DANIEL ALEJANDRO FLORES

16.06. ¿Intercesión por los pecados de los muertos? - I

En 2 Macabeos hay dos pasajes a los que se reconoce una gran importancia:

(1) en un caso se refiere a la expiación de los pecados dentro del sistema levítico;

(2) en el otro, a las posibilidades que tienen los difuntos de interceder ante Dios.


El primero de ellos se refiere a un relato que dice:

“Judas [Macabeo] reunió su ejército y fue a la ciudad de Adulam. Al acercarse el séptimo día de la semana, se purificaron según su costumbre y celebraron el día de reposo. Y como el tiempo urgía, los soldados de Judas fueron al día siguiente a recoger los cadáveres de los caídos en el combate, para enterrarlos junto a sus parientes en los sepulcros familiares. Pero debajo de la ropa de todos los muertos encontraron objetos consagrados a los ídolos de Jabnia, cosas que la ley no permite que tengan los judíos. Esto puso en claro a todos la causa de su muerte. Todos alabaron al Señor, justo juez, que descubre las cosas ocultas, e hicieron una oración para pedir a Dios que perdonara por completo el pecado que habían cometido. El valiente judas recomendó entonces a todos que se conservaran limpios de pecado, ya que habían visto con sus propios ojos lo sucedido a aquellos que habían caído a causa de su pecado. Después recogió unas dos mil monedas de plata y las envió a Jerusalén, para que se ofreciera un sacrificio por el pecado. Hizo una acción noble y justa, con miras a la resurrección. Si él no hubiera creído en la resurrección de los soldados muertos, hubiera sido innecesario e inútil orar por ellos. Pero, como tenía en cuenta que a los que morían piadosamente les aguardaba una gran recompensa, su intención era santa y piadosa. Por esto hizo ofrecer ese sacrificio por los muertos, para que Dios les perdonara su pecado” (cap. 12: 38- 45).

Si “el valiente Judas” ordenó que se hiciera un sacrificio expiatorio en Jerusalén por los muertos en batalla, y debido a su pecado, entonces nos encontramos frente a un hecho que no tiene paralelo ninguno en toda la Biblia. Esta ofrenda intercesora es algo completamente desconocido, ajeno a todo antecedente en la Palabra Santa.

Dios ordenó diferentes clases de sacrificios por medio de Moisés, los cuales debían ofrecerse de acuerdo a las varias clases de faltas y también según las diversas clases de personas que las cometían: individuos, o la congregación de Israel en conjunto.

En las Sagradas Escrituras se dieron exactas indicaciones en cuanto a esas ofrendas expiatorias.

Se detallan pecados

(1) “por yerro” del “sacerdote ungido” (Lev. 4: 2-12);
(2) de “toda la congregación” (vers. 13-21);
(3) de “un jefe” (vers. 22-26);
(4) de “alguna persona del pueblo” (vers. 27-35).

En los casos de que “alguno... llamado a testificar” no lo hacía (Lev. 5: 1), o que alguien hubiera tocado “cosa inmunda” (vers. 2-3) o que hubiere “jurado a la ligera” (vers. 4) se prescribían los mismos sacrificios y expiaciones (vers. 5-13).

Por “yerro en las cosas santas de Jehová” (vers. 15-16) y por pecado cometido no “a sabiendas”, se ordenaba la misma ofrenda (vers. 17-19).

Después se enumeran pecados más graves: “prevaricación” al robar, calumniar o jurar en falso, que requerían no sólo expiación sino también restitución (Lev. 6:2-7).

El resto del cap. 6 está dedicado a detallar minuciosamente cómo debían efectuarse los holocaustos, ofrendas y sacrificios por “el pecado” y por “la culpa”.

A continuación, la ley “del sacrificio por la culpa” es llamada “cosa muy santa’ (Lev. 7: 1); luego hay otras explicaciones formales siempre referentes a “una misma ley” (vers. 7) para los sacrificios por el pecado y por la culpa (vers. 2-20).

Los cap. 18, 19 y 20 de Levítico están destinados a especificar diversas clases de culpas, denominadas a veces “abominaciones”, que en algunos casos demandaban la muerte del culpable o de los culpables.

La minuciosidad en toda esta enumeración tenía el propósito de mostrar que el Dios Eterno había establecido todo un sistema ritual para que los transgresores pudieran hacer frente al problema del pecado, a fin de que se allegaran al “trono de la gracia” para obtener perdón.

Esta es la razón de las instrucciones y reglamentos exactos y minuciosos para todas las clases de sacrificios expiatorios que debían ofrecerse. Dios tuvo en cuenta personas, tipos de yerros, faltas, pecados, delitos y transgresiones más graves; así como también los días a veces señalados para ofrecerlos.

En todo este amplio sistema no hay una sola alusión a ceremonias o sacrificios de intercesión por los pecados de los muertos.

Sin excepción alguna, todo corresponde con el problema del pecado y las personas vivas. El propio pecador, fuera “jefe” o cualquier ‘persona del pueblo”, debía degollar con su mano la víctima expiatorio (Lev. 4: 22, 24, 27, 29).

El culpable debía demostrar - él y no otro - su arrepentimiento al efectuar lo que ordenaba el ritual de los sacrificios. Asimismo debía depositar su fe en la sangre de una víctima inocente, símbolo adecuado del perfecto Salvador venidero.

Esta realidad excluye toda posibilidad de que fuera eficaz un sacrificio - hecho por mano ajena - para expiar los pecados de los difuntos.

16.05. La popularidad de 2 Macabeos

Todos los que a través de los siglos han creído en el derecho que tienen los pueblos de ser independientes y han apreciado mucho lo que significa la libertad de conciencia, han simpatizado vivamente con los Macabeos, pues esos cinco varones hijos del adón (jefe de comunidad) Matatías se constituyeron en el núcleo de la resistencia de los hasidim, o judíos piadosos, contra el programa de paganización que se trató de imponer en Judea, en el siglo II a. C.

Además de su heroísmo, esos hasidim han dejado bellos ejemplos de fidelidad a sus principios religiosos en medio de largas persecuciones y tormentos.

La forma en que se describe el martirio del anciano Eleazar (segunda mitad del cap. 6) no sólo despierta aversión contra sus torturadores, sino también admiración por ese maestro de la ley que estuvo dispuesto a morir bajo los azotes de un verdugo, "dejando con su muerte, no sólo a los jóvenes sino a la nación entera, un ejemplo de valentía y un recuerdo de virtud" (vers. 31).

Ha alcanzado una difusión mucho mayor el relato registrado en el cap. 7 dedicado al martirio, uno tras otro, de siete hermanos judíos y su piadosa madre.

No se registran los nombres de esos mártires; sin embargo, siglos después, el nombre de "Shamuni" ha sido atribuido a esa mujer, tal como se registra en el "Calendario de mártires" de la Iglesia Siria, preservado en un manuscrito que data de 441 d. C.

La Iglesia Ortodoxa posteriormente escribió en sus libros de liturgia los nombres de los siete hijos. Es evidente que la imaginación ha suplido lo que no consta en ningún documento.

La verdad es que el relato -completamente cierto o no- de la firme lealtad a la voluntad divina demostrada por esos jóvenes hebreos en medio de sus martirios, ha sido a través de los siglos un motivo de inspiración para millones de lectores, tanto cristianos como israelitas.

Más todavía: hasta se ha forjado toda una leyenda acerca de las reliquias de estos mártires. Según esta leyenda, esos restos humanos fueron llevados de Antioquía de Siria a Constantinopla y, posteriormente, a Roma.

Más tarde, durante la Edad Media, surgió una rivalidad entre Roma y la ciudad alemana de Colonia, pues en un convento de esta última -y bajo la advocación de los "Santos Macabeos"-se afirmaba que se conservaban las cabezas de esos testigos de la fe, conservadas en receptáculos de oro.

Todo esto ha ido perdiendo su influencia en nuestro siglo, pero en amplios sectores de la cristiandad existió una gran corriente de simpatía por un libro catalogado como edificante por narrar notables ejemplos de sacrificio en defensa del respeto que se debe a la voluntad divina.

El fondo histórico de los emocionantes relatos que se leen en ambos libros de los Macabeos también es una fuente valiosa de informaciones en cuanto a la situación religiosa de los judíos durante el período intertestamentario, del cual no hay datos procedentes de los cronistas inspirados del pueblo de Israel.

Asimismo es digno de saber que la purificación del templo de Jerusalén -que había sido objeto de profanaciones ordenadas por Antíoco Epífanes- hecha por Judas Macabeo, después de vencer a los opresores en 168 a. C., ha dado lugar a la fiesta hebrea de Hunukkah, llamada "de la dedicación" en Juan 10: 22, y también denominada "fiesta de las luces" debido a la iluminación especial de las sinagogas y los hogares de los judíos en ese día.

Hasta hoy es una gozosa festividad hebrea dedicada al recuerdo de la historia y las leyendas referentes a los Macabeos, restauradores del culto sagrado de Israel.

16.04. 2 Macabeos y lo sobrenatural - II

Otro intento de explicar estos relatos fabulosos es presentado por un autor católico que, refiriéndose a 2 Macabeos, afirma:

"Pertenece a un género literario entonces popular en el mundo helenístico y conocido como 'historia patética', cuyas características consistían en ser una llamada a la imaginación y a las emociones del lector. Discursos apasionados, lenguaje lleno de fuerza, números enormes, contrastes imaginados, estilo florido; todo forma parte del género y es típico de 2 Macabeos. La intención de conmover al lector y los medios empleados se aceptan como convenciones literarias. Por consiguiente, el autor de 2 Macabeos intenta extraer el significado de los acontecimientos que relata, pero descuida los detalles que exigiría una ciencia histórica. Cronológicamente, cede a la experiencia oratoria y el orador se reserva el derecho de elegir y de engrandecer ciertos aspectos. 'El auxilio que viene del cielo' (1 Mac. 16: 3) adopta aquí la forma de manifestaciones celestiales (2 Mac. 3: 24-26; 10: 29; 11: 8; cf. 12: 22; 15: 11-16). La aparición de dioses venidos en ayuda de los guerreros en la batalla era un rasgo corriente en la historia patética; el autor judío sencillamente sustituye los dioses con ángeles" (Wilfrid J. Harrington, traducción de José María Ruiz y Antonio Parapar, Iniciación a la Biblia [Santander: Sal Terrae, 1967], p. 479).

Acerca de este tipo de narraciones inverosímiles, refiriéndose a 2 Macabeos, tenemos los siguientes comentarios:

"Las manifestaciones divinas . . . entran de lleno en el género patético. Este es el género que preferían ciertos historiadores helenistas, tales como Teopompo de Chíos [o Khíos], Clitarco de Alejandría, Filarco de Naucratis. En tales escritos se ponía de relieve la intervención visible de Dios en el curso de los acontecimientos, complaciéndose en narrar apariciones maravillosas. Se conocen libros enteros escritos con este propósito, como el que lleva por título En torno a la aparición de Júpiter, de Filarco, o Apariciones de Apolo, de Itros de Pafo" (Profesores de Salamanca, Biblia comentada [Madrid: BAC, 1961], t. III, p. 1023-1024).

"Pensemos en un auto sacramental barroco con bastante tramoya y aparato escénico; algo así sería nuestro libro [2 Macabeos en clave narrativa" (Nueva Biblia española para latinoamericanos [Madrid: Ediciones Cristiandad, 1976], p. 673).

"En la escena tienen cabida algunos personajes sobrenaturales, como presencia de la divinidad; también necesitan signos emblemáticos, pero no necesitan nombre; son funciones escénicas, no copias de una realidad" (loc. cit.).

Posiblemente en esa época, las "convenciones literarias", propias de la llamada "historia patética", no resultaban chocantes para los judíos de Alejandría, helenizados. En cambio -y a pesar de que Judas Macabeo y sus valientes hermanos se destacan como magníficos guerreros en la historia hebrea- los escrituristas de Palestina, aunque sin duda cautivados por los relatos de las hazañas referentes a los héroes y paladines de su pueblo, no pudieron menos que reconocer la diferencia entre este libro y los 39 que ellos aceptaron como canónicos.

Hay otro pasaje que llama la atención, aunque en él no hay nada que pueda atribuirse a una intervención sobrenatural que pudiera llamarse exótica. Es el relato de la forma en que murió "Razis" ("Razías" o "Racías" en las demás versiones castellanas que contienen estos libros), "uno de los ancianos de Jerusalén".

Resulta francamente inverosímil que un anciano, después de volver "su espada contra sí mismo" todavía pudiera correr animosamente "hacia lo alto de la muralla" para lanzarse "sobre la tropa" atacante; y que después "todavía respirando, lleno de ardor a pesar de estar gravemente herido, se levantó bañado en sangre, pasó corriendo por entre la tropa, se colocó sobre una alta roca y, casi completamente desangrado, se arrancó las entrañas y, tomándolas con las dos manos, las arrojó sobre la tropa, pidiendo al Señor de la vida que algún día se las devolviera. De este modo murió" (cap. 14: 37, 41-46).

No sólo se trata de algo increíble para un ser humano en las condiciones en que estaba Razis, sino que resulta desconcertante que se ensalce un suicidio (ver. 42).

16.03. 2 Macabeos y lo sobrenatural - I

Es evidente que Jasón de Cirene aceptó con gusto como verídicos algunos relatos asombrosos que indudablemente circulaban en esa época (siglos II y I a. C.) entre los judíos helenizados del noreste del África, y posiblemente en otros círculos hebreos de la Diáspora.

En el resumen de la obra de Jasón - el único elemento de juicio de que disponemos - hay pasajes que comprueban lo que acabamos de afirmar. En este libro se describen varios episodios donde se narran sucesos de orden sobrenatural que presentamos a continuación.

(1) El primero refiere el caso de Heliodoro, funcionario de los crueles y rapaces gobernantes seléucidas opresores de Israel, que decidió confiscar el tesoro del templo de Jerusalén por orden del rey. "Pero cuando él y sus acompañantes se encontraban ya junto al tesoro, el Señor de los espíritus y de todo poder se manifestó con gran majestad, de modo que a todos los que se habían atrevido a entrar los aterró el poder de Dios, y quedaron sin fuerzas ni valor. Pues se les apareció un caballo, ricamente adornado y montado por un jinete terrible, que levantando los cascos delanteros se lanzó con violencia contra Heliodoro. El jinete vestía una armadura de oro. Aparecieron también dos jóvenes de extraordinaria fuerza y gran belleza, magníficamente vestidos. Se colocaron uno a cada lado de Heliodoro, y sin parar lo azotaron descargando golpes sobre él. Heliodoro cayó inmediatamente a tierra sin ver absolutamente nada" (cap. 3:24-27).

En relación con este suceso se cuenta después que "el sumo sacerdote temeroso de que el rey sospechara que los judíos habían atentado contra la vida de Heliodoro, ofreció un sacrificio por su curación. Y al ofrecer el sumo sacerdote el sacrificio por el pecado, los mismos, jóvenes, vestidos con las mismas vestiduras, se aparecieron nuevamente a Heliodoro, se pusieron de pie junto a él y le dijeron: 'Da muchas gracias al sumo sacerdote Onías; por su oración, el Señor te perdona la vida' " (vers. 32-33).

(2) De acuerdo con el segundo episodio, "por aquel tiempo, Antíoco se preparaba para su segunda expedición contra Egipto. Entonces, durante casi cuarenta días, aparecieron en toda la ciudad jinetes con armadura de oro, armados y organizados en escuadrones, que corrían por el aire con las espadas desenvainadas; compañías de caballería en orden de batalla, con ataques y asaltos de una y otra parte, con agitar de escudos y con lanzas innumerables, tiros de flechas, relampaguear de armaduras de oro y corazas de todo tipo. Todos pedían a Dios que estas visiones anunciaran algo bueno" (cap. 5: 1-4).

(3) La tercera de las narraciones de esta índole refiere que estando los judíos "en lo más recio de la batalla, los enemigos vieron en el cielo a cinco hombres majestuosos, montados en caballos con frenos de oro, que, poniéndose a la cabeza de los judíos, se colocaron alrededor de Macabeo, y lo protegían con sus armas y lo defendían para que nadie lo hiriera. También lanzaban flechas y rayos sobre los enemigos, que, ciegos y aturdidos, se dispersaron en gran desorden" (cap. 10: 29-30).

(4) El cuarto relato es el que cuenta la forma en que Judas Macabeo animaba a los suyos para que lucharan contra el ejército de Lisias, gobernante impuesto por los opresores seléucidas.

A fin de que se aumentara el valor de los que combatían por la causa hebrea, "estando todavía cerca de Jerusalén, se apareció, a la cabeza de la tropa, un jinete vestido de blanco, agitando unas armas de oro. Entonces todos alabaron a Dios misericordioso, y tan fortalecidos se sintieron en su ánimo que estaban dispuestos a atacar no sólo a los hombres, sino a las fieras más salvajes y a murallas de hierro" (cap. 11: 8-9).


Todas estas apariciones providenciales de jinetes revestidos de oro; esas flechas y esos rayos, a los que evidentemente se atribuye un origen sobrenatural y que se lanzan para aniquilar a los enemigos del pueblo escogido; esas invencibles armas de oro que parecen salir del arsenal divino para defender al Macabeo, paladín de Israel; el despliegue de esplendor sobrehumano de los personajes, hacen que el lector se pregunte en cuanto a la autenticidad y la verdadera fuente de estas narraciones.

Una respuesta lógica tal vez se halle en las afirmaciones de origen católico, las cuales forman parte de la nota introductoria de 2 Macabeos en una de las nuevas versiones castellanas de la Biblia que llevan el imprimatur. Allí se dice que ese libro "hace frecuentes referencias a epifanías [apariciones de origen celestial] divinas, especialmente en los momentos críticos de la batalla, o a modo de presagio de los hechos futuros. Indudablemente [2 Macabeos], se encuentra en este punto mucho más cerca de la mayor parte de la literatura religiosa del próximo Oriente, y especialmente del mundo helenístico, que del mismo AT. Epifanías como las de los cap. 5:2; 10:29; 11: 8, etc., recuerdan mucho la intervención de los dióscuros y otros seres celestes de la literatura helenística" (Sagrada Biblia de Francisco Cantera Burgos y Manuel Iglesias González [Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 1975], p. 1049).

16.02. El autor de 2 Macabeos

Debido a la trascendencia de este libro es necesario aclarar algo en cuanto a su autor. No se conoce su nombre, pero debe de haber sido un judío cuyo "estilo . . . es el de los escritores helenísticos" (BJ, p. 546), que tuvo como principal propósito narrar las hazañas bélicas de Judas Macabeo, héroe nacional de Israel y máximo caudillo de los "guerrilleros" judíos del siglo II a. C.

Para hacerlo se valió de la obra de cierto "Jasón de Cirene" (2 Macabeos 2: 19, 23).

Acerca de Jasón se dice: "se trata probablemente de un judío culto, originario de la ciudad de Cirene, en el norte de África, y que debió escribir allí, o en Alejandría, una obra amplia de cinco volúmenes sobre las actividades bélicas y religiosas de los Macabeos, la cual sirvió de base al autor del libro canónico de los Macabeos, cuya obra se presenta como epítome del extenso original.

"Fuera de este dato suministrado por el abreviador no se sabe nada más de Jasón de Cirene.

"No hay por qué suponer que tal obra fue inspirada, ya que no lo son los documentos escritos ni las fuentes orales de que han podido servirse los autores sagrados. La obra inspirada que forma parte del canon es el libro segundo de los Macabeos en razón precisamente de los juicios que el autor inspirado emite acerca de los datos que le proporcionó la historia de Jasón ... Jasón debió escribir en griego, porque 2 Mac. no alude a tarea alguna de traducción" (César Wau, en Enciclopedia de la Biblia, [Barcelona: Ediciones Garriga, 1963], t. IV, columnas 304-305).

De acuerdo con sus propias palabras, el autor del resumen que conocemos como 2 Macabeos se esforzó "por ofrecer entretenimiento a los que leen por el solo gusto de leer; facilidad a los que quieren aprender de memoria y, en fin, utilidad a todos los que lean este libro" (cap. 2: 25).

Acerca de la forma en que escribió, él mismo nos informa: "Al autor original de una historia le corresponde profundizar en la materia, tratar extensamente los temas, descender a los detalles; pero el que hace un resumen debe ser breve en la expresión y no tratar de hacer una exposición completa de los hechos. Comencemos, pues, nuestra narración, sin añadir más cosas a lo que ya hemos dicho; porque sería absurdo alargarnos en la introducción y luego acortar la historia misma" (vers. 30-32, VP).

Adviértase que este escritor -aquí y en todo su libro-, nunca afirma que está movido por la inspiración de origen divino o que ha recibido una revelación celestial. Tampoco es portavoz de algún profeta o profetas, o del Todopoderoso, pues escribió su obra en el siglo II o I a. C., o sea en pleno período intertestamentario durante el cual -cuatro siglos- no hubo ninguna nueva revelación o instrucción de Dios para su pueblo escogido mediante alguno de sus mensajeros.

Este último hecho está confirmado en 1 Macabeos, donde, al referirse al momento histórico posterior a la muerte de Judas Macabeo, se dice: "Fue un tiempo de grandes sufrimientos para Israel, como no se había visto desde que desaparecieron los profetas" (cap. 9: 27). En otro pasaje de 1 Macabeos, al enumerar los poderes de gobernante civil y religioso dados a Simón (hermano de Judas), se advierte que esa autoridad le iba a corresponder "hasta que apareciera un profeta autorizado" (cap. 14: 41).

Dentro del ambiente peculiar de las Sagradas Escrituras no concuerdan con los motivos que impulsaron al autor de 2 Macabeos al redactar su obra. En la introducción de ese libro -ya se dijo- se ofrece "entretenimiento" a quienes "leen por el solo gusto de leer".

Sus palabras finales también lo muestran como un escritor completamente despreocupado de no ser portavoz del Autor de la Revelación; tampoco dice nada en cuanto a la fidelidad de sus narraciones.

En cambio se manifiesta interesado en haber agradado a sus lectores, pues concluye diciendo: "Yo termino aquí mi narración. Si está bien escrita y ordenada, esto fue lo que me propuse. Si es mediocre y sin valor, sólo es lo que pude hacer. Así como no es agradable beber vino ni agua solos, en tanto que beber vino mezclado con agua es sabroso y agradable al gusto, del mismo modo, en una obra literaria, la variedad del estilo agrada a los oídos de los lectores. Y con esto termino mi relato" (cap. 15: 37-39).

Hay una diferencia abismal entre esta forma de expresarse y la que emplean los autores de los libros que forman el canon hebreo, o sea los 39 llamados "protocanónicos" por los teólogos y escritores católicos.

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