eslava de esta obra. En algunos puntos es similar con 1 Enoc (Etiópico) y quizá conserve elementos del antiguo pensamiento mesiánico judío.

También es similar en muchos puntos con la literatura cristiana más antigua, lo que podría deberse a citas de 2 Enoc empleadas por algunos padres de la iglesia, o a elementos de Enoc tomados de ellos, lo cual depende de la fecha cuando se compuso esta obra.

Un grupo de eruditos sitúa 2 Enoc en el siglo I d. C., en tanto que otros lo hacen antes del siglo VII.

6.04. Primero de Enoc (Enoc Etiópico)

Es una compilación de las obras de varios autores fariseos, y parte se escribió en hebreo y parte en arameo. Hoy se conoce como "Etiópico" porque sólo se ha preservado una versión etíope.

De particular interés son sus enseñanzas acerca del reino venidero y la vida futura. Aparentemente declara que el gobernante trascendental de ese reino estuvo escondido con Dios desde antes de la creación del mundo (cap. 46: 1-2; 48: 6; 62: 7).

Varios títulos que se dan a este gobernante se aplican a Jesús en el Nuevo Testamento. Es llamado "Su [de Dios] Ungido [o Mesías]" (cap. 52:4); "el justo" (cap. 38: 2; cf. Hech. 3: 14); "el Elegido" (1 Enoc 40: 5; 45:3-4; cf. Luc. 23: 35); y "el Hijo del Hombre" (1 Enoc 46: 3-4; 62: 5).

Las diversas partes de 1 Enoc - escritas por diferentes autores - indican que existían varios puntos de vista entre los judíos del siglo I a. C. en cuanto al reino mesiánico.

Los cap. 1-36 enseñan que ese reino existirá eternamente en la tierra después del juicio final; los cap. 37-71, que perdurará por la eternidad en la tierra y en el cielo, y que comenzará con el juicio final; y en los cap. 91-104 se enseña que el reino mesiánico será transitorio, estará en la tierra y será seguido por el juicio final.

También se da importancia a Azazel, identificado como el que "ha enseñado toda injusticia en la tierra y ha revelado los secretos eternos que estaban (guardados) en el cielo, los cuales los hombres se esforzaban por conocer" (cap. 9:6).

El juicio final de Azazel se declara con estas palabras: "El Señor dijo a Rafael: 'Ata a Azazel de pies y manos, y échalo a las tinieblas; haz una abertura en el desierto, el que está en Dudael, y échalo ahí dentro. . . Y en el día del gran juicio será echado en el fuego. . . Toda la tierra ha sido
corrompida por las obras que enseñó Azazel; atribúyele a él todos los pecados' " (cap. 10: 4-8).

Aunque la identificación de Azazel con Satanás no se puede probar por la autoridad del libro de Enoc, su nombre aquí muestra lo que entendían los judíos acerca de Azazel en el siglo I a. C.

1 Enoc señala el fermento del pensamiento escatológico que predominaba en ciertos sectores del judaísmo precisamente antes del período del Nuevo Testamento y durante él.

La profecía de Enoc registrada en Judas 14 tiene mucho parecido con 1 Enoc 1:9. los especialistas difieren en cuanto a las fechas atribuidas a las diversas secciones de este libro; pero por lo general se cree que todo el libro circulaba, por lo menos, a mediados del siglo I a. C.

6.03. Jubileos

Esta obra fue escrita en hebreo indudablemente por un fariseo o esenio durante la segunda mitad del siglo II a. C., aunque se han sugerido fechas tanto anteriores como posteriores a ésta.

Es un extenso comentario de Génesis y Éxodo escrito con un enfoque legalista.

Es de particular interés su enseñanza acerca del reino mesiánico venidero, que es concebido como una evolución gradual hasta que el hombre y la naturaleza alcancen la perfección, la felicidad y la paz.

Los hombres alcanzarán entonces a vivir mil años, y cuando mueran, sus espíritus entrarán en un estado de eterna bienaventuranza.

Se descubrió un fragmento de esta obra entre los manuscritos del mar Muerto en la caverna I de Qumrán.

6.02. Cuarto de los Macabeos

Este libro, como 3 Macabeos, también está incluido en algunos manuscritos de la LXX, pero no es aceptado por la Iglesia Católica.

Es un sermón a los judíos acerca de la supremacía de la razón inspirada sobre la pasión.

De acuerdo con este libro, las pasiones son implantadas por Dios y no deben ser desarraigadas
sino dirigidas.

Logran mejor la rectitud, la justicia, el valor y la temperancia los que han sido instruidos por la Torah.

6.01. Tercero de los Macabeos

Libro que sólo consta de siete capítulos y está incluido en algunos manuscritos importantes de la LXX.

Como es evidentemente una obra folklórica la clasificamos como seudoepigráfica.

Relata minuciosamente la victoria de Tolomeo IV Filopátor sobre Antíoco Magno en la batalla de Rafia (217 a. C.) y los excesos cometidos por el rey victorioso.

El libro fue escrito indudablemente para mostrar cómo Dios liberó milagrosamente a la nación judía en un tiempo de ambiciones personales e intrigas internacionales.

6.00. Los seudoepigráficos

La palabra "seudoepigráficos" significa literalmente "escritos que llevan un título falso".

Los eruditos aplican este nombre a un conjunto de escritos religiosos atribuidos falsamente a famosos personajes del pasado.

Los libros seudoepigráficos son de la misma época de los apócrifos y similares a éstos en muchos sentidos; pero no han sido aceptados como canónicos ni por los judíos ni por ninguna iglesia cristiana.

Los autores católicos clasifican estas obras como apócrifas. Trataremos brevemente estos libros:

Tercero de los Macabeos
Cuarto de los Macabeos
Jubileos
Primero de Enoc (Enoc Etiópico)
Segundo de Enoc (Enoc eslavo)
Segundo de Baruc
Tercero de Baruc
Cuarto de Esdras
Testamentos de los doce patriarcas
Oráculos sibilinos
La asunción de Moisés
Carta de Aristeas
Libro de Adán y Eva
Martirio de Isaías
Pirké Abot (Dichos de los padres)
Salmos de Salomón
El relato de Ahikar

5.13. Segundo de los Macabeos

Este libro no es una continuación de 1 Macabeos, sino que también comienza con la entronización de Antíoco IV Epífanes y narra las luchas de los judíos para liberarse de los sirios.

Su relato sólo llega hasta la victoria de Judas Macabeo sobre el general sirio Nicanor en Bet-horón (1 62/161 a. C.).

Aunque abarca un período mucho más corto que 1 Macabeos, en algunos lugares da más detalles, lo que determina que a veces parezca ser sólo literatura y no una historia seria.

En 2 Macabeos se introducen nuevos conceptos doctrinales que no se hallan en el primer libro, pues se registra la forma en que judas Macabeo presentó una ofrenda por los pecados de los muertos y oró para que fueran liberados de sus pecados con la esperanza de la resurrección (cap. 12:43-45).

Por su introducción este libro parece haber sido escrito en Palestina alrededor del año 124 a. C. (cap. 1: 10), y es un compendio de una obra mayor escrita por un tal Jasón de Cirene (cap. 2:23).

5.12. Primero de los Macabeos

En contraste con el carácter mayormente fabuloso de los libros hasta aquí descritos, 1 Macabeos se considera como un documento primario que abarca la historia de las luchas de los judíos por su independencia en el siglo II a. C.

Traza la historia del período desde el encumbramiento de Antíoco IV Epífanes al trono seléucida en 175 a. C., hasta el comienzo del reinado del rey-sacerdote asmoneo Juan Hircano en 135 a. C.

Se desconoce el autor de 1 Macabeos; pero los eruditos están convencidos de que fue un saduceo palestino muy familiarizado con los sucesos de los cuales escribió.

El libro fue escrito en hebreo quizá alrededor del año 100 a. C.

5.11. Oración de Manasés

Esta corta obra de sólo 15 versículos asegura que es una oración del rey Manasés de Judá cuando estuvo prisionero en Babilonia (2 Crón. 33:9-13).

No está entre los libros aceptados por la Iglesia Católica en el Concilio de Trento, y en las ediciones autorizadas de la Vulgata se la coloca como un apéndice de los apócrifos.

Originalmente la incluían tanto la Biblia alemana de Lutero como la KJV. Esta obrita parece ser un salmo penitencial escrito quizá en el siglo I a. C.

5.10. Añadiduras a Daniel

En la LXX hay varias añadiduras al libro canónico de Daniel, y son: el “Cántico de los tres jóvenes”, la “Historia de Susana” y la “Historia de la destrucción de Bel y el dragón”.

El “Cántico de los tres jóvenes” consta de dos partes principales. La primera es una oración atribuida a Azarías (es decir, Abed-nego) mientras caminaba en el “horno de fuego ardiendo” (cf. Dan. 3:19-25); la segunda es un canto de alabanza atribuido - sin base alguna - por el autor anónimo a los tres hebreos mientras estaban en el horno, y que se parece mucho al Salmo 148.

En la “Historia de Susana” se narra que dos jueces judíos vieron a una bella y virtuosa mujer, Susana, que se bañaba en su jardín, y se enamoraron de ella. Cuando ella rechazó sus proposiciones, ellos, en venganza, la hicieron comparecer ante un tribunal donde la acusaron falsamente de adulterio. Susana fue condenada a muerte; pero cuando se encaminaba al lugar de su ejecución, la encontró Daniel, y éste pidió que se examinara de nuevo el juicio. Daniel interrogó por separado a los dos jueces, y demostró la inocencia de Susana debido a las contradicciones de ellos. Los dos fueron ejecutados y Daniel fue muy ensalzado.

La “Historia de la destrucción de Bel y el dragón” consta de dos relatos.
En el primero, como en el caso de Susana, se alaba a Daniel por haber demostrado un engaño. Cuenta cómo él puso en evidencia que un ídolo del dios babilonio Bel (Marduk) no comía alimento alguno como se pensaba que lo hacía. Esparció ceniza en el piso del santuario de Bel, y demostró a la mañana siguiente - por las huellas de pisadas en la ceniza - que los sacerdotes habían entrado en el templo del ídolo por la noche y se habían comido el alimento dedicado al ídolo. Entonces el rey mandó matar a los sacerdotes e hizo destruir el templo.

El segundo relato habla de la forma en que Daniel aniquiló a una serpiente (dragón) que era adorada por los babilonios. Le dio a comer una mezcla de brea, grasa y pelos que hizo que la serpiente reventara y muriera. Como venganza, el pueblo de Babilonia arrojó a Daniel en un foso de leones, pero las fieras no le hicieron daño, y el profeta Habacuc le trajo alimento, el cual fue transportado milagrosamente por el aire, desde Judea, por un ángel. Tan impresionado quedó el rey ante estos milagros, que liberó a Daniel y aniquiló a sus perseguidores.

Los eruditos católicos y protestantes están de acuerdo en que estas añadiduras originalmente no formaban parte del libro canónico de Daniel.

5.09. Epístola de Jeremías

Aunque esta epístola es una obra aparte en la LXX, en la Vulgata y en las versiones castellanas de la Biblia (Bj, Bover-Cantera, Nácar-Colunga Straubinger, etc.) aparece como un apéndice de Baruc o último capítulo de este libro.

Es una corta exhortación que consta de un breve preámbulo y 72 versículos (en las versiones castellanas).

Afirma que la epístola fue escrita por el profeta jeremías a los judíos que serían llevados cautivos a Babilonia, y es mayormente una amonestación contra la idolatría.

Este libro da evidencias de haber sido escrito originalmente en griego, probablemente entre los siglos IV y II a. C.

5.08. Baruc

Este libro declara que fue escrito por Baruc, el secretario de Jeremías (Jer. 36:4).

El ambiente histórico de este libro corresponde con la Babilonia del cautiverio, y comienza con una carta enviada por los judíos cautivos a sus parientes que quedaron en Palestina después de la destrucción de Jerusalén.

La mayor parte del libro consiste en una confesión de los pecados de ellos, una súplica de perdón, un reconocimiento de la sabiduría de Dios y un recuerdo de sus promesas de restauración.

La obra está escrita parte en prosa y parte en verso.

Parece que contiene una inexactitud histórica, pues ordena a los judíos que oren "por la vida de Nabucodonosor, rey de Babilonia, y por la vida de su hijo Baltasar [Belsasar]" (cap. l: 11, BJ), lo cual significa que Belsasar era príncipe heredero cerca del tiempo cuando Jerusalén fue destruida en el año 586 a. C.

La arqueología ha demostrado sin lugar a dudas que sólo en una fecha posterior en varias décadas a 586 a. C. pudo Belsasar haber sido considerado príncipe heredero.

Los eruditos no católicos sostienen, por regla general, que el libro de Baruc fue escrito después de la destrucción de Jerusalén en el año 70 d. C. para reanimar a los desolados y exiliados judíos de ese tiempo, y para recordarles la resignación y fidelidad de sus antepasados en el cautiverio babilónico.

5.07. Eclesiástico

El nombre latino Ecclesiasticus fue dado a este libro en los primeros días del cristianismo pues se lo consideraba apropiado para ser leído en la iglesia (Gr. εκκλησια ekklesia; latín: ecclesia), aunque no está en el canon hebreo.

En la LXX generalmente aparece con el título de Sabiduría de Siraj, mientras que el Talmud lo llama sencillamente por el nombre de su autor: Ben Sira' o Ben Siraj.

Se trata de un libro extenso de 51 capítulos que contiene muchos proverbios y muchas instrucciones acerca de la sabiduría.

El autor cree que no hay salvación fuera de las buenas obras del hombre y que el pecado es el resultado del ejercicio del libre albedrío.

Cree en sacrificios de toda clase y los cuenta junto con las fiestas religiosas como de primordial importancia entre las buenas obras del hombre.

Para él la sabiduría es una dádiva gratuita de Dios que se debe obtener mediante la observancia de sus mandamientos.

Según se declara en el libro, el Eclesiástico fue escrito en hebreo por un judío palestino llamado Jesús (o Josué), "hijo de Sirá" (BJ), y fue traducido al griego por su nieto, quizá alrededor del año 132 a. C.

5.06. Sabiduría

Este libro está dividido en dos secciones.

La primera trata de la sabiduría y la segunda es histórica. En esta última se establece un contraste entre la vida y la religión de los egipcios con las de los israelitas.

En todo el libro se destaca la obra del Espíritu de Dios. Enseña que el hombre está compuesto de cuerpo, alma y un espíritu inmortal, y que posee libre albedrío.

Aunque no dice nada del Mesías, el autor de esta obra presenta un día de juicio para los impíos y los justos.

Tanto los eruditos católicos como protestantes por lo general sostienen que este libro es un producto del judaísmo helenístico del siglo II o I a. C.

Probablemente fue escrito en Alejandría.

5.05. Añadiduras a Ester

Estas añadiduras consisten de seis pasajes que se han insertado en varios lugares del libro canónico de Ester.

Incluyen un sueño de Mardoqueo en el cual tuvo un presentimiento de la amenaza que se avecinaba a los judíos, las oraciones de Mardoqueo y de Ester cuando supieron el decreto de Amán, y una melodramática descripción de la audiencia concedida por Asuero a Ester.

Estas añadiduras parece que se insertaron para acrecentar el tono religioso del relato de Ester.

5.04. Judit

Emocionante romance religioso que deriva su nombre de la heroína, una viuda judía, rica y hermosa. Fue escrito originalmente en hebreo aproximadamente en 150 a.C.

Cuenta acerca del rey asirio Nabucodonosor - completamente desconocido para la historia, quien, según se dice, reina sobre Nínive - quien derrota a Arfaxad, rey de los medos en Ecbatana.

Luego envía a su comandante en jefe, Holofernes, para castigar a los judíos, único pueblo que se atreve a desafiarlo en el oeste al rehusar prestarle ayuda en la conquista de los medos.

De acuerdo con el libro, recientemente habían regresado de su cautividad.

Cuando Holofernes sitia la ciudad de Betulia, Judit se propuso liberar la ciudad. Entró en el campamento de Holofernes, ganó su confianza haciéndole creer que era una refugiada que huía de los judíos y que le comunicaría el secreto para vencerlos. Pero después de un banquete en el que se embriagó Holofernes, ella entró en su dormitorio y le cortó la cabeza con su propia espada.

Esto animó tanto a los judíos que hicieron huir a los asirios en fuga desordenada.

(Los eruditos no católicos por lo general sitúan la redacción de Judit en Palestina, a mediados del siglo II a. C., y consideran que este libro es un relato patriótico pero novelesco que tuvo el propósito de despertar el fervor nacionalista durante las guerras de los Macabeos contra Antíoco Epífanes).

5.03. Tobías

Obra de ficción piadosa. Tal vez fue escrita en arameo por un judío de la diáspora aproximadamente en 200 a.C.

Es un relato de aventuras que gira alrededor de Tobit, un pretendido judío cautivo en Asiria, y su hijo Tobías; su propósito es presentar elevados principios morales.

Aunque Tobit es un hombre devoto que ayuda a los pobres, sufre las burlas de sus vecinos y es herido de ceguera (caps. 1 y 2).

Una disputa con su esposa lo desanima tanto que ora pidiendo la muerte.

Al mismo tiempo, en Ecbatana de Media, una viuda virgen llamada Sara, que se ha casado con 7 hombres sucesivamente - cada uno de los cuales muere asesinado en la noche de bodas por un demonio llamado Asmodeo-, ora también pidiendo la muerte, o que se le dé un respiro de las burlas y falsas acusaciones.

La oración de ambos es escuchada y el ángel Rafael es enviado para darles ayuda (cap. 3).

Simulando ser un hombre llamado Azarías, se convierte en el guía que lleva a Tobías hasta Media para recoger 10 talentos de plata dejados allí por Tobit (caps. 4 y 5).

Al llegar al río Tigris, Tobías, por indicación de Rafael, pesca un gran pez (cap. 6) cuyas entrañas son efectivas para ahuyentar al demonio Asmodeo y curar la ceguera de Tobit.

El éxito corona el viaje. Tobías consigue el dinero y se casa con Sara, quien, de acuerdo con el ángel, estaba destinada para él desde la eternidad (caps. 7-9).

El regreso a Nínive es un evento gozoso para la familia entera y para los habitantes de la ciudad. Tobit es sanado de su ceguera y da la bienvenida a su nuera, y luego ofrece alabanzas y bendice a Dios (caps. 10-14).

5.02. Primero de Esdras

A veces llamado el "Esdras griego" (o 3 Esdras en la Vulgata Latina, donde Esdras y Nehemías se llaman 1 y 2 Esdras, respectivamente).

En la Vulgata latina, Esdras y Nehemías tienen el título de 1 y 2 Esdras, y este libro apócrifo se conoce como 3 Esdras. Lo omiten la BJ y demás Biblias actuales autorizadas por la Iglesia Católica. La parte más extensa de este libro consiste de elementos que también se encuentran en 2 Crónicas, Esdras y Nehemías.


Este libro histórico fue compuesto originalmente, probablemente en hebreo, a comienzos del s II a.C. A mediados de ese siglo probablemente fue traducido al griego por un judío egipcio.

Este libro ofrece un informe independiente del período cubierto por porciones de 2 Cr., Esd. y Neh., y comienza con la celebración de la Pascua durante el reinado de Josías (621 a.C.) y se extiende hasta la lectura del libro de la ley por Esdras, el escriba (444 a.C.).

Con frecuencia no es coherente con las fuentes canónicas y consigo mismo; por ello, a menudo se lo describe como ficción histórica.

Ni los católicos ni los protestantes lo aceptan como canónico.


Se lo conoce más por su informe de una prueba de ingenio entre 3 miembros de la guardia personal del rey Darío I, quienes buscan la mejor respuesta a la pregunta: "¿Qué es lo más fuerte del mundo?" (1 Esdr. 3:5-4:63).

El 1º afirmó: "El vino es lo más fuerte". El 2º dijo: "El rey es lo más fuerte". Pero el 3º, que se sugiere fue Zorobabel, declaró: "Las mujeres son lo más fuerte, pero la verdad vence a todo lo demás".

Ante esta respuesta, la gente aplaudió y gritó: "Grande es la verdad, lo más fuerte de todo" (4:41).

La narración describe este evento como la oportunidad que aprovechó Zorobabel para obtener el decreto de Darío para continuar con la reconstrucción del templo de Jerusalén (vs 43-57).

5.01. Los apócrifos

La palabra "apócrifos" se refiere en griego a las cosas que están "ocultas".

Los eruditos han sugerido que cuando este vocablo fue aplicado al principio a ciertos libros religiosos, se hizo así para indicar que no debían estar al alcance del público en general debido a que su mensaje era de una naturaleza misteriosa, que sólo debía presentarse a los iniciados.

Para los protestantes actuales, el término apócrifos comprende los libros del período del Antiguo Testamento que estuvieron incluidos en la LXX, pero que no fueron aceptados como parte de las Escrituras por los judíos de Palestina, ni fueron incluidos en el canon hebreo del Antiguo Testamento.

Los libros apócrifos por regla general no son aceptados por los protestantes, y por eso no se incluyen en sus ediciones actuales de la Biblia; pero sí son considerados como deuterocanónicos por los católicos romanos y ortodoxos, y suelen aparecer en las Biblias católicas.

A continuación: los libros apócrifos:

Primero de Esdras
Tobías
Judit
Añadiduras a Ester
Sabiduría
Eclesiástico
Baruc
Epístola de Jeremías
Añadiduras a Daniel
Oración de Manasés
Primero de los Macabeos
Segundo de los Macabeos

5.00. Antigua Literatura judía

LOS cuatro siglos de historia judía desde la conquista de Alejandro Magno (332 a. C.) hasta la destrucción del templo (70 d. C.) fueron un período de considerable actividad religiosa, política e intelectual.

No es, pues, sorprendente que también se caracterizaran por un notable conjunto de producciones literarias, muchas de las cuales aún existen.

Esas obras son de naturaleza religiosa, pues la religión estaba entretejida en todos los aspectos de la vida judía. Al mismo tiempo reflejan acentuadamente las tendencias políticas e intelectuales de ese tiempo.

La literatura de este período está constituida por:

(1) Libros conocidos como "apócrifos" y "seudoepigráficos", que consisten de literatura sapiencial, relatos patrióticos, hechos históricos y obras apocalípticas;

(2) los escritos de la comunidad de Qumrán (probablemente esenios), la mayoría de los cuales provienen de las cuevas descubiertas cerca de mar Muerto;

(3) los tratados alegóricos de Filón de Alejandría, el teólogo-filósofo helenístico;

(4) las obras de Josefo.
Después de la destrucción del templo, y más aún después de que fue sofocada la revolución encabezada por Barcoquebas (132-135 d. C.), la vida y el pensamiento de los judíos experimentaron profundos cambios.

Como habían terminado tanto el ritual del templo como su existencia como entidad política, los judíos concentraron sus energías intelectuales en un esfuerzo para no ser absorbidos cultural y racialmente por el mundo gentil; y lo hicieron dando énfasis a los aspectos legales de su vida religiosa y ocupándose minuciosamente en ellos, tendencia que ya tenía una larga historia, especialmente entre los fariseos.

Si bien es cierto que al principio sus disposiciones legales fueron preservadas mayormente mediante la tradición oral, desde comienzos del siglo II tomaron una forma literaria definida, y en el siglo VI ya se habían convertido en lo que ahora se conoce como el Talmud, la compilación tradicional de la ley judía.

Junto con el Talmud surgió un extenso comentario tradicional judío de las Escrituras conocido como el Midrash (o Midrás). Una buena parte de esto resultó de la exposición del Antiguo Testamento en las sinagogas. La literatura proveniente del Midrash no alcanzó su forma final hasta aproximadamente el año 1000.

Trataremos brevemente cada uno de estos tipos de literatura judía.

4.15. Resumen

El breve estudio de la historia del canon del Antiguo Testamento indica que la colección de libros que llamamos el Antiguo Testamento se realizó en el siglo V AC, con Esdras y Nehemías, los dos grandes líderes de ese período de restauración, con toda probabilidad los encabezadores de esa obra.

Se basa esta conclusión en que el Antiguo Testamento no contiene ningún libro posterior. La tradición judía del siglo I AC confirma esta conclusión.

La preparación de la Septuaginta, que comenzó en el siglo III AC, es una evidencia de que existía un canon del Antiguo Testamento en ese tiempo.

Otro testimonio son las citas y referencias de Jesús Ben Sirá al Antiguo Testamento, a comienzos del siglo II AC; unos pocos años después, el edicto de Antíoco Epífanes para destruir los libros sagrados de los judíos; y las declaraciones del nieto de Jesús Ben Sirá, por el año 132 AC, que menciona la triple división de la Biblia hebrea y la existencia de su traducción griega en su tiempo.

Jesucristo y los apóstoles creyeron definidamente en la autoridad e inspiración de la Biblia hebrea, como se puede ver por numerosos testimonios que comprueban este hecho. La Biblia de ellos tenía la misma división triple y probablemente el mismo orden de los libros de la Biblia hebrea actual.

Además, centenares de citas tomadas de por lo menos 30 libros del Antiguo Testamento muestran la elevada estima en que eran tenidos esos escritos por el fundador de la fe cristiana y sus seguidores inmediatos.

La historia del canon del Antiguo Testamento en la iglesia cristiana, después de la era apostólica, se centraliza en la cuestión de aceptar o rechazar los libros judíos apócrifos.

Aunque esos libros fueron rechazados por los apóstoles y los escritores cristianos hasta mediados del siglo II, y fuera de duda por los judíos mismos, a pesar de ello esos escritos espurios recibieron la bienvenida en la iglesia cristiana hacia el fin del siglo II.

Desde allí en adelante nunca fueron proscritos por la Iglesia Católica.


Los reformadores tornaron una posición firme en el rechazo de los apócrifos, pero después de su muerte esos libros fueron aceptados una vez más en algunas iglesias protestantes, aunque finalmente fueron rechazados por la mayoría de ellas en el siglo XIX.


Más serio es el concepto de los modernistas en cuanto al Antiguo Testamento. No creen en la inspiración de los libros del Antiguo Testamento ni en su origen remoto.

Este proceso de secularización - que coloca el Antiguo Testamento en el mismo nivel de otras producciones literarias antiguas - es más pernicioso para la iglesia cristiana que la indiferencia anterior hacia los apócrifos, puesto que destruye la fe del creyente en el origen divino de aquellos libros de la Biblia de los cuales dijo Cristo “dan testimonio de mí” (Juan 5: 39).


Por lo tanto, cada creyente cristiano debe estar convencido del origen divino de estos libros del Antiguo Testamento por cuyo medio los apóstoles cristianos probaron la validez de su fe y doctrinas.


Que esos libros hayan sobrevivido a varias catástrofes nacionales de la nación judía en la antigüedad y a los insidiosos ataques de oscuras fuerzas, dentro y fuera de la iglesia cristiana,es una sólida prueba de que esos escritos han recibido la protección divina.

4.14. Criterios protestantes acerca del canon

Los reformadores aceptaron como canónicos los 39 libros del Antiguo Testamento, sin excepción y casi sin reservas. En cambio, los apócrifos fueron generalmente rechazados.

Martín Lutero los tradujo al alemán y los publicó con la observación, en la página del título, de que “son libros no iguales a las Sagradas Escrituras, pero útiles y buenos para leer”.

La Iglesia Anglicana fue más liberal en el uso de los apócrifos. El Libro de oración común prescribió, en 1662, la lectura de ciertas secciones de los libros apócrifos para varios días de fiesta, así como para lectura diaria durante algunas semanas en el otoño. Con todo, los Treinta y Nueve Artículos hacen diferencia entre los apócrifos y el canon.

La Iglesia Reformada se ocupó de los apócrifos durante su concilio de Dordrecht, en 1618. Gomarus y otros reformadores exigieron la eliminación de los apócrifos de las Biblias impresas. Aunque no prosperó esa exigencia, la condenación de los apócrifos por el concilio fue sin embargo tan vigorosa, que desde ese tiempo la Iglesia Reformada se opuso enérgicamente a su uso.

La mayor lucha contra los apócrifos se realizó en Inglaterra durante la primera mitad del siglo XIX. Se editó una gran cantidad de publicaciones, de 1811 a 1852, para investigar los méritos y errores de estos libros extracanónicos del Antiguo Testamento.

El resultado fue un rechazo general de los apócrifos por los dirigentes y teólogos eclesiásticos y una clara decisión de la Sociedad Bíblica Británica y Extranjera de excluir los apócrifos, de allí en adelante, de todas las Biblias publicadas por esa sociedad.

4.13. El canon, la iglesia católica y los apócrifos

Jerónimo (siglo V), el traductor de la Biblia al latín - la Vulgata - que ha llegado a ser la Biblia oficial católica, fue el último escritor de la iglesia que arguyó enérgicamente a favor de no aceptar nada sino los escritos hebreos y de rechazar los apócrifos.

Sin embargo, la mayoría de los dirigentes de las iglesias occidentales aceptaron en sus días los apócrifos y les dieron la misma autoridad que al Antiguo Testamento. Esto se puede ver por los escritos de varios autores de la Edad Media, por algunas enseñanzas de la Iglesia Católica Romana que se basan en los apócrifos y por las decisiones tomadas por diversos concilios regionales de la iglesia (Hipona en 393, Cartago en 397).

En términos generales, la iglesia occidental generalmente ha reconocido los apócrifos como del mismo valor que los libros canónicos del Antiguo Testamento, pero los escritores de las iglesias orientales generalmente los han usado mucho más escasamente que sus colegas occidentales.

El primer concilio ecuménico que tomó un acuerdo a favor de aceptar los apócrifos del Antiguo Testamento fue el Concilio de Trento.

El propósito principal del Concilio de Trento fue trazar planes para combatir la Reforma. Puesto que los reformadores procuraban eliminar todas las prácticas y enseñanzas que no tenían base bíblica, y la Iglesia Católica no podía encontrar apoyo para algunas de sus doctrinas en la Biblia a menos que los escritos apócrifos fueran considerados como parte de ella, se vio forzada a reconocerlos como canónicos.

Esa canonización se efectuó el 8 de abril de 1546, cuando por primera vez fue publicada por un concilio ecuménico una lista de los libros canónicos del Antiguo Testamento. Esa lista no sólo contenía los 39 libros del Antiguo Testamento, sino también 7 libros apócrifos* y adiciones apócrifas a Daniel y Ester.

Desde ese tiempo, estos libros apócrifos - ni aun reconocidos como canónicos por los judíos - tienen el mismo valor autorizado para un católico romano que cualquier libro de la Biblia.
----------------------------------------
* Como se señala a lo largo de nuestro estudio, ellos son: Libro de Tobías, Libro de Judit, primer Libro de los Macabeos, segundo Libro de los Macabeos, Libro de la Sabiduría, Libro del Eclesiástico, Libro de Baruc. A los libros apócrifos también se los ha llamado "deuterocanónicos"; literalmente, "de segunda inspiración", o de inspiración posterior.

El hecho es que los judíos (entre ellos Josefo), el conocido historiador eclesiástico), fieles custodios de los libros del Antiguo Testamento, han rechazado los libros apócrifos hasta hoy. Por su parte, prominentes padres de la Iglesia, como Orígenes, Hilario, Gregorio y Eusebio no los aceptaron como canónicos. Tampoco Jerónimo, el traductor de la Biblia al latín en la versión llamada la Vulgata, como puede verse en su enfática declaración: "Los libros de Judit, de Tobías, de la Sabiduría, del Eclesiástico, de los Macabeos, no son canónicos". (Ver también: El testimonio de Agustín de Hipona).

En su Diccionario de controversia, Teófilo Gay indica varias razones para no incluir los libros apócrifos entre los canónicos: la ya mentada de su rechzo por los judíos y por varios padres de la Iglesia; su aceptación tardía como canónica por la Iglesia Católica; otra razón es que a diferencia de los libros del Antiguo Testamento aceptados por todos como canónicos, los cuales fueron escritos en hebreo (con algún trozo en lengua aramea intercalado), la mayoría de los apócrifos fueron escritos en griego. Por último, otras dos razones muy valederas para excluirlos del canon: una, que Jesús y los apóstoles citaron los libros canónicos (y con ello los autenticaron), y nunca los apócrifos; y otra, que los apócrifos incurrem en errores doctrinales y contradicciones, cosa inaceptable desde el momento que la Inspiración no está dividida, ni jamás se contradice:

A la ley y al testimonio! Si no dijeren conforme á esto, es porque no les ha amanecido" (Isaías 8: 20).

(Véase La "escoria" mencionada por Jerónimo; Episodios Extraños y Enzeñanzas Extrañas.

4.12. En la iglesia cristiana primitiva

En los escritos de los primeros padres de la iglesia, fueron aceptados como canónicos todos los 24 libros de la Biblia hebrea. Tan sólo en la iglesia oriental surgió alguna leve duda ocasional en cuanto a la inspiración del libro de Ester. Los libros apócrifos judíos no fueron aceptados por los más antiguos escritores de la iglesia cristiana.

Los escritos de los llamados padres apostólicos, que produjeron sus obras después de la muerte de los apóstoles hasta el año 150 d.C. aproximadamente, no contienen ninguna cita real de los apócrifos sino tan sólo unas pocas referencias a ellos. Esto muestra que originalmente los apócrifos no fueron puestos en pie de igualdad con los escritos canónicos del Antiguo Testamento en la estimación de esos dirigentes de la iglesia.

Sin embargo, los padres de la iglesia de períodos posteriores apenas si hacen diferencia alguna entre los apócrifos y el Antiguo Testamento. Comienzan citas de ambas colecciones con las mismas fórmulas. Esta evolución no parece extraña en vista de las precoces tendencias a la apostasía perceptibles en muchos sectores de la primera iglesia cristiana.

Cuando fue abandonada la sencillez de la fe cristiana, los hombres se volvieron a libros que sostenían su opinión, que no era bíblica, acerca de ciertas enseñanzas, y encontraron este apoyo parcial en los libros apócrifos judíos, rechazados aun por los mismos judíos.

4.11. Testimonios de Judíos del primer siglo

Filón de Alejandría (murió por el año 42 DC) era un filósofo judío que escribió en el tiempo de Cristo. Sus obras contienen citas de 16 de los 24 libros de la Biblia hebrea. Puede ser accidental que sus escritos no contengan citas de Ezequiel, Daniel y las Crónicas y otros cinco libros pequeños.

El historiador Josefo, escribiendo por el año 90 DC, hizo una declaración importante acerca del canon, en su obra Contra Apión:

“No poseemos miríadas de libros inconsecuentes que antagonizan unos con otros. Nuestros libros, los que están justamente acreditados, no son sino veintidós y contienen el registro de todo el tiempo. “De entre ellos cinco son de Moisés, y contienen las leyes y la narración de lo acontecido desde el origen del género humano hasta la muerte de Moisés. Este espacio de tiempo abarca casi tres mil años. Desde Moisés hasta la muerte de Artajerjes, que reinó entre los persas después de Jerjes, los profetas que sucedieron a Moisés reunieron en trece libros lo que aconteció en su época. Los cuatro restantes ofrecen himnos en alabanza de Dios y preceptos utilísimos a los hombres” (Josefo, Contra Apión, i. 8 [en Obras Completas de Flavio Josefo, ed. Acervo Cultural, Buenos Aires, 1961, tomo V, pág. 15] ).

Necesita una explicación la declaración de Josefo referente a que la Biblia de los judíos contenía 22 libros, porque se sabe que había realmente 24 libros en la Biblia hebrea antes de él y en su tiempo. Su división de 5 “libros de Moisés”, 13 libros de “profetas” y 4 libros de “himnos a Dios y preceptos para la conducta de la vida humana”, sigue más de cerca el orden de la Septuaginta que el de la Biblia hebrea; proceder comprensible puesto que escribió para lectores que hablaban griego.

Pero la base de su declaración -que la Biblia hebrea tenía 22 libros- se debió probablemente a una práctica hebrea que surgió entre algunos que procuraban ajustar el número de libros de las Escrituras de acuerdo con el número de las letras del alfabeto hebreo. Probablemente Josefo computó a Rut junto con jueces, y Lamentaciones junto con Jeremías, o posiblemente dejó afuera dos de los libros que pueden haberle parecido de poca importancia.

Otro autor judío de ese tiempo, que escribió la obra espuria llamada 4 Esdras (el 2 Esdras de los apócrifos), es el primer testigo que indica claramente que el número de libros de la Biblia hebrea era 24.

Hacia el fin del siglo I o comienzos del II, se celebró un concilio de eruditos judíos en Jamnia, al sur de Jaffa, en Palestina. Ese concilio fue presidido por Gamaliel II, junto con el rabí Akiba, el erudito judío más influyente de ese tiempo, y que fue el espíritu rector de la asamblea.

Puesto que algunos judíos consideraban ciertos libros apócrifos como de igual valor que los libros canónicos del Antiguo Testamento, los judíos querían colocar su sello oficial sobre un canon que había existido inmutable por un largo tiempo y que -así lo sentían- necesitaba ser resguardado contra posibles adiciones.

Por lo tanto, este concilio no estableció el canon del Antiguo Testamento sino sólo confirmó una posición sostenida durante siglos en cuanto a los libros de la Biblia hebrea. Con todo, es cierto que, en algunos sectores, fue cuestionada la canonicidad del Eclesiastés, Cantares, Proverbios y Ester. Pero el mencionado rabí Akiba eliminó las dudas con su autoridad y elocuencia, y esos libros mantuvieron su lugar en el canon hebreo.

4.10. EL TESTIMONIO DE CRISTO Y LOS APÓSTOLES - II

Jesucristo fue un firme creyente en la autoridad de la Biblia tal como existía en su tiempo, y también lo fueron sus apóstoles. Esto se ve manifiestamente en varias declaraciones.

Jesús dijo: “Erráis, ignorando las Escrituras” (Mateo 22: 29). Y presentó pruebas de su mesianismo citando las tres divisiones de las Escrituras del Antiguo Testamento, cuando dijo que “era necesario que se cumpliese todo lo que está escrito de mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos” (Lucas 24: 44; cf. vers. 25-27).

También colocó la creencia en los escritos de Moisés junto con la creencia en sus propias enseñanzas: “Si no creéis a sus escritos”, preguntó el Salvador, “¿cómo creeréis a mis palabras?” (Juan 5: 47; cf. vers. 46).

Pablo declaró que Dios había hecho ciertas promesas “por sus profetas en las santas Escrituras” (Romanos 1: 2). Dijo a Timoteo, su joven colaborador: “Desde la niñez has sabido las Sagradas Escrituras. . . Toda la Escritura es inspirada por Dios.” (2 Tim. 3:15, 16).

Otra declaración igualmente indudable es presentada por el apóstol Pedro:Tenemos también la palabra profética más segura, a la cual hacéis bien en estar atentos como a una antorcha que alumbra en lugar oscuro, hasta que el día esclarezca y el lucero de la mañana salga en vuestros corazones; entendiendo primero esto, que ninguna profecía de la Escritura es de interpretación privada, porque nunca la profecía fue traída por voluntad humana, sino que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo. ” (2 Pedro 1: 19-21).

Estas declaraciones muestran claramente que Cristo y sus apóstoles estaban firmemente convencidos de que el Antiguo Testamento - la Biblia de sus días - era inspirado y tenía autoridad.

En la era apostólica se usó por primera vez la expresión "Antiguo Testamento" con referencia a los libros de la Biblia hebrea. En un pasaje muy discutido, el apóstol Pablo dice que permanece un velo sobre los ojos de los judíos hasta los días del apóstol "en la lección del antiguo testamento" της παλαιας διαθηκης [tês palaias diathêkês] (2 Corintios 3: 14, Reina-Valera Antigua); "el antiguo pacto" (Reina-Valera 1960)

Los comentadores están divididos en su interpretación de la expresión της παλαιας διαθηκης [tês palaias diathêkês] "antiguo testamento" ("antiguo pacto") de este pasaje, pero puesto que Pablo se refiere a algo que es leído por los judíos, la explicación más plausible es ver en él una referencia ya sea al Pentateuco o a toda la Biblia hebrea. Dado que el término Antiguo Testamento implica la existencia del término Nuevo Testamento, es posible que los apóstoles y otros cristianos quizá ya hayan usado esta última expresión para denominar los escritos acerca de la vida y obra de Cristo, quizá uno de los Evangelios.

Las muchas citas del Antiguo Testamento que se encuentran en el Nuevo también dan un importante testimonio de la autoridad atribuida a los libros del Antiguo Testamento por los autores de los escritos cristianos. Algunas de las citas son cortas, y muchas de las expresiones del libro del Apocalipsis son muy similares a las que se hallan en Daniel, pero pueden no ser realmente citas.

El Texto Bíblico on Facebook