DANIEL ALEJANDRO FLORES

11.02. Deuterocanónicos

Es importante saber que el vocablo "deuterocanónicos"¹ fue acuñado en el siglo XVI por el exégeta católico Sixto Senense (1520-1569). Este dato se encuentra en la Enciclopedia de la Biblia, de las Ediciones Garriga de Barcelona, obra preparada bajo la dirección de los escrituristas católicos Alejandro Díez Macho y Sebastián Bartina, ambos sacerdotes.


Se trata, pues, de una palabra creada a propósito para dar un nombre específico y que no resulte chocante a los libros y a las añadiduras que Jerónimo, unos mil años antes, había denominado "apócrifos". La aparición del término "deuterocanónicos" obligó a la formación del vocablo "protocanónicos".

Para conocer de fuente autorizada el significado y los alcances de ambos términos, presentamos la forma en que el Diccionario de la Biblia, del autor católico Serafín de Ausejo, define el término "deuterocanónicos":

"Se aplica a aquellos libros de la Biblia de cuya canonicidad se dudo en sectores reducidos de la primitiva Iglesia, hasta que el magisterio eclesiástico reconoció oficialmente su carácter inspirado y los admitió en el canon de la Sagrada Escritura. La expresión no es muy afortunada, pues suscita la impresión de que la Iglesia hubiera establecido dos cánones: uno en que se hubieran catalogado los libros reconocidos como inspirados por el juicio unánime de la Iglesia universal (protocanónicos); y otro posterior, en que se hubieran admitido más tarde los restantes (deuterocanónicos). Mejor es la terminología de Eusebio (Hist. Eccl. 3.25) que divide los libros del NT en tres clases: homologoúmena (= reconocidos, [o sea] nuestros protocanónicos), antilegoúmena (= discutidos, [o sea] deuterocanónicos) y nótha (literalmente bastardos, ilegítimos, e. d., aquellos a los que acá o allá, se les atribuyó indebidamente origen apostólico)" (Op. cit. [Barcelona: Herder, 1963], columna 457).

En este caso, el "magisterio eclesiástico" a que se refiere Ausejo corresponde con el pronunciamiento del Concilio de Trento (1545-1563) y el Concilio Vaticano I (1870).

Para el católico ya está resuelto el problema, pues le basta esta definición de la jerarquía de su iglesia. No necesita examinar por sí mismo los libros en cuestión. Respecto a este criterio son oportunas las palabras de Lutero:

"La Iglesia no puede dar a un libro otra autoridad que la que el libro intrínsecamente tiene, y no puede convertir en inspirado al libro cuya naturaleza no está penetrada por la inspiración" (citado por Alcides J. Alva, en Fuentes Bíblicas [Editorial CAP, 1962], p.38.

Algunos padres de la iglesia denominaron antilegoúmena (discutidos) a la Epístola a los Hebreos, 2 y 3 de Juan, 2 de Pedro, Santiago, Judas, y Apocalipsis. Son deuterocanónicos en el sentido de haber entrado al canon algo después que los otros libros. Hoy los católicos los consideran como libros canónicos. Algunos pasajes del NT, ausentes en las versiones griegas más antiguas (Mar. 16: 9-20; Luc. 22: 43-44; Juan 7: 53 al 8: 11; etc.) son algunas veces llamados "deuterocanónicos".

Acerca de éstos dice Salvador Muñoz Iglesias, profesor de Sagrada Escritura en el Seminario Mayor de Madrid y director de la revista Estudios Bíblicos:

"Realmente las secciones deuterocanónicas [del NT] son simples problemas de crítica textual" (Enciclopedia de la Biblia [Ediciones Garriga], t. II, col. 886).

Si bien los siete libros y los pasajes mencionados podrían denominarse "deuterocanónicos", por no haber formado parte del primer canon del NT, no dejan ahora de formar parte del Nuevo Testamento reconocido, tanto por católicos como por protestantes. A continuación, este mismo autor añade: "Conviene advertir que los protestantes, siguiendo la nomenclatura de San Jerónimo, llaman apócrifos a estos libros deuterocanónicos, y pseudoepígrafos a los que nosotros llamamos apócrifos". Como dato ilustrativo mencionamos que se reconocen como pseudoepígrafos - o que es evidente que se recurrió a un fraude para atribuir a un autor bíblico determinado libro, ajeno a las Escrituras - a obras tales como la Epístola de los apóstoles, escrita alrededor del año 175; la llamada Epístola de San Pablo a los Laodicenses, escrita no antes del siglo V, y que fue redactada con la intención de que pareciera la carta que el apóstol escribió a Laodicea (Col. 4:16); la Epístola de San Pablo a los alejandrinos, que sin duda fue escrita por algún discípulo del hereje Marción (?-160).

Hay otras obras también catalogadas como espurias. Entre ellas, diversos "Evangelios" como el atribuido a San Pedro, y varios "Apocalipsis" como el de San Pablo, Esteban, Tomás, Zacarías y otros.

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¹ Para tratar de salvar las dificultades con los libros "apócrifos", algunos teólogos eruditos católicos -Belarmino, Dupin, Hefele . . . - sostuvieron que hay dos grados de inspiración; que el primero o superior corresponde a los libros del canon, o sea "deuterocanónicos": de segunda clase o inspiración.

11.01. Los apócrifos según Jerónimo

Los libros incluidos por Jerónimo, bajo la designación de apócrifos, son siete¹:

Eclesiástico (o Sirácida) y Sabiduría (o Sabiduría de Salomón), que por su contenido se parecen a Proverbios y Eclesiastés, por lo que los escrituristas católicos los clasifican como sapienciales; Judit, Tobit (o Tobías); 1 Macabeos y 2 Macabeos, que tienen la apariencia de ser históricos; y Baruc, que es como un Apéndice del libro canónico de Jeremías.

Hay, además, añadiduras al libro de Daniel; los vers. 24 al 90 del cap. 3 (67 versículos) y los cap. 13 y 14; y en el texto griego de Éster aparecen varios pasajes inexistentes en el texto hebreo, que tienen la apariencia de ser una ampliación o adaptación del texto mencionado.

En las Biblias castellanas más antiguas autorizadas por la Iglesia Católica (las de Scío de San Miguel y Torres Amat) y en la de Straubinger (1.ª edición 1948-1951), el libro de Éster tiene 16 capítulos debido a las añadiduras en el texto griego, y no 10 como en las ediciones de las SBU, que sólo incluyen el texto hebreo.

En estas tres versiones mencionadas, al terminar lo que constituye el cap. 10 en el texto hebreo (compuesto sólo por 3 versículos), hay un subtítulo que dice así: "II. PARTE DEUTEROCANONICA" y a continuación hay una añadidura de 10 versículos a ese capítulo; luego siguen los breves capítulos 11 al 15, y el 16 que es algo más extenso.

En las versiones de origen católico más recientes (como las NC, BC y BJ) hay sólo 10 capítulos en el libro de Éster, pero a cada uno de ellos se le ha añadido, con letra cursiva, la parte que Jerónimo llamó "apócrifa".

Esto se explica en la BJ mediante esta nota: "En cursiva, los pasajes que la versión griega añade al texto hebreo, adiciones que la Iglesia reconoce como inspiradas. San Jerónimo las relegó al apéndice de su versión latina". Esta "versión latina" es la que conocemos como la Vulgata.

Además de estos libros, hay otros que ninguna iglesia cristiana reconoce como fruto de la inspiración divina y que, sin embargo, están en la Septuaginta (LXX) griega y en ejemplares antiguos de la Vulgata latina.

Estos libros son: Esdras, a veces llamado "Esdras griego" y denominado 3 Esdras en la Vulgata, en donde Esdras y Nehemías son 1 Esdras y 2 Esdras, respectivamente; 4 Esdras (considerado apócrifo por la Iglesia Católica, al igual que 3 Esdras), también llamado 3 Esdras cuando Esdras y Nehemías son computados como un solo libro; y la Oración de Manasés, que se basa en la plegaria que es rey de Judá elevó, arrepentido, mientras estaba cautivo en Babilonia (2 Crón. 33:12).

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¹ En la versión castellana titulada El libro del pueblo de Dios, editada en 1980, son ocho, pues se ha separado la llamada Carta de Jeremías del libro de Baruc.

Conviene saber que en algunas listas se presentan 15 nombres de libros de este tipo. Se llega a esta cantidad siguiendo la siguiente enumeración: 1 Esdras, 2 Esdras, Tobit, Judit, las adiciones al libro de Éster, Sabiduría, Eclesiástico, Baruc, la carta Jeremías (que constituye el cap. 6 de Baruc en la VP, Dios habla hoy, así como en otras versiones), la Oración de Azarías (Abednego) y el Canto de los tres jóvenes (o sea la añadidura al cap. 3 de Daniel), Susana (el cap. 13 de Daniel, añadido al texto reconocido como canónico por los Hebreos), Bel y el dragón (la adición que forma el cap. 14 de Daniel), la Oración de Manasés, 1 Macabeos y 2 Macabeos.

El conocimiento de esta distribución evitará posibles confusiones.

Es conveniente resaltar también que el tema de los apócrifos sólo tiene que ver con el AT (39 libros en las Biblias sin imprimatur, y 46 [47 en El libro del pueblo de Dios] en las que llevan esa aprobación eclesiástica), pues en el NT todas las Biblias tienen 27 libros, con ligeras diferencias textuales que no tienen mayor importancia.

11.00. El "gran regreso" de la Iglesia Católica Romana a la Biblia

EN 1962 comenzó a hacerse realidad el propósito de que las Sociedades Bíblicas Unidas (SBU) y el Vaticano colaboraran conjuntamente en la traducción y distribución de las Sagradas Escrituras.

Esta convergencia de católicos y protestantes evidentemente es una manifestación del espíritu ecuménico que se acentuó en el último tercio de siglo pasado. Abundan las pruebas de esta tendencia, especialmente desde los días del papa Juan XXIII (1958-1963).

Uno de los factores que sin duda ha movido a millones de protestantes a mirar con simpatía una relación amigable y hasta de franca cooperación con el catolicismo es lo que algunos han llamado "el gran regreso de la Iglesia Católica Romana a la Biblia".

Ese "regreso" ha sido aclamado con entusiasmo.

Corresponde, pues, que nos refiramos brevemente a un documento del Concilio Vaticano II, promulgado el 18 de noviembre de 1965. Se trata de la "Constitución Dogmática sobre la Divina Revelación".

En esta "Constitución" se define que "Tradición y Escritura están estrechamente unidas y compenetradas" (Capítulo II, 9); se puntualiza que "el oficio de interpretar auténticamente la palabra de Dios escrita o transmitida ha sido confiado únicamente al Magisterio vivo de la Iglesia" (Capítulo II, 10); se indica que las traducciones de la Biblia deben estar “provistas de las explicaciones necesarias y suficientes para que los hijos de la Iglesia se familiaricen sin peligro y provechosamente con las Sagradas Escrituras y se penetren de su espíritu"...

"Háganse, además, ediciones de la Sagrada Escritura, provistas de notas convenientes, para uso también de los no cristianos, y acomodadas a sus condiciones, y procuren los pastores de las almas y los cristianos de cualquier estado divulgarlas como puedan con toda habilidad" (Capítulo VI, 25).

En este mismo documento conciliar se destaca la necesidad de que todos los fieles cristianos tengan un fácil acceso a las Páginas Sagradas. Por eso se insiste en que es deber de la iglesia procurar "que se redacten traducciones aptas y fieles en varias lenguas, sobre todo de los textos primitivos de los sagrados libros" (Capítulo VI, 22).

Ahora bien, dentro de este contexto resalta como muy significativa la indicación: “Y si estas traducciones, oportunamente y con el beneplácito de la Autoridad de la Iglesia, se llevan a cabo incluso con la colaboración de los hermanos separados, podrán usarse por todos los cristianos” (Capítulo VI, 22).

Desde el mismo principio del entendimiento entre los representantes del Vaticano con los de las SBU se actualizó un tema ya secular, y que parecía olvidado: el de los libros que Jerónimo (c. 340-420) llamó "apócrifos". ¹

Este adjetivo que en nuestro idioma actual significa "supuesto", "fingido", "falso", tenía alcances menos categóricos en los días de Jerónimo, pues se aplicaba a algo "oculto", "secreto", "dudoso".

Algunos escritores antiguos usaban ese vocablo para los libros de sabiduría esotérica (secreta o misteriosa), demasiado complicados para los lectores comunes y que sólo podían ser entendidos por los iniciados.
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¹ La palabra "apócrifo" deriva de una voz griega (αποκρυφος [apokruphos]) que significa "escondido", "secreto", "de origen desconocido". Como los gnósticos y otras sectas heréticas afirmaban que sus creencias particulares estaban fundadas en escritos "apócrifos" (secretos) que los Padres de la iglesia, como por ejemplo Melitón de Sardis, siglo II; Orígenes, c. 185-253; Atanasio, c. 296-373; Anfiloquio, c. 339-c.394; Rufino, c. 345-?; Jerónimo, c. 340-420, consideraban espurios (falsos), entre éstos el término "apócrifo" llegó a significar espurio. Y fue Jerónimo, famoso traductor de la Vulgata, quien, en el Prologus Galeatus de su famosa versión de la Biblia aplicó por primera vez el nombre de "apócrifos" a los libros que no encontró en el canon hebreo de las Sagradas Escrituras. (Ver 11.07. El testimonio de Jerónimo).

Hay otros doctores de la iglesia que no aceptaron los libros apócrifos, entre los cuales mencionaremos sólo los siguientes: Hilario de Poitiers, c. 315-c. 367; el papa Gregorio I (Magno), c. 540-604; Beda, llamado "el Venerable", 672-735; Hugo de San Víctor, ?- 1141; Ricardo de San Víctor, ?- 1173; Tomás de Aquino, c. 1225-1274; Nicolás de Lira, c. 1270-c. 1349; y otros. La Iglesia Católica finalmente los aceptó en el Concilio de Trento (1545-1563). Esta aceptación distó mucho de ser unánime, pues las discusiones sobre el tema fueron intensas y prolongadas.

10.05. Comentadores posteriores

La obra de los eruditos judaicos respecto a los escritos bíblicos y no bíblicos no cesó cuando se completó el Talmud. Durante los siglos siguientes se produjeron numerosos comentarios del Talmud, como también comentarios acerca de la Biblia hebrea.

Hasta el siglo X toda la interpretación judaica del Antiguo Testamento (Biblia hebrea) se efectuó con la ayuda de la Haggadá o de alegorías.

Las interpretaciones alegóricas también estuvieron en boga entre los "padres" cristianos. Sin embargo, la influencia posterior de la erudición arábiga trajo un cambio que indujo a los eruditos judaicos a que dieran a sus estudios un enfoque gramatical y lexicográfico más sólido, y se logró una comprensión más racional de la Biblia hebrea.

Los comentadores más antiguos que merecen esta designación fueron Saadia ben José (m. 942), Samuel ben Hofni (m. 1034) y Moisés ibn Gikatilla, que vivió en la última parte del siglo XI.

Sin embargo, las lumbreras máximas entre los comentadores judaicos trabajaron en los siglos XII y XIII. Entre éstos se cuentan Rashi (o Raschi), Ibn (o Abén) Ezra, David Kimhi y Maimónides, cuyas obras no sólo han influido en el pensamiento religioso judío hasta el día de hoy sino también, en menor grado, en el pensamiento de los comentadores cristianos.

Rashi (1040-1105), rabino francés, escribió comentarios acerca de la Biblia y del Talmud. Su comentario bíblico ha sido impreso en la mayoría de las Biblias rabínicas, y su comentario sobre el Pentateuco es muy usado entre los judíos.

Ibn Ezra (1092-1167) fue un judío español que viajó mucho en la zona del Mediterráneo, por lo que adquirió un conocimiento enciclopédico tan grande que sus comentarios acerca de los libros bíblicos fueron valiosas fuentes de información.

David Kimhi (1160-1235) pertenecía a una familia de eruditos judíos de Francia. Su mayor obra exegética es un comentario de los libros proféticos del Antiguo Testamento; sin embargo, tuvo más influencia como gramático y lexicógrafo. Su famosa gramática hebrea, que contiene una lista de raíces hebreas, durante siglos constituyó la base de la escritura gramatical hebrea tanto para los judíos como para los cristianos.

Maimónides (1135-1204) fue el más notable de todos los eruditos y filósofos judíos de la Edad Media. Nació en España y se hizo famoso como líder del judaísmo en Egipto. Su comentario arábigo sobre la Mishnah dio verdadero significado a muchas frases oscuras de los antiguos rabinos, y extrajo de ellas valores éticos y dogmáticos. Sus obras influyeron tanto en los escolásticos cristianos como en los filósofos musulmanes. Tomás de Aquino, Meister Eckhart y aun el filósofo Leibnitz dedujeron ideas filosóficas básicas de Maimónides.

10.04. Tosefta

La Tosefta, que significa "extensión", "adición", es una colección e interpretación de sentencias halákicas que no se encuentran en la Mishnah ni están citadas como Baraitas en la Guemara. De manera que en realidad no es una parte del Talmud.

A semejanza de la Mishnah, la Tosefta está dividida en seis órdenes, pero en total sólo abarca 59 opúsculos en comparación con los 63 de la Mishnah.

No se conocen con exactitud sus recopiladores originales, pero deben haber hecho su obra antes de que se completara el Talmud.

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