DANIEL ALEJANDRO FLORES

11.09. El testimonio de los judíos

El apóstol Pablo pregunta: "¿Qué ventaja tiene, pues, el judío?", y responde: "Mucho, en todas maneras. Primero, ciertamente, que les ha sido confiada la palabra de Dios?" (Romanos 3:1, 2).

En esos días, esa "palabra" divina estaba formada por "la ley de Moisés,... los profetas y... los salmos" (Luc. 24: 44), es decir, que el AT estaba ya formado exclusivamente por los libros que no admiten discusión.

Este pasaje de Romanos es, por lo tanto, importantísimo para reconocer la autoridad y origen del canon hebreo del AT. Se trata del antiguo canon fijado, tradicionalmente, por Esdras (siglo V a. C.), "sacerdote y escriba erudito en la ley del Dios del cielo" (Esdras 7:12).

A este respecto contamos con el valioso testimonio de Flavio, Josefo, más conocido como "Josefo" (siglo I d. C.), culto y bien documentado historiador judío, expositor de la antigüedad y excelencia de su religión y su raza, quien afirma:

"No tenemos una innumerable multitud de libros discordantes y contradictorios entre sí [como tienen los griegos], sino sólo 22 libros que contienen los requisitos de todos los tiempos pasados [es decir, lo registrado en el AT desde la creación en adelante], los cuales con justicia son considerados divinos; y cinco de ellos pertenecen a Moisés, los que contienen sus leyes y las tradiciones del origen de la humanidad hasta la muerte de él. Este lapso abarcó poco menos de tres mil años; pero en lo que respecta al tiempo desde la muerte de Moisés hasta el reinado de Artajerjes, rey de Persia, que reinó después de Jerjes, los profetas que fueron después de Moisés escribieron en trece libros lo que sucedió en sus tiempos. Los cuatro libros restantes contienen himnos a Dios y preceptos para la conducta de la vida humana. Es cierto que nuestra historia ha sido escrita muy minuciosamente a partir de Artajerjes; pero nuestros antepasados no la han estimado de la misma autoridad, porque no ha habido una exacta sucesión de profetas desde ese tiempo; y lo que hacemos demuestra la firmeza con que hemos dado crédito a esos libros de nuestra propia nación; pues durante tantos siglos como los que ya han pasado, nadie ha sido tan atrevido como para añadir cosa alguna a ellos, quitarles algo, o hacerles cambio alguno; porque llega a ser natural y espontáneo en todos los judíos, desde su mismo nacimiento, estimar que estos libros contienen doctrinas divinas y persistir en ellas y, si fuera necesario, estar dispuestos a morir por ellas" (Contra Apión, i. 8, en The Life and Works of Flavius Josephus [La vida y trabajos de Flavio Josefo], [Filadelfia: The John C. Winston Company, s/f], pp. 861-862).

Josefo enumera 5, 13 y 4 (22) libros. Es una manera judaica de hacer coincidir esta cifra con el número de las letras del alfabeto hebreo. Los 39 libros del AT reconocidos como canónicos por todos los cristianos corresponden con estos 22 de la siguiente manera: los 12 profetas menores son computados como un solo libro; los dos libros de Samuel se cuentan como uno; lo mismo se hace con Reyes y Crónicas; Esdras y Nehemías equivalen a uno; Lamentaciones se une con Jeremías; Rut con Jueces. De ese modo, en total hay que restar 17 unidades. La cuenta es exacta y no deja lugar para "añadir", "quitar" o "hacer cambio alguno".

Por regla general, los escrituristas judíos se referían a los "veintidós" libros de las Escrituras - al AT - coincidiendo con Flavio Josefo. Sin embargo, en el tratado talmúdico Baba Bathra se computan 24 libros. Este número resulta de separar a Rut de Jueces, y a Lamentaciones de Jeremías.

A este mismo tema se refiere David Allan Hobbard, autor del artículo titulado "La formación del canon", que forma parte de las explicaciones introductorias de La Biblia de estudio Mundo Hispano.

Dice ese autor:

"La referencia judía más importante al canon es la del tratado talmúdico conocido como Baba Bathra. Las fechas talmúdicas son muy difíciles de precisar, pero el material en esta sección es probablemente del siglo II o I a.C. . . Los autores de la mayoría de los libros son mencionados; y no se mencionan libros que no se encuentran en el canon protestante" (Ed. de 1977, p. 25).

Por supuesto, en el canon, que Hobbard llama "protestante" no tienen cabida los libros apócrifos.

11.08. El testimonio de otros antiguos expositores

Además de Jerónimo, se destacan varios autores cristianos de los primeros siglos que se ocuparon en forma desapasionada de este tema.

Después de diligentes investigaciones enumeraron los libros que deben aceptarse legítimamente como parte del AT y, por otro lado, rechazaron los apócrifos.

Estos expositores que provinieron de los ambientes más diversos, son: Melitón de Sardis (siglo I) y Orígenes de Alejandría (siglo III).

Posteriormente, en el siglo IV, concuerdan con estos dos: Atanasio de Alejandría, Cirilo de Jerusalén, Hilario de Poitiers, Epifanio de Salamina, Gregorio Nacianceno de Capadocia, Anfiloquio de Asia Menor y Rufino de Italia. A esta nómina debe añadirse el Concilio de Laodicea, también del siglo IV.

A Melitón de Sardis debemos "la primera lista cristiana de las Escrituras hebreas. Ella concuerda con el canon judío y el protestante, y omite los apócrifos" (Philip Schaff, History of the Christian Church [Historia de la iglesia cristiana], [Grand Rapids, Michigan: Eerdmans, 1962], t. II, p. 738).

Debe notarse que alrededor del año 170 Melitón fue a Judea para informarse y asegurarse del verdadero número de los libros del AT.

Aquí corresponde destacar la figura de Orígenes (185-254), cuya erudición ha sido siempre reconocida. Además "tenía acceso a informaciones y a libros que no existen desde hace mucho . . . La lista de Orígenes incluye 39 libros canónicos [del AT], agrupados de modo que sumen 22, con Rut y Lamentaciones unidos con Jueces y Jeremías, respectivamente . . . A continuación de la lista añade, y aparte de éstos, están los libros de los Macabeos'. De modo que Orígenes concuerda con el canon judaico precisa y explícitamente, con la excepción de que declara que el libro de Jeremías incluye también Lamentaciones y la Epístola de Jeremías" (R. Laird Harris, Inspiration and Canonicity of the Bible [Inspiración y canonicidad de la Biblia], [Grand Rapids: Zondervan, 1971], p. 189). Corresponde aclarar que la llamada "Epístola de Jeremías" forma el cap. 6 de Baruc.

De Orígenes se ha dicho que era "prodigioso" en la "crítica del texto bíblico" (Luis M. de Cádiz, citando al autor francés Battifol, en su op. cit., p. 202).

Refiriéndose a esta labor "crítica" del texto de la Biblia, dice un escriturista católico:

"Las divergencias de la versión de los LXX con respecto al texto hebreo y las alteraciones de transmisión, fueron pretexto para polémica entre judíos y cristianos. Orígenes, para eliminar este inconveniente, compuso una obra colosal de unos cincuenta volúmenes (240-245), donde dispuso por columnas paralelas, palabra por palabra o frase por frase, el texto hebreo, el texto hebreo transcrito en letras griegas, las versiones de Aquila, Símaco, los LXX y Teodoción, por eso recibió el nombre de Hexapla ('Biblia en seis columnas') . . . Purificó críticamente la versión de los LXX, de donde se llama a esta forma Recensión origeniana o texto hexaplar de los Setenta" (Enciclopedia de la Biblia [Ediciones Garriga], t. II, columna 359).

Alejandro Olivar, profesor de Patrología en la Abadía de Montserrat, Barcelona, refiriéndose a Orígenes, ensalza su "base técnica de crítica textual, filológica e histórica". También lo considera como a "uno de los mayores eruditos que han existido" (Id., t. V, columnas 689 y 687).

Sería muy amplio el espacio necesario para presentar más testimonios acerca de la autoridad de Orígenes en el tema que nos ocupa. Podemos no concordar con él en cuanto a todas sus interpretaciones doctrinales de las Escrituras, pero tenemos que respetar su conocimiento de los documentos bíblicos existentes en su siglo, y en este caso la antigüedad resulta un valioso argumento en su favor.

Atanasio, en el año 326, después de enumerar los 22 libros canónicos hebreos, añade:

"Además de éstos los otros libros que ciertamente no están incluidos en el canon, pero están indicados por los Padres para que los lean aquellos que son nuevos entre nosotros y que desean instrucción". Luego enumera la Sabiduría de Salomón y la Sabiduría de Sirac (o Sirácida; otro nombre del Eclesiástico), Éster, Judit, Tobías, la Enseñanza de los Apóstoles (más conocida como Didachê, o Doctrina de los Doce Apóstoles), y el Pastor de Hermas (Carta 39.7, The Ante Nicene and Post- Nicene Fathers, [Los padres antenicenos y postnicenos], [Grand Rapids, Michigan: Eerdmans], 2.a serie, t. IV, p. 552).

Cirilo de Jerusalén, en 348, después de narrar la leyenda que refiere la supuesta forma en que fue traducida la LXX (Disertaciones catequísticas, IV, 34), continúa:

"De éstos [los libros de la Septuaginta, a la cual se está refiriendo] lee los 22 libros, pero no tomes en cuenta los escritos apócrifos. . . Y del Antiguo Testamento, como hemos dicho, estudia los 22 libros" (VI, 35, en The Ante Nicene and Post-Nicene Fathers, 2.a serie, t. VIII, p. 27).

Rufino, en su opúsculo titulado: Comentarios sobre el credo de los apóstoles, después de enumerar los libros canónicos en el párrafo 37 de esa obrita, continúa diciendo que "debe saberse que hay también otros libros que nuestros padres no llaman 'canónicos' sino 'eclesiásticos' ". Enumera a continuación seis de los apócrifos, con excepción del libro de Baruc. También menciona el Pastor de Hermas y Los Dos Caminos (que quizá equivale a la Didachê), que si bien podían leerse en las iglesias, "no se recurría a ellos para la confirmación de la doctrina". Añade que además "hay otros escritos que ellos llaman apócrifos [indudablemente, los que en la terminología protestante son conocidos como 'pseudoepigráficos'] que ellos no hacían leer en las iglesias" (Id., t. 111, p. 558).

Debe saberse que así como no están los apócrifos en las listas canónicas de estos autores, tampoco está el libro de Éster. Este hecho se puede explicar si se tiene en cuenta que Atanasio se refiere a ese libro diciendo que no es canónico, "y comienza con el sueño de Mardoqueo". Esto último demuestra que lo que Atanasio tiene en cuenta es la añadidura griega que se agregó al texto hebreo. Dicha añadidura está en la categoría de los apócrifos. Siendo así, ¿dónde colocan a Éster los padres de la iglesia que hemos mencionado? W. H. Green responde a esta pregunta en General Introduction to the Old Testament, the Text (Introducción general al Antiguo Testamento, el texto), (1899), p. 166, con estas palabras: "Éster es un libro canónico entre los hebreos; y así como Rut se considera [en la antigua catalogación hebrea] como un solo libro con Jueces, así también Éster con algún otro libro" (citado por R. Laird Harris, en op. cit., pág. 190).

Unos cuatro siglos después de Orígenes y unos 170 años después de Jerónimo, Gregorio Magno, papa de 590 a 604, al citar de 1 Macabeos, afirma: "Presentamos un testimonio de libros que aunque no son canónicos, sin embargo son publicados para la edificación de la iglesia" (W. H. Green, op. cit., p. 176, citado por R. Laird Harris, en op. cit., p. 192).

Aproximadamente mil años después del papa Gregorio Magno, el cardenal español Francisco Jiménez de Cisneros (1436-1517), erudito y propulsor de la preparación de la Biblia Políglota Complutense, dedicada al papa León X y aprobada por éste, escribió en el prefacio de esa obra que los libros impresos en ella, que no estaban en el canon hebreo - los apócrifos -, sólo se usaban para "edificación". Esto fue escrito poco antes de la Reforma del siglo XVI.

11.07. El testimonio de Jerónimo

Jerónimo (340-420) definió cuál debería haber sido la posición de la iglesia cristiana frente a estos libros. El enseñaba:
"Evite ella [la iglesia] todos los escritos apócrifos, y si es inducida a leer los tales no por la verdad de las doctrinas que contienen sino por respeto de los milagros contenidos en ellos, comprenda ella que no fueron realmente escritos por aquellos a quienes se los atribuye; que en ellos se han introducido muchos elementos imperfectos y que se requiere infinita discreción para buscar oro en medio de la escoria"¹ (Carta CVII a Laeta, párrafo 23, cita traducida de A Select Library of Nicene and Post Nicene Fathers of the Christian Church [Una selecta biblioteca de Padres de la iglesia, nicenos y postnicenos], 2.a serie, t. VI, p. 194).

Refiriéndose en forma más específica a los libros apócrifos y otras añadiduras, dice, Jerónimo:
"El libro de Daniel en hebreo no contiene el relato de Susana [cap. 13], ni el canto de los tres jóvenes [parte añadida al cap. 3], ni las fábulas de Bel y del dragón [cap. 14]. Debido a que se los encuentra por doquiera, les hemos dado la forma de un apéndice [al libro de Daniel] anteponiéndoles una señal . . . para que los no informados no piensen que hemos eliminado una porción de este volumen" (Prefacio a Daniel, Id., p. 494).

También afirma, Jerónimo:
"La iglesia lee Judit, Tobías [o Tobit] y los libros de los Macabeos, pero no los admite en las Escrituras canónicas. De modo que léanse estos dos volúmenes para la edificación de la gente, no para dar autoridad a las doctrinas de la iglesia" (Prefacio a Proverbios, Eclesiastés y el Cantar de los Cantares, Id., p. 492).

Más adelante podremos comprobar cuánta verdad hay en la afirmación de que en los "deuterocanónicos" hay "muchos elementos imperfectos y que se requiere infinita discreción para buscar oro en medio de la escoria".
También se podrá ver por qué los relatos de "Bel" y del "dragón" merecieron ser llamados "fábulas".
Es evidente que si bien esos escritos circulaban "por doquiera", no tenían validez para "dar autoridad a las doctrinas de la iglesia".

Jerónimo tradujo el AT del hebreo al latín con sumo cuidado: gastó 21 años en este trabajo. Pero no dio importancia a las porciones apócrifas. Por ejemplo, en el libro de Tobías - como lo afirma el mismo Jerónimo - sólo empleó un día de trabajo (Prefacio a Tobías).

La erudición, la autoridad y el testimonio de, Jerónimo debieran tener un peso decisivo en este tema, porque no hay otro escritor cristiano más apto a quien podamos acudir durante los siglos IV y V.
Cuando tradujo la Vulgata tuvo que informarse totalmente y usar un criterio claro y netamente bíblico, para separar los escritos dudosos y determinar cuáles podían aceptarse y cuáles debían ponerse al margen del texto sagrado.
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11.06. Los Concílios y los apócrifos

Los que se sienten inclinados a reconocer como canónicos los apócrifos, también han puesto énfasis en que ya antes del Concilio de Trento (1545-1563) habían sido aceptados como parte del AT por el Concilio de Cartago (397 d. C.) y el de Florencia (1439).

Sin embargo, el de Cartago fue un mero sínodo local, por lo que se desvanece su autoridad para dictaminar en cuanto al canon bíblico.
Y el de Florencia, cuyo principal propósito fue el de lograr la unión de la Iglesia Griega Ortodoxa con Roma, evidentemente no se pronunció en cuanto a este tema.

Así lo demostró en 1657, John Cosin (1594- 1672), prelado anglicano y erudito escritor, autor de la obra Scholastical History of the Canon of Holy Scripture (Historia escolástica del canon de las Sagradas Escrituras).

Este escritor inglés comprobó suficientemente que el supuesto decreto conciliar en el que se daba valor canónico a los libros apócrifos en realidad fue una falsificación introducida en un resumen posterior de las actas del concilio.

11.05. Pablo y el empleo de citas de autores griegos

En cuanto al empleo de citas que no son bíblicas, más de un autor ha destacado que el apóstol Pablo mencionó en tres oportunidades, o por lo menos hizo alusión, a tres poetas griegos anteriores a sus días.

Durante su discurso en el Areópago usó las palabras de los "propios poetas" de los atenienses. "En él vivimos, y nos movemos, y somos" (Hechos 17:28) es una expresión de Epiménides de Cnosos (Creta), filósofo y poeta del siglo VI a. C.

"Linaje suyo somos" (Hechos 17:28) son palabras de Arato de Cilicia (315-245 a. C.) registradas en su obra titulada Fenómenos.

"Las malas conversaciones corrompen las buenas costumbres" (1 Coríntios 15:33) es un dicho - que quizá llegó a convertirse en un refrán popular - del poeta ateniense Menandro (343-280 a. C.).

"Los cretenses, siempre mentirosos, malas bestias, glotones ociosos" (Tito 1:12), es también una cita de Epiménides de Creta, "propio profeta" de sus conciudadanos.

Pero es evidente que estas citas no tuvieron el propósito de dar validez de autores divinamente inspirados a esos escritores griegos. Pablo simplemente citaba autores griegos para ilustrar la enseñanza más elevada que él estaba presentando.

El jamás hizo una "mezcla" de "los dogmas de la filosofía" con las verdades reveladas.

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