DANIEL ALEJANDRO FLORES

17.00. Los apócrifos y la Septuaginta (LXX)

Quienes aceptan la canonicidad de estos libros y de las añadiduras a Daniel y Éster, argumentan que se encuentran en la Septuaginta. También existe en muchos la noción de que esta traducción del AT al griego se efectuó en el siglo III a.C. por lo que su antigüedad acrecentaría su valor.

Pero la verdad es que la traducción de la LXX se completó en el siglo I d.C. Así lo confirma la autorizada pluma del jesuita Sebastián Bartina, quien afirma que el proceso de la traducción de los libros hebreos "del canon judío [protocanónicos]" se completó entre la parte final del siglo II a.C. y la primera mitad del siglo I d.C. Según este autor, durante ese lapso de formación de la LXX también se llevó a cabo "la redacción directa en lengua griega de ciertas obras deuterocanónicas [los libros que venimos llamando apócrifos] y apócrifas" (Enciclopedia de la Biblia [Ediciones Garriga], t. VI, columna 612).

Con todo, la mayor o menor antigüedad de esta versión griega no es de importancia decisiva. Lo que sí tiene verdadera trascendencia es que la inclusión de estos libros en la LXX sólo significa que los judíos helenizados de Alejandría (Egipto) tenían un criterio flojo que les permitía poner libros controvertidos junto a los que sí son canónicos por consenso unánime.

No conocemos qué libros incluía la LXX judía helenística, pues sólo nos han llegado manuscritos cristianos de la misma. Es posible que los judíos de Alejandría poseyeran una recopilación de esa versión que los excluyera, o que los incluyera junto con la traducción de los 39 libros hebreos del AT, porque los israelitas consideraban que la traducción de un libro sagrado no era sagrada. La certidumbre de cualquiera de estas posibilidades haría más débil aún el argumento de recurrir a la versión de los LXX para apoyar la canonicidad de los libros apócrifos.

Lo afirmado en el párrafo anterior se comprueba por la presencia en los manuscritos de la LXX de otros libros que hoy día ninguna iglesia cristiana reconoce como canónicos, y son: "I Esdras (denominado III Esra por San Jerónimo), 3 y 4 Macabeos, el Salmo ideográfico de David, los Salmos de Salomón, las Odas de Salomón y la Oración de Manasés" (Luis Gil, catedrático de Filología Griega de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Madrid, Id., t. VI, columna 616).

El erudito alemán Alfredo Rahlfs publicó en tres partes (1904, 1907 y 1911) su obra Septuaginta- Studien, que también difundió la Sociedad Bíblica de Stuttgart. En ese amplio comentario, con la excepción de la Oración de Manasés, están incluidos como parte de la LXX todos los otros libros que nadie reconoce como canónicos y que ya enumeramos.

Luis Gil, a quien acabamos de citar, añade a continuación: "Se ha de notar que Job se presenta en la versión griega [la LXX] considerablemente abreviado" (loc. cit.). Apuntamos esto únicamente para que sirva de ejemplo de que no siempre se puede confiar en la exactitud de "la versión griega", pues tiene peculiaridades que crean problemas textuales que no se pueden resolver satisfactoriamente.

También es importante destacar que la práctica rabínica requería abluciones rituales que eran obligatorias para cualquiera que usara los rollos que hoy forman los libros canónicos hebreos. En cambio, esos mismos rabinos enseñaban que ninguna traducción contaminaba las manos. Esta expresión significaba que ellos restaban toda importancia a las traducciones del Texto Sagrado (hebreo o arameo). Por lo tanto, no habrían prestado la debida atención al hecho de que en la Septuaginta - por ser una traducción - se incluyeran libros ajenos al canon bíblico o se hicieran aditamentos en griego a Daniel y a Éster.

16.08. ¿Intercesión de los muertos?

El otro pasaje de evidente importancia doctrinal que corresponde tratar ahora es una narración atribuida a judas Macabeo, en la que cuenta a sus compañeros de armas que había tenido una visión según la cual “el antiguo sumo sacerdote Onías, hombre bueno y excelente, de presencia modesta y carácter amable, de trato digno y dado desde su niñez a la práctica de la virtud, estaba con las manos extendidas, orando por todo el pueblo judío. En seguida apareció otro hombre, que se distinguía por sus cabellos blancos y su dignidad; la majestad que lo rodeaba claramente indicaba que se trataba de un personaje de la más alta autoridad. Onías tomó la palabra y dijo: ‘Este es Jeremías, el profeta de Dios, el amigo de sus hermanos, que ora mucho por el pueblo y por la ciudad santa’. Jeremías extendió la mano derecha, le dio a judas una espada de oro y le dijo: ‘Toma esta espada santa, que Dios te da; con ella destrozarás a los enemigos’ ‘ (cap. 15: 12-17).

Continúa el relato afirmando que de esta manera fueron “reconfortados” los combatientes presididos por el Macabeo, y se sintieron impulsados por un nuevo valor para luchar por su patria.

No sabemos cuánto tiempo había transcurrido desde la muerte del “antiguo sumo sacerdote Onías” hasta el momento cuando Judas contó lo que el autor califica de “una visión digna de crédito” (vers. 11), pero sabemos que el profeta Jeremías desempeñó su ministerio entre los siglos VII y VI a.C. por lo que, en los días de los Macabeos, hacía unos cuatro siglos que había fallecido.

Por lo tanto, con esta “visión” -como se afirma en una nota de la BJ- se da validez a “la intercesión de los muertos” (ed. de 1967, p. 546).

No es de extrañarse que enseñe Ausejo -refiriéndose a “la utilidad de la oración por los difuntos (12:43-46) y la intercesión de los santos (15:12-16)”-que “la importancia doctrinal” de 2 Macabeos “es realmente muy valiosa, por cuanto en él se descubren verdades referentes al más allá, que apenas se vislumbran en los demás escritos del AT” (ed. de 1966, p. 617).

En cuanto al valor que la Iglesia Católica atribuye a este pasaje y al libro de 2 Macabeos, es claro el testimonio de Straubinger cuando afirma: “Vemos aquí señalada la eficacia de la intercesión de los Santos por los que aún somos viadores en la tierra” (Id., p. 1287).

Son diversas las formas rituales que consisten en rezos constantemente repetidos, en los que se recurre a la intercesión ante Dios de la bienaventurada Virgen María o a la de determinados santos.

Todas estas prácticas de culto tienen como origen la creencia que se enseña y difunde -basada en los cap. 12 y 15 de 2 Macabeos- de que los vivos pueden ofrecer sufragios por los difuntos, y éstos, a su vez, pueden interceder por los vivos que les ruegan.

Siglos de historia enseñan que éste es uno de los factores más importantes para oscurecer -y en muchos casos para relegar al olvido- la única obra mediadora reconocida en las Escrituras: la de nuestro Señor Jesucristo, quien constantemente intercede por nosotros.

Juan Calvino (siglo XVI) se ocupó de este tema, y al referirse especialmente a los libros de los Macabeos y otros apócrifos, escribió:

“Citan de un viejo catálogo, llamado canon de la Escritura, que según ellos procede de la determinación de la Iglesia. Pero yo insisto en preguntar en qué concilio se compuso aquel canon. A esto no pueden responder. Aunque también me gustaría saber qué clase de canon es éste, porque en esto no hay acuerdo entre los antiguos. Y si nos atenemos a la autoridad de San Jerónimo, los libros de los Macabeos, de Tobías, el Eclesiástico y otros semejantes se deben tener por apócrifos, en lo cual éstos no pueden en manera alguna consentir” (Institución de la religión cristiana [Países Bajos: Fundación editorial de literatura reformada, 1967], t. II, p. 930).

El lenguaje de Calvino es evidentemente polémico; él estaba en franca pugna con algunas prácticas como éstas.

Los protestantes no se expresan ahora con esta vehemencia. Este contraste se explica, en parte, al recordar que Calvino publicó, por primera vez, su Institución en 1536: a sólo 19 años de 1517 -el año histórico del comienzo de la Reforma, iniciada por Lutero en Wittenberg-, por lo que estaba en todo su calor el motivo que había desencadenado la protesta del monje alemán: la venta de las indulgencias y su aplicación, en muchos casos, como sufragio por los pecados de los difuntos.

El transcurso de casi cinco siglos ha calmado las reacciones de quienes no aceptan esas doctrinas aún vigentes; además, desde hace mucho no se ve la figura de un Tetzel que pregone la eficacia de la compra de beneficios espirituales.

Con todo, sigue en pie el hecho de que el baluarte principal de la creencia en el purgatorio y todo lo que acompaña a esa doctrina, así como la posibilidad de que los difuntos favorezcan a los vivos con su intercesión, se halla en los pasajes que hemos considerado.

16.07. ¿Intercesión por los pecados de los muertos? - II

Si el autor de 2 Macabeos únicamente narrara el sacrificio que mandó efectuar judas Macabeo, podría suponerse que ese valiente caudillo, guiado por un concepto erróneo, ofreció algo ineficaz que se relataba a manera de información, así como se leen en la Biblia varios episodios que se refieren a hechos equivocados.

Pero tal no es el caso con este sacrificio, pues se afirma que judas “hizo una acción noble y justa” y que “su intención era santa y piadosa” (2 Macabeos 12: 43-45).

No es posible suponer que en los días de los Macabeos Dios hubiera dado una nueva revelación como añadidura al sistema ritual mosaico, ordenando que se ofrecieran sacrificios por los pecados de los muertos.

No es lógico imaginarse que el Altísimo dejara pasar más de mil años (período entre Moisés y los Macabeos) sin anunciar la eficacia de esa clase de sacrificios.

Además, habría usado a algún profeta para que comunicara al pueblo escogido esa nueva revelación; pero como ya se indicó, durante el período intertestamentario (unos 400 años separan el AT del NT) “desaparecieron los profetas” (1 Macabeos 9:27), por lo cual los judíos estaban a la expectativa de que “apareciera algún profeta autorizado” (cap. 14: 41).

También corresponde destacar que los autores judíos llamaban a Malaquías “el sello de los profetas”, pues lo consideraban - y siguen considerándolo - como el último de los mensajeros divinamente inspirados del AT.

Los exégetas católicos destacan la importancia doctrinal de este pasaje cuando defienden la enseñanza de que la misa tiene eficacia al aplicarla en sufragio por el alma de un difunto o de varios de ellos; así también tratan de justificar la validez de los responsos o rezos que se repiten en favor de los muertos, o de cualquier indulgencia que puede ganar una persona en este mundo para disminuir el tiempo de la permanencia del difunto en el purgatorio, al cual se aplica el beneficio de la indulgencia.

En el caso de la “indulgencia plenaria” se afirma que su virtud permite que el alma favorecida por ella salga del purgatorio y de sus tormentos, no importa cuanto tiempo le falte permanecer purificándose en él.

Esto se destaca en las notas redactadas por los autores católicos cuando comentan este tema.

En la versión de la Biblia cuya traducción estuvo a cargo de catorce escrituristas católicos presididos por el Dr. Evaristo Martín Nieto, se afirma acerca de este pasaje de 2 Macabeos, que es “el texto bíblico más claro acerca de la existencia del Purgatorio; sólo así puede darse la expiación más allá de la muerte” (ed. de 1964, p.576).

Todavía es más amplio y categórico Roger Le Deaut, director del Séminaire Français de Roma, cuando enseña:

“La creencia en una purificación de las almas después de la muerte, al propio tiempo que la posibilidad concedida a los vivos de ayudar a los difuntos, se halla atestiguada por primera vez en 2 Mac. 12:38-46”.

A continuación explica que la transgresión cometida por los combatientes que estaban bajo las órdenes de judas Macabeo no era “mortal”, pues según el relato ellos murieron “en la piedad” [”piadosamente”, VP] (2 Mac. 12: 45).

Y añade: “por eso, la oración y el sacrificio pueden librarlos de su culpa” (Enciclopedia de la Biblia [Ediciones Garriga], t. V, columna 1352).

Luego continúa el mismo autor:

“El NT no contiene enseñanza directa sobre el purgatorio; pero varios textos se explicarían perfectamente a la luz del segundo libro de los Macabeos” (loc. cit.).

Es difícil exagerar la importancia de esta última afirmación sobre el acto expiatorio hecho por judas Macabeo, la aprobación que le da el autor del relato que lo refiere y la aplicación que se le ha dado para aceptar la creencia en el purgatorio y toda la doctrina - con sus profundas consecuencias - del valor de los sufragios aplicados a los pecados de los difuntos.

Straubinger, citando a Schuster-Holzammer, anota:

“Todo este pasaje es el testimonio más explícito de la existencia de un purgatorio para los que mueren en gracia de Dios, pero no tienen suficientemente pura el alma y de la eficacia de los sacrificios y de las oraciones ofrecidas para su salvación” (El Antiguo Testamento [Buenos Aires: Desclée de Brouwer, 1951], t. III, p. 1284).

Aquí se hace necesario recurrir al fondo histórico de un episodio del siglo XVI y al episodio mismo. Juan de Médicis, hijo del famoso duque Lorenzo de Médicis, destacado protector de las artes y las letras, fue elegido papa en 1513.

Durante su pontificado ordenó la predicación y venta de las indulgencias, pues esperaba reunir los recursos suficientes para llevar a cabo sus grandes obras de embellecimiento de Roma.

Juan Tetzel (1465-1519), dominico alemán, alcanzó celebridad por la forma en que vendía las indulgencias entre los habitantes de su país natal. Esta venta en gran escala fue el origen inmediato o causa desencadenante del movimiento de la Reforma, pues disgustó a Lutero la forma en que se conseguía dinero con la venta de los supuestos beneficios relacionados con los castigos -más allá de la tumba- que correspondían a los pecadores.

La doctrina de la existencia del purgatorio y lo que se puede hacer a favor de las almas sometidas a un fuego purificador, ocupaban un lugar de capital importancia en todo el sistema de las indulgencias. Por eso era natural que estos versículos de 2 Macabeos adquirieran enorme importancia como una prueba en favor de la eficacia de efectuar sufragios por los difuntos.

El pasaje en cuestión implicaba la aceptación del libro donde se encuentra. Y si éste era incluido en el canon, debían incluirse también otros libros controvertidos.

16.06. ¿Intercesión por los pecados de los muertos? - I

En 2 Macabeos hay dos pasajes a los que se reconoce una gran importancia:

(1) en un caso se refiere a la expiación de los pecados dentro del sistema levítico;

(2) en el otro, a las posibilidades que tienen los difuntos de interceder ante Dios.


El primero de ellos se refiere a un relato que dice:

“Judas [Macabeo] reunió su ejército y fue a la ciudad de Adulam. Al acercarse el séptimo día de la semana, se purificaron según su costumbre y celebraron el día de reposo. Y como el tiempo urgía, los soldados de Judas fueron al día siguiente a recoger los cadáveres de los caídos en el combate, para enterrarlos junto a sus parientes en los sepulcros familiares. Pero debajo de la ropa de todos los muertos encontraron objetos consagrados a los ídolos de Jabnia, cosas que la ley no permite que tengan los judíos. Esto puso en claro a todos la causa de su muerte. Todos alabaron al Señor, justo juez, que descubre las cosas ocultas, e hicieron una oración para pedir a Dios que perdonara por completo el pecado que habían cometido. El valiente judas recomendó entonces a todos que se conservaran limpios de pecado, ya que habían visto con sus propios ojos lo sucedido a aquellos que habían caído a causa de su pecado. Después recogió unas dos mil monedas de plata y las envió a Jerusalén, para que se ofreciera un sacrificio por el pecado. Hizo una acción noble y justa, con miras a la resurrección. Si él no hubiera creído en la resurrección de los soldados muertos, hubiera sido innecesario e inútil orar por ellos. Pero, como tenía en cuenta que a los que morían piadosamente les aguardaba una gran recompensa, su intención era santa y piadosa. Por esto hizo ofrecer ese sacrificio por los muertos, para que Dios les perdonara su pecado” (cap. 12: 38- 45).

Si “el valiente Judas” ordenó que se hiciera un sacrificio expiatorio en Jerusalén por los muertos en batalla, y debido a su pecado, entonces nos encontramos frente a un hecho que no tiene paralelo ninguno en toda la Biblia. Esta ofrenda intercesora es algo completamente desconocido, ajeno a todo antecedente en la Palabra Santa.

Dios ordenó diferentes clases de sacrificios por medio de Moisés, los cuales debían ofrecerse de acuerdo a las varias clases de faltas y también según las diversas clases de personas que las cometían: individuos, o la congregación de Israel en conjunto.

En las Sagradas Escrituras se dieron exactas indicaciones en cuanto a esas ofrendas expiatorias.

Se detallan pecados

(1) “por yerro” del “sacerdote ungido” (Lev. 4: 2-12);
(2) de “toda la congregación” (vers. 13-21);
(3) de “un jefe” (vers. 22-26);
(4) de “alguna persona del pueblo” (vers. 27-35).

En los casos de que “alguno... llamado a testificar” no lo hacía (Lev. 5: 1), o que alguien hubiera tocado “cosa inmunda” (vers. 2-3) o que hubiere “jurado a la ligera” (vers. 4) se prescribían los mismos sacrificios y expiaciones (vers. 5-13).

Por “yerro en las cosas santas de Jehová” (vers. 15-16) y por pecado cometido no “a sabiendas”, se ordenaba la misma ofrenda (vers. 17-19).

Después se enumeran pecados más graves: “prevaricación” al robar, calumniar o jurar en falso, que requerían no sólo expiación sino también restitución (Lev. 6:2-7).

El resto del cap. 6 está dedicado a detallar minuciosamente cómo debían efectuarse los holocaustos, ofrendas y sacrificios por “el pecado” y por “la culpa”.

A continuación, la ley “del sacrificio por la culpa” es llamada “cosa muy santa’ (Lev. 7: 1); luego hay otras explicaciones formales siempre referentes a “una misma ley” (vers. 7) para los sacrificios por el pecado y por la culpa (vers. 2-20).

Los cap. 18, 19 y 20 de Levítico están destinados a especificar diversas clases de culpas, denominadas a veces “abominaciones”, que en algunos casos demandaban la muerte del culpable o de los culpables.

La minuciosidad en toda esta enumeración tenía el propósito de mostrar que el Dios Eterno había establecido todo un sistema ritual para que los transgresores pudieran hacer frente al problema del pecado, a fin de que se allegaran al “trono de la gracia” para obtener perdón.

Esta es la razón de las instrucciones y reglamentos exactos y minuciosos para todas las clases de sacrificios expiatorios que debían ofrecerse. Dios tuvo en cuenta personas, tipos de yerros, faltas, pecados, delitos y transgresiones más graves; así como también los días a veces señalados para ofrecerlos.

En todo este amplio sistema no hay una sola alusión a ceremonias o sacrificios de intercesión por los pecados de los muertos.

Sin excepción alguna, todo corresponde con el problema del pecado y las personas vivas. El propio pecador, fuera “jefe” o cualquier ‘persona del pueblo”, debía degollar con su mano la víctima expiatorio (Lev. 4: 22, 24, 27, 29).

El culpable debía demostrar - él y no otro - su arrepentimiento al efectuar lo que ordenaba el ritual de los sacrificios. Asimismo debía depositar su fe en la sangre de una víctima inocente, símbolo adecuado del perfecto Salvador venidero.

Esta realidad excluye toda posibilidad de que fuera eficaz un sacrificio - hecho por mano ajena - para expiar los pecados de los difuntos.

16.05. La popularidad de 2 Macabeos

Todos los que a través de los siglos han creído en el derecho que tienen los pueblos de ser independientes y han apreciado mucho lo que significa la libertad de conciencia, han simpatizado vivamente con los Macabeos, pues esos cinco varones hijos del adón (jefe de comunidad) Matatías se constituyeron en el núcleo de la resistencia de los hasidim, o judíos piadosos, contra el programa de paganización que se trató de imponer en Judea, en el siglo II a. C.

Además de su heroísmo, esos hasidim han dejado bellos ejemplos de fidelidad a sus principios religiosos en medio de largas persecuciones y tormentos.

La forma en que se describe el martirio del anciano Eleazar (segunda mitad del cap. 6) no sólo despierta aversión contra sus torturadores, sino también admiración por ese maestro de la ley que estuvo dispuesto a morir bajo los azotes de un verdugo, "dejando con su muerte, no sólo a los jóvenes sino a la nación entera, un ejemplo de valentía y un recuerdo de virtud" (vers. 31).

Ha alcanzado una difusión mucho mayor el relato registrado en el cap. 7 dedicado al martirio, uno tras otro, de siete hermanos judíos y su piadosa madre.

No se registran los nombres de esos mártires; sin embargo, siglos después, el nombre de "Shamuni" ha sido atribuido a esa mujer, tal como se registra en el "Calendario de mártires" de la Iglesia Siria, preservado en un manuscrito que data de 441 d. C.

La Iglesia Ortodoxa posteriormente escribió en sus libros de liturgia los nombres de los siete hijos. Es evidente que la imaginación ha suplido lo que no consta en ningún documento.

La verdad es que el relato -completamente cierto o no- de la firme lealtad a la voluntad divina demostrada por esos jóvenes hebreos en medio de sus martirios, ha sido a través de los siglos un motivo de inspiración para millones de lectores, tanto cristianos como israelitas.

Más todavía: hasta se ha forjado toda una leyenda acerca de las reliquias de estos mártires. Según esta leyenda, esos restos humanos fueron llevados de Antioquía de Siria a Constantinopla y, posteriormente, a Roma.

Más tarde, durante la Edad Media, surgió una rivalidad entre Roma y la ciudad alemana de Colonia, pues en un convento de esta última -y bajo la advocación de los "Santos Macabeos"-se afirmaba que se conservaban las cabezas de esos testigos de la fe, conservadas en receptáculos de oro.

Todo esto ha ido perdiendo su influencia en nuestro siglo, pero en amplios sectores de la cristiandad existió una gran corriente de simpatía por un libro catalogado como edificante por narrar notables ejemplos de sacrificio en defensa del respeto que se debe a la voluntad divina.

El fondo histórico de los emocionantes relatos que se leen en ambos libros de los Macabeos también es una fuente valiosa de informaciones en cuanto a la situación religiosa de los judíos durante el período intertestamentario, del cual no hay datos procedentes de los cronistas inspirados del pueblo de Israel.

Asimismo es digno de saber que la purificación del templo de Jerusalén -que había sido objeto de profanaciones ordenadas por Antíoco Epífanes- hecha por Judas Macabeo, después de vencer a los opresores en 168 a. C., ha dado lugar a la fiesta hebrea de Hunukkah, llamada "de la dedicación" en Juan 10: 22, y también denominada "fiesta de las luces" debido a la iluminación especial de las sinagogas y los hogares de los judíos en ese día.

Hasta hoy es una gozosa festividad hebrea dedicada al recuerdo de la historia y las leyendas referentes a los Macabeos, restauradores del culto sagrado de Israel.

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