DANIEL ALEJANDRO FLORES

12.02. "Los Salmos" en el NT

Se menciona:

(1) "El libro de los Salmos" para citar Sal. 110:1.

"Pues el mismo David dice en el libro de los Salmos: Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies" (Luc. 20:42-43).

(2) "El salmo segundo" para citar Sal. 2:7.

"la cual Dios ha cumplido a los hijos de ellos, a nosotros, resucitando a Jesús; como está escrito también en el salmo segundo: Mi hijo eres tú, yo te he engendrado hoy" (Hechos 13:33).

(3) "Otro salmo" para citar Sal. 16:10.

"Por eso dice también en otro salmo: No permitirás que tu Santo vea corrupción" (Hechos 13: 35).


(4) "Los salmos" para notar una división del AT.

"Y les dijo: Estas son las palabras que os hablé, estando aún con vosotros: que era necesario que se cumpliese todo lo que está escrito de mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos" (Lucas 24:44)

12.01. "La(s) Escritura(s)"

Pasajes en los cuales los autores del NT usaron la expresión "la(s) Escritura(s) para citar determinado pasaje del AT:

12.00. Los libros apócrifos y el Nuevo Testamento

Hay escrituristas que procuran demostrar que en el NT hay varias referencias, o por lo menos alusiones, a estos controvertidos libros.

Afirman, por ejemplo, que Efesios 6:13-17, en donde Pablo mediante una metáfora describe la armadura del cristiano, es un eco del libro de la Sabiduría, donde leemos:

"El Señor se vestirá de su ira, como de una armadura, y se armará de la creación, para castigar a sus enemigos; se revestirá de justicia, como de una coraza; se pondrá como casco el juicio sincero, tomará su santidad como escudo impenetrable, afilará como una espada su ira inflexible y el universo combatirá a su lado contra los insensatos. Desde las nubes saldrán certeros relámpagos y rayos, como de un arco bien templado, y volarán hacia el blanco; y con furor saldrá el granizo disparado como piedras. Las olas del mar se embravecerán contra ellos, y los ríos los arrollarán sin compasión" (Sabiduría 5:17-22 -Dios Habla Hoy).

No podemos saber si el apóstol imitó de alguna manera la comparación atribuida a Salomón; pero sí es evidente que no es una cita ni que tampoco el apóstol se refiere específicamente a ese libro.

En cambio hay numerosas citas y claras referencias a pasajes del AT que siempre corresponden con los 39 libros que los judíos tenían como divinamente inspirados.

Hay citas de varios de esos 39 libros que, en ocasiones, son llamados "las Escrituras", con lo cual se les reconoce la jerarquía de la Palabra inspirada por Dios.

Por ejemplo, las palabras de Jesús que dicen: "¿Nunca leísteis en las Escrituras: La piedra que desecharon los edificadores... ?" (Mat. 21:42) son una cita de Sal. 118:22-23.

Cuando Marcos escribe: "Se cumplió la Escritura que dice: Y fue contado con los inicuos" (Mar. 15:28), está citando a Isa. 53:12.

Hay varios otros casos cuando autores del NT usaron las expresiones "la Escritura" o "las Escrituras" para citar determinado pasaje del AT. Tales son los pasajes siguientes:

11.11. Otros testimonios representativos

El destacado personaje judío Filón de Alejandría (20 a. C.-50 d. C.), también conocido como Filón Hebreo, en toda su extensa producción literaria nunca citó ni mencionó los libros apócrifos como parte de las Sagradas Escrituras.

La importancia de este hecho se destaca si se toma en cuenta que este Filón (hay varios personajes griegos de esa época con el mismo nombre) era un judío helenizado que se esforzaba por armonizar las enseñanzas de Platón, Aristóteles y otros filósofos griegos paganos con las doctrinas religiosas de la Tora hebrea.

Los israelitas de la actualidad que se ocupan de cuestiones bíblicas han mantenido su posición de conservar el AT sin los libros llamados "deuterocanónicos" por los autores católicos.

Por ejemplo, la versión castellana de origen judío -que, como es obvio, sólo contiene el AT - efectuada por León Dujovne y Manasés y Moisés Konstantynowski, editada en 1961 por Editorial Sigal, Corrientes 2854, Buenos Aires, sólo tiene los 39 libros conocidos como "protocanónicos" en el ambiente católico.

En cuanto al Concilio de Hipona, a pesar de haber tenido una amplia influencia, fue sólo un sínodo local; no fue ecuménico. Además, para la zona del África del norte, donde estaba situada Hipona, "el canon judío era prácticamente desconocido" (Charles H. H. Wright y Charles Neil, A Protestant Dictionary [Un diccionario protestante], [Detroit: Gale Researcher Company, 1972], p. 264).

El de Cartago también fue sólo local; asistieron 44 obispos. "Su decreto sobre el canon de las Escrituras no fue confirmado hasta 692 por el Concilio Trullano de Constantinopla, cuando fue aceptado por la iglesia oriental" (Id., p. 150).

11.10. El testimonio de Agustín de Hipona

Las únicas voces de la antigüedad cristiana en favor de estos libros son las de Agustín de Hipona (356- 430) y las decisiones de los concilios de Hipona (393) y Cartago (397), que dominó Agustín.

Sin embargo, este teólogo y filósofo distinguía entre la canonicidad de los Macabeos al compararlos con los otros libros de las "Sagradas Escrituras que son llamados canónicos", y hacía destacar que los libros de los Macabeos no eran reconocidos como divinamente inspirados por los judíos, pero sí por la iglesia, "debido a los violentos y extraordinarios sufrimientos de ciertos mártires" (De Civitate Dei [La ciudad de Dios], XVIII, 36)*

Más aún, Agustín afirma:

(1) "Por este mismo tiempo también sucedió lo que se refiere en el libro de Judit, el cual dicen que los judíos no lo admiten entre las Escrituras canónicas" (Id., XVIII, 26)**

(2) "También está averiguado que Salomón profetizó en sus libros, de los cuales tres están admitidos por canónicos, a saber: los Proverbios, el Eclesiastés y el Cántico de los Cánticos; los otros dos, el de la Sabiduría y el Eclesiástico, por la semejanza del estilo, comúnmente se atribuyen también a Salomón. Y aunque no dudan los más doctos que no son suyos, con todo, los ha recibido desde los tiempos más remotos por canónicos, especialmente la Iglesia Occidental" (Id., XVII, 20)***

(3) "Cómo el Canon eclesiástico no recibió algunos libros. de muchos santos por su demasiada antigüedad, para que, con ocasión de ellos, no se mezclase lo falso con lo verdadero.

"Si quisiéramos echar mano de sucesos mucho más antiguos, antes de nuestro Diluvio universal, tenemos al patriarca Noé, a quien no sin especial motivo podré llamar también profeta, pues la misma Arca que labró, y en que se libertó del naufragio con los suyos, fue una profecía de nuestros tiempos.

"¿Y qué diremos de Enoch, que fue el séptimo patriarca después de Adán? ¿Acaso no se dice expresamente en la carta canónica del apóstol San Judas Tadeo que profetizo?

"Pero la causa primaria por que los libros de éstos no tengan autoridad canónica, ni entre los judíos ni entre nosotros, fue su demasiada antigüedad, por la cual parecía debían graduarse como sospechosos, para que no se publicasen algunas particularidades absolutamente falsas por verdaderas, puesto que se divulgan también algunas que dicen ser suyas, y se las atribuyen los que ordinariamente creen conforme a su sentido lo que les agrada. Estas obras no las admite la pureza e integridad del Canon, no porque repruebe la autoridad de sus autores, que fueron amigos v siervos de Dios, sino porque no se cree que sean suyas.

"No debe causarnos maravilla que se tenga por sospechoso lo que se publica bajo el nombre de tanta antigüedad, puesto que en la misma historia de los reyes de Judá y de los reyes de Israel, que contiene la memoria de los sucesos acaecidos, se refieren muchas cosas de que no hace mención la Escritura, y dice que se hallan en los otros libros que escriben los profetas, y en algunas partes cita también los nombres de estos profetas; y, sin embargo, no está dicha historia en el Canon que tiene admitido el pueblo de Dios. Confieso ignorar la causa de esto, aunque presumo que aquellos a quienes el Espíritu Santo reveló lo que había de estar en la autoridad y Canon de la religión, pudieron también escribir unas cosas, cómo hombres, con diligencia histórica, y otras, como profetas, con inspiración divina, y que éstas fueron distintas; de forma que pareció que las unas se les debían atribuir a ellos como suyas, y las otras, a Dios, como a quien hablaba por ellos. Así unas servían para mayor abundancia de noticia; las otras, para autoridad de la religión, en cuya autoridad se guarda el Canon.

"Fuera de éste se citan y alegan algunas particularidades escritas bajo el nombre de los verdaderos profetas; pero no valen ni aun para la copia de noticias, porque es incierto si son de los que se asegura ser; por eso no les damos crédito, especialmente a lo que se halla en ellos contra la fe de los libros canónicos, lo cual demuestra que de modo alguno sean suyos." (Id., XVIII, 38)****

Por lo tanto, Agustín reconoció la diferencia que hay entre los libros canónicos y los que no lo son. Aunque no fue tan categórico como Jerónimo, llegó a coincidir con él.
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Quid adiunxerint libri Esdrae, Esther et Macchabaeorum.
36. Post hos tres prophetas, Aggaeum, Zachariam, Malachiam, per idem tempus liberationis populi ex Babyloniae servitute scripsit etiam Esdras, qui magis rerum gestarum scriptor est habitus quam propheta: sicuti est et liber, qui appellatur Esther, cuius res gesta in laudem Dei non longe ab his temporibus invenitur; nisi forte Esdras in eo Christum prophetasse intellegendus est, quod inter quosdam iuvenes orta quaestione, quid amplius valeret in rebus, cum reges unus dixisset, alter vinum, tertius mulieres, quae plerumque regibus imperarent, idem tamen tertius veritatem super omnia demonstravit esse victricem. Consulto autem Evangelio Christum esse cognoscimus veritatem. Ab hoc tempore apud Iudaeos restituto templo non reges, sed principes fuerunt usque ad Aristobolum; quorum supputatio temporum non in Scripturis sanctis, quae appellantur canonicae, sed in aliis invenitur, in quibus sunt et Macchabaeorum libri, quos non Iudaei, sed Ecclesia pro canonicis habet propter quorumdam martyrum passiones vehementes atque mirabiles, qui, antequam Christus venisset in carne, usque ad mortem pro Dei lege certaverunt et mala gravissima atque horribilia pertulerunt.

** Per idem tempus etiam illa sunt gesta, quae conscripta sunt in libro Iudith; quem sane in canonem Scripturarum Iudaei non recepisse dicuntur.

*** Prophetasse etiam ipse reperitur in suis libris, qui tres recepti sunt in auctoritatem canonicam: Proverbia, Ecclesiastes et Canticum canticorum. Alii vero duo, quorum unus Sapientia, alter Ecclesiasticus dicitur, propter eloquii nonnullam similitudinem, ut Salomonis dicantur, obtinuit consuetudo; non autem esse ipsius non dubitant doctiores; eos tamen in auctoritatem maxime occidentalis antiquitus recepit Ecclesia.

**** Quid de scriptis dicendum quae castitas canonis non recepit.
38. Iam vero si longe antiquiora repetam, et ante illud grande diluvium noster erat utique Noe patriarcha, quem prophetam quoque non immerito dixerim; si quidem ipsa arca, quam fecit et in qua cum suis evasit, prophetia nostrorum temporum fuit. Quid Enoch septimus ab Adam, nonne etiam in canonica epistula apostoli Iudae prophetasse praedicatur? Quorum scripta ut apud Iudaeos et apud nos in auctoritate non essent, nimia fecit antiquitas, propter quam videbantur habenda esse suspecta, ne proferrentur falsa pro veris. Nam et proferuntur quaedam quae ipsorum esse dicantur ab eis, qui pro suo sensu passim quod volunt credunt. Sed ea castitas canonis non recepit, non quod eorum hominum, qui Deo placuerunt, reprobetur auctoritas, sed quod ista esse non credantur ipsorum. Nec mirum debet videri, quod suspecta habentur, quae sub tantae antiquitatis nomine proferuntur; quando quidem in ipsa historia regum Iuda et regum Israel, quae res gestas continet, de quibus eidem Scripturae canonicae credimus, commemorantur plurima, quae ibi non explicantur et in libris dicuntur aliis inveniri, quos Prophetae scripserunt, et alicubi eorum quoque Prophetarum nomina non tacentur; nec tamen inveniuntur in canone, quem recepit populus Dei. Cuius rei, fateor, causa me latet, nisi quod existimo etiam ipsos, quibus ea, quae in auctoritate religionis esse deberent, Sanctus utique Spiritus revelabat, alia sicut homines historica diligentia, alia sicut Prophetas inspiratione divina scribere potuisse, atque haec ita fuisse distincta, ut illa tamquam ipsis, ista vero tamquam Deo per ipsos loquenti iudicarentur esse tribuenda, ac sic illa pertinerent ad ubertatem cognitionis, haec ad religionis auctoritatem, in qua auctoritate custoditur canon, praeter quem iam si qua etiam sub nomine verorum Prophetarum scripta proferuntur, nec ad ipsam copiam scientiae valent, quoniam utrum eorum sint, quorum esse dicuntur, incertum est; et ob hoc eis non habetur fides, maxime his, in quibus etiam contra fidem librorum canonicorum quaedam leguntur, propter quod ea prorsus non esse apparet illorum.

11.09. El testimonio de los judíos

El apóstol Pablo pregunta: "¿Qué ventaja tiene, pues, el judío?", y responde: "Mucho, en todas maneras. Primero, ciertamente, que les ha sido confiada la palabra de Dios?" (Romanos 3:1, 2).

En esos días, esa "palabra" divina estaba formada por "la ley de Moisés,... los profetas y... los salmos" (Luc. 24: 44), es decir, que el AT estaba ya formado exclusivamente por los libros que no admiten discusión.

Este pasaje de Romanos es, por lo tanto, importantísimo para reconocer la autoridad y origen del canon hebreo del AT. Se trata del antiguo canon fijado, tradicionalmente, por Esdras (siglo V a. C.), "sacerdote y escriba erudito en la ley del Dios del cielo" (Esdras 7:12).

A este respecto contamos con el valioso testimonio de Flavio, Josefo, más conocido como "Josefo" (siglo I d. C.), culto y bien documentado historiador judío, expositor de la antigüedad y excelencia de su religión y su raza, quien afirma:

"No tenemos una innumerable multitud de libros discordantes y contradictorios entre sí [como tienen los griegos], sino sólo 22 libros que contienen los requisitos de todos los tiempos pasados [es decir, lo registrado en el AT desde la creación en adelante], los cuales con justicia son considerados divinos; y cinco de ellos pertenecen a Moisés, los que contienen sus leyes y las tradiciones del origen de la humanidad hasta la muerte de él. Este lapso abarcó poco menos de tres mil años; pero en lo que respecta al tiempo desde la muerte de Moisés hasta el reinado de Artajerjes, rey de Persia, que reinó después de Jerjes, los profetas que fueron después de Moisés escribieron en trece libros lo que sucedió en sus tiempos. Los cuatro libros restantes contienen himnos a Dios y preceptos para la conducta de la vida humana. Es cierto que nuestra historia ha sido escrita muy minuciosamente a partir de Artajerjes; pero nuestros antepasados no la han estimado de la misma autoridad, porque no ha habido una exacta sucesión de profetas desde ese tiempo; y lo que hacemos demuestra la firmeza con que hemos dado crédito a esos libros de nuestra propia nación; pues durante tantos siglos como los que ya han pasado, nadie ha sido tan atrevido como para añadir cosa alguna a ellos, quitarles algo, o hacerles cambio alguno; porque llega a ser natural y espontáneo en todos los judíos, desde su mismo nacimiento, estimar que estos libros contienen doctrinas divinas y persistir en ellas y, si fuera necesario, estar dispuestos a morir por ellas" (Contra Apión, i. 8, en The Life and Works of Flavius Josephus [La vida y trabajos de Flavio Josefo], [Filadelfia: The John C. Winston Company, s/f], pp. 861-862).

Josefo enumera 5, 13 y 4 (22) libros. Es una manera judaica de hacer coincidir esta cifra con el número de las letras del alfabeto hebreo. Los 39 libros del AT reconocidos como canónicos por todos los cristianos corresponden con estos 22 de la siguiente manera: los 12 profetas menores son computados como un solo libro; los dos libros de Samuel se cuentan como uno; lo mismo se hace con Reyes y Crónicas; Esdras y Nehemías equivalen a uno; Lamentaciones se une con Jeremías; Rut con Jueces. De ese modo, en total hay que restar 17 unidades. La cuenta es exacta y no deja lugar para "añadir", "quitar" o "hacer cambio alguno".

Por regla general, los escrituristas judíos se referían a los "veintidós" libros de las Escrituras - al AT - coincidiendo con Flavio Josefo. Sin embargo, en el tratado talmúdico Baba Bathra se computan 24 libros. Este número resulta de separar a Rut de Jueces, y a Lamentaciones de Jeremías.

A este mismo tema se refiere David Allan Hobbard, autor del artículo titulado "La formación del canon", que forma parte de las explicaciones introductorias de La Biblia de estudio Mundo Hispano.

Dice ese autor:

"La referencia judía más importante al canon es la del tratado talmúdico conocido como Baba Bathra. Las fechas talmúdicas son muy difíciles de precisar, pero el material en esta sección es probablemente del siglo II o I a.C. . . Los autores de la mayoría de los libros son mencionados; y no se mencionan libros que no se encuentran en el canon protestante" (Ed. de 1977, p. 25).

Por supuesto, en el canon, que Hobbard llama "protestante" no tienen cabida los libros apócrifos.

11.08. El testimonio de otros antiguos expositores

Además de Jerónimo, se destacan varios autores cristianos de los primeros siglos que se ocuparon en forma desapasionada de este tema.

Después de diligentes investigaciones enumeraron los libros que deben aceptarse legítimamente como parte del AT y, por otro lado, rechazaron los apócrifos.

Estos expositores que provinieron de los ambientes más diversos, son: Melitón de Sardis (siglo I) y Orígenes de Alejandría (siglo III).

Posteriormente, en el siglo IV, concuerdan con estos dos: Atanasio de Alejandría, Cirilo de Jerusalén, Hilario de Poitiers, Epifanio de Salamina, Gregorio Nacianceno de Capadocia, Anfiloquio de Asia Menor y Rufino de Italia. A esta nómina debe añadirse el Concilio de Laodicea, también del siglo IV.

A Melitón de Sardis debemos "la primera lista cristiana de las Escrituras hebreas. Ella concuerda con el canon judío y el protestante, y omite los apócrifos" (Philip Schaff, History of the Christian Church [Historia de la iglesia cristiana], [Grand Rapids, Michigan: Eerdmans, 1962], t. II, p. 738).

Debe notarse que alrededor del año 170 Melitón fue a Judea para informarse y asegurarse del verdadero número de los libros del AT.

Aquí corresponde destacar la figura de Orígenes (185-254), cuya erudición ha sido siempre reconocida. Además "tenía acceso a informaciones y a libros que no existen desde hace mucho . . . La lista de Orígenes incluye 39 libros canónicos [del AT], agrupados de modo que sumen 22, con Rut y Lamentaciones unidos con Jueces y Jeremías, respectivamente . . . A continuación de la lista añade, y aparte de éstos, están los libros de los Macabeos'. De modo que Orígenes concuerda con el canon judaico precisa y explícitamente, con la excepción de que declara que el libro de Jeremías incluye también Lamentaciones y la Epístola de Jeremías" (R. Laird Harris, Inspiration and Canonicity of the Bible [Inspiración y canonicidad de la Biblia], [Grand Rapids: Zondervan, 1971], p. 189). Corresponde aclarar que la llamada "Epístola de Jeremías" forma el cap. 6 de Baruc.

De Orígenes se ha dicho que era "prodigioso" en la "crítica del texto bíblico" (Luis M. de Cádiz, citando al autor francés Battifol, en su op. cit., p. 202).

Refiriéndose a esta labor "crítica" del texto de la Biblia, dice un escriturista católico:

"Las divergencias de la versión de los LXX con respecto al texto hebreo y las alteraciones de transmisión, fueron pretexto para polémica entre judíos y cristianos. Orígenes, para eliminar este inconveniente, compuso una obra colosal de unos cincuenta volúmenes (240-245), donde dispuso por columnas paralelas, palabra por palabra o frase por frase, el texto hebreo, el texto hebreo transcrito en letras griegas, las versiones de Aquila, Símaco, los LXX y Teodoción, por eso recibió el nombre de Hexapla ('Biblia en seis columnas') . . . Purificó críticamente la versión de los LXX, de donde se llama a esta forma Recensión origeniana o texto hexaplar de los Setenta" (Enciclopedia de la Biblia [Ediciones Garriga], t. II, columna 359).

Alejandro Olivar, profesor de Patrología en la Abadía de Montserrat, Barcelona, refiriéndose a Orígenes, ensalza su "base técnica de crítica textual, filológica e histórica". También lo considera como a "uno de los mayores eruditos que han existido" (Id., t. V, columnas 689 y 687).

Sería muy amplio el espacio necesario para presentar más testimonios acerca de la autoridad de Orígenes en el tema que nos ocupa. Podemos no concordar con él en cuanto a todas sus interpretaciones doctrinales de las Escrituras, pero tenemos que respetar su conocimiento de los documentos bíblicos existentes en su siglo, y en este caso la antigüedad resulta un valioso argumento en su favor.

Atanasio, en el año 326, después de enumerar los 22 libros canónicos hebreos, añade:

"Además de éstos los otros libros que ciertamente no están incluidos en el canon, pero están indicados por los Padres para que los lean aquellos que son nuevos entre nosotros y que desean instrucción". Luego enumera la Sabiduría de Salomón y la Sabiduría de Sirac (o Sirácida; otro nombre del Eclesiástico), Éster, Judit, Tobías, la Enseñanza de los Apóstoles (más conocida como Didachê, o Doctrina de los Doce Apóstoles), y el Pastor de Hermas (Carta 39.7, The Ante Nicene and Post- Nicene Fathers, [Los padres antenicenos y postnicenos], [Grand Rapids, Michigan: Eerdmans], 2.a serie, t. IV, p. 552).

Cirilo de Jerusalén, en 348, después de narrar la leyenda que refiere la supuesta forma en que fue traducida la LXX (Disertaciones catequísticas, IV, 34), continúa:

"De éstos [los libros de la Septuaginta, a la cual se está refiriendo] lee los 22 libros, pero no tomes en cuenta los escritos apócrifos. . . Y del Antiguo Testamento, como hemos dicho, estudia los 22 libros" (VI, 35, en The Ante Nicene and Post-Nicene Fathers, 2.a serie, t. VIII, p. 27).

Rufino, en su opúsculo titulado: Comentarios sobre el credo de los apóstoles, después de enumerar los libros canónicos en el párrafo 37 de esa obrita, continúa diciendo que "debe saberse que hay también otros libros que nuestros padres no llaman 'canónicos' sino 'eclesiásticos' ". Enumera a continuación seis de los apócrifos, con excepción del libro de Baruc. También menciona el Pastor de Hermas y Los Dos Caminos (que quizá equivale a la Didachê), que si bien podían leerse en las iglesias, "no se recurría a ellos para la confirmación de la doctrina". Añade que además "hay otros escritos que ellos llaman apócrifos [indudablemente, los que en la terminología protestante son conocidos como 'pseudoepigráficos'] que ellos no hacían leer en las iglesias" (Id., t. 111, p. 558).

Debe saberse que así como no están los apócrifos en las listas canónicas de estos autores, tampoco está el libro de Éster. Este hecho se puede explicar si se tiene en cuenta que Atanasio se refiere a ese libro diciendo que no es canónico, "y comienza con el sueño de Mardoqueo". Esto último demuestra que lo que Atanasio tiene en cuenta es la añadidura griega que se agregó al texto hebreo. Dicha añadidura está en la categoría de los apócrifos. Siendo así, ¿dónde colocan a Éster los padres de la iglesia que hemos mencionado? W. H. Green responde a esta pregunta en General Introduction to the Old Testament, the Text (Introducción general al Antiguo Testamento, el texto), (1899), p. 166, con estas palabras: "Éster es un libro canónico entre los hebreos; y así como Rut se considera [en la antigua catalogación hebrea] como un solo libro con Jueces, así también Éster con algún otro libro" (citado por R. Laird Harris, en op. cit., pág. 190).

Unos cuatro siglos después de Orígenes y unos 170 años después de Jerónimo, Gregorio Magno, papa de 590 a 604, al citar de 1 Macabeos, afirma: "Presentamos un testimonio de libros que aunque no son canónicos, sin embargo son publicados para la edificación de la iglesia" (W. H. Green, op. cit., p. 176, citado por R. Laird Harris, en op. cit., p. 192).

Aproximadamente mil años después del papa Gregorio Magno, el cardenal español Francisco Jiménez de Cisneros (1436-1517), erudito y propulsor de la preparación de la Biblia Políglota Complutense, dedicada al papa León X y aprobada por éste, escribió en el prefacio de esa obra que los libros impresos en ella, que no estaban en el canon hebreo - los apócrifos -, sólo se usaban para "edificación". Esto fue escrito poco antes de la Reforma del siglo XVI.

11.07. El testimonio de Jerónimo

Jerónimo (340-420) definió cuál debería haber sido la posición de la iglesia cristiana frente a estos libros. El enseñaba:
"Evite ella [la iglesia] todos los escritos apócrifos, y si es inducida a leer los tales no por la verdad de las doctrinas que contienen sino por respeto de los milagros contenidos en ellos, comprenda ella que no fueron realmente escritos por aquellos a quienes se los atribuye; que en ellos se han introducido muchos elementos imperfectos y que se requiere infinita discreción para buscar oro en medio de la escoria"¹ (Carta CVII a Laeta, párrafo 23, cita traducida de A Select Library of Nicene and Post Nicene Fathers of the Christian Church [Una selecta biblioteca de Padres de la iglesia, nicenos y postnicenos], 2.a serie, t. VI, p. 194).

Refiriéndose en forma más específica a los libros apócrifos y otras añadiduras, dice, Jerónimo:
"El libro de Daniel en hebreo no contiene el relato de Susana [cap. 13], ni el canto de los tres jóvenes [parte añadida al cap. 3], ni las fábulas de Bel y del dragón [cap. 14]. Debido a que se los encuentra por doquiera, les hemos dado la forma de un apéndice [al libro de Daniel] anteponiéndoles una señal . . . para que los no informados no piensen que hemos eliminado una porción de este volumen" (Prefacio a Daniel, Id., p. 494).

También afirma, Jerónimo:
"La iglesia lee Judit, Tobías [o Tobit] y los libros de los Macabeos, pero no los admite en las Escrituras canónicas. De modo que léanse estos dos volúmenes para la edificación de la gente, no para dar autoridad a las doctrinas de la iglesia" (Prefacio a Proverbios, Eclesiastés y el Cantar de los Cantares, Id., p. 492).

Más adelante podremos comprobar cuánta verdad hay en la afirmación de que en los "deuterocanónicos" hay "muchos elementos imperfectos y que se requiere infinita discreción para buscar oro en medio de la escoria".
También se podrá ver por qué los relatos de "Bel" y del "dragón" merecieron ser llamados "fábulas".
Es evidente que si bien esos escritos circulaban "por doquiera", no tenían validez para "dar autoridad a las doctrinas de la iglesia".

Jerónimo tradujo el AT del hebreo al latín con sumo cuidado: gastó 21 años en este trabajo. Pero no dio importancia a las porciones apócrifas. Por ejemplo, en el libro de Tobías - como lo afirma el mismo Jerónimo - sólo empleó un día de trabajo (Prefacio a Tobías).

La erudición, la autoridad y el testimonio de, Jerónimo debieran tener un peso decisivo en este tema, porque no hay otro escritor cristiano más apto a quien podamos acudir durante los siglos IV y V.
Cuando tradujo la Vulgata tuvo que informarse totalmente y usar un criterio claro y netamente bíblico, para separar los escritos dudosos y determinar cuáles podían aceptarse y cuáles debían ponerse al margen del texto sagrado.
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11.06. Los Concílios y los apócrifos

Los que se sienten inclinados a reconocer como canónicos los apócrifos, también han puesto énfasis en que ya antes del Concilio de Trento (1545-1563) habían sido aceptados como parte del AT por el Concilio de Cartago (397 d. C.) y el de Florencia (1439).

Sin embargo, el de Cartago fue un mero sínodo local, por lo que se desvanece su autoridad para dictaminar en cuanto al canon bíblico.
Y el de Florencia, cuyo principal propósito fue el de lograr la unión de la Iglesia Griega Ortodoxa con Roma, evidentemente no se pronunció en cuanto a este tema.

Así lo demostró en 1657, John Cosin (1594- 1672), prelado anglicano y erudito escritor, autor de la obra Scholastical History of the Canon of Holy Scripture (Historia escolástica del canon de las Sagradas Escrituras).

Este escritor inglés comprobó suficientemente que el supuesto decreto conciliar en el que se daba valor canónico a los libros apócrifos en realidad fue una falsificación introducida en un resumen posterior de las actas del concilio.

11.05. Pablo y el empleo de citas de autores griegos

En cuanto al empleo de citas que no son bíblicas, más de un autor ha destacado que el apóstol Pablo mencionó en tres oportunidades, o por lo menos hizo alusión, a tres poetas griegos anteriores a sus días.

Durante su discurso en el Areópago usó las palabras de los "propios poetas" de los atenienses. "En él vivimos, y nos movemos, y somos" (Hechos 17:28) es una expresión de Epiménides de Cnosos (Creta), filósofo y poeta del siglo VI a. C.

"Linaje suyo somos" (Hechos 17:28) son palabras de Arato de Cilicia (315-245 a. C.) registradas en su obra titulada Fenómenos.

"Las malas conversaciones corrompen las buenas costumbres" (1 Coríntios 15:33) es un dicho - que quizá llegó a convertirse en un refrán popular - del poeta ateniense Menandro (343-280 a. C.).

"Los cretenses, siempre mentirosos, malas bestias, glotones ociosos" (Tito 1:12), es también una cita de Epiménides de Creta, "propio profeta" de sus conciudadanos.

Pero es evidente que estas citas no tuvieron el propósito de dar validez de autores divinamente inspirados a esos escritores griegos. Pablo simplemente citaba autores griegos para ilustrar la enseñanza más elevada que él estaba presentando.

El jamás hizo una "mezcla" de "los dogmas de la filosofía" con las verdades reveladas.

11.04. Los "padres" y los apócrifos

En favor de la aceptación de los libros apócrifos se ha argumentado que a veces fueron citados por algunos "padres" de la iglesia, o sea, por aquellos que cronológicamente vienen después de los apóstoles.

Esta afirmación pierde su valor cuando se piensa en que hubo casos cuando ciertos "padres" recurrieron a autores paganos para apoyar algunas de sus afirmaciones.

Por ejemplo, Justino Mártir (muerto c. 165) se valió de los llamados "Oráculos sibilinos".

Estos antiquísimos escritos gozaban "de gran prestigio y autoridad entre las gentes incultas y supersticiosas" (Luis M. De Cádiz, Historia de la literatura patrística [Buenos Aires: Editorial Nova, 1954], p. 295).

Este autor también refiere que se apoyaron en el texto de las "sibilas": Hermas (padre apostólico de mediados del siglo II) y Teófilo de Antioquía (fines del siglo II).

Además de recurrir a los "Oráculos" ya mencionados, Justino dependió alguna vez del astrólogo Hystaspes; lo hizo en su Primera apología, cap. 20; asimismo citó los llamados Hechos de Poncio Pilato como si hubiera sido un auténtico relato de la muerte de Cristo (Id., cap. 25, 35, 48).

También es verdad que algunos de los escritores cristianos de los primeros siglos algunas veces citaron de los libros apócrifos, dando así la impresión de que los consideraban como parte esencial de las Sagradas Escrituras.

Sin embargo, este hecho debe considerarse teniendo en cuenta que también citaban como escritos divinamente inspirados algunos libros que no son reconocidos como tales ni por los católicos ni por los protestantes.

Clemente de Alejandría (muerto c. 220) es un destacado ejemplo de esta realidad. El utilizó los libros de Tobit (Tobías), Eclesiástico, Baruc, Judit y Sabiduría como si fueran inspirados por Dios.

Pero, dándoles la misma validez, utilizó también la Epístola de Bernabé, el Pastor de Hermas, la Epístola de Clemente Romano, la Predicación de Pedro, las Tradiciones de Mateo, el Evangelio según los Egipcios, el Cuarto Libro de Esdras, la Disciplina del Señor, el Evangelio a los Hebreos, el Apocalipsis de Pedro y los Dichos de Cristo a Salomé.

El mismo Clemente reconoció que mezclaba deliberadamente las enseñanzas paganas y cristianas. Dice en cuanto a su libro Strómata (literalmente, "tapices", en sentido figurado, "misceláneas"): "Nuestro libro no se quedará corto en usar de lo que es mejor en filosofía y otras instrucciones preparatorias".

Luego añade:

"Strómata contendrá la verdad mezclada con los dogmas de la filosofía, o más bien cubierta y oculta como la parte comestible de la nuez en la cáscara" (Strómata, lib. 1, cap. 1, citado en The Ante-Nicene Fathers [Los padres antenicenos], [Grand Rapids, Michigan: Eerdmans Publishing Company, 1956], t. II, pp. 302-303).

Lo que reconoce Clemente nos muestra cómo las enseñanzas de algunos de los escritores cristianos de los primeros siglos habían recibido la influencia del paganismo, y especialmente del pensamiento griego que tanto penetraría en el cristianismo.

11.03. La Versión Popular

La edición de esta Biblia hecha por la Sociedad Bíblica Americana en 1979, fue publicada por pedido de una entidad católica, como puede verse en la nota que está en la primera página, y que reproducimos parcialmente:

"El Consejo Episcopal Latinoamericano - CELAM - mira con satisfacción la publicación completa de la Versión Popular de la Biblia en español, 'Dios habla hoy', la cual, realizada con la colaboración de biblistas católicos, contiene, de acuerdo con nuestro pedido, los libros Deuterocanónicos y está destinada a la difusión de la Palabra de Dios en la América Latina".

Está firmada por Alfonso López Trujillo, Secretario General del CELAM. El Índice de esta Biblia está dividido en tres partes: Antiguo Testamento, Libros Deuterocanónicos y Nuevo Testamento. Esta división podría sugerir a los lectores poco acostumbrados a estudiar y menear la Biblia, que éste ha sido siempre el contenido y distribución de ella. Los libros apócrifos están precedidos de un corto prólogo titulado LIBROS DEUTEROCANÓNICOS, en donde se dan algunas explicaciones, de las cuales citamos las siguientes líneas:

"Estos libros no se encuentran en la Biblia hebrea tal como la fijaron los rabinos judíos a fines del siglo I de la Era Cristiana. Pero formaban parte de la versión griega llamada Septuaginta, hecha probablemente a partir del año 250 a. C., y que fue la versión usada en un principio por los judíos de habla griega y por los primeros cristianos. A los libros de la Biblia hebrea se les llama también protocanánicos, o sea del 'primer canon' . . .

"La inclusión de los libros deuterocanónicos dentro del Antiguo Testamento ha sido objeto de discusión desde tiempos muy antiguos. Ya hemos visto que finalmente optaron por excluirlos [esto no es claro, pues no se dice quiénes optaron por esa exclusión ni cuándo lo hicieron]. Algunas iglesias han hecho lo mismo o no les conceden la misma autoridad que a los otros libros, y prefieren darles el nombre de Apócrifos . . . La Iglesia Católica Romana y algunas iglesias orientales los reciben como parte integrante de las Escrituras, y algunas confesiones protestantes los reconocen como libros provechosos para la lectura privada aunque no los consideran como base de doctrina.

"Algunas veces estos libros deuterocanónicos se imprimen intercalados con los protocanónicos; otras veces se los incluye como un grupo aparte antes del Nuevo Testamento, que fue lo que hizo San Jerónimo en su versión latina y que es lo que se ha hecho en la presente edición.

"No es de la competencia de las Sociedades Bíblicas fallar sobre las cuestiones en que difieren entre sí las iglesias cristianas, como en el caso de los libros deuterocanónicos, ni les corresponde dictaminar en cuanto a la autoridad de éstos".

Los deuterocanónicos de esta edición de la Biblia han sido colocados en sección aparte, pero hay más de 400 referencias a ellos al pie de las páginas de muchos de los libros protocanónicos. Sólo hay 12 libros del AT y 6 del NT donde no hay estas referencias.

Es interesante notar que 1 Macabeos 1:54 y 2 Macabeos 6:2 están entre las referencias correspondientes a Daniel 9:27; 11:31 y 12:11; 1 Macabeos 1:1-9 se ha relacionado con Daniel 11: 3-4; 1 Macabeos 1:17-19 con Daniel 11:25; 1 Macabeos 1:20-24 con Daniel 11:28; 2 Macabeos 7: 9, 14, 23 con Daniel 12:2; 2 Macabeos 2: 4-8 acompaña como referencia a Apoc. 11: 19; y 1 Macabeos 1:54; 6:7 a Mateo 24:15 y Marcos 13:14.

En todos estos casos la sugerencia para la comprensión de los pasajes proféticos de Daniel, Mateo, Marcos y Apocalipsis está influida por elementos ajenos al canon hebreo.

11.02. Deuterocanónicos

Es importante saber que el vocablo "deuterocanónicos"¹ fue acuñado en el siglo XVI por el exégeta católico Sixto Senense (1520-1569). Este dato se encuentra en la Enciclopedia de la Biblia, de las Ediciones Garriga de Barcelona, obra preparada bajo la dirección de los escrituristas católicos Alejandro Díez Macho y Sebastián Bartina, ambos sacerdotes.


Se trata, pues, de una palabra creada a propósito para dar un nombre específico y que no resulte chocante a los libros y a las añadiduras que Jerónimo, unos mil años antes, había denominado "apócrifos". La aparición del término "deuterocanónicos" obligó a la formación del vocablo "protocanónicos".

Para conocer de fuente autorizada el significado y los alcances de ambos términos, presentamos la forma en que el Diccionario de la Biblia, del autor católico Serafín de Ausejo, define el término "deuterocanónicos":

"Se aplica a aquellos libros de la Biblia de cuya canonicidad se dudo en sectores reducidos de la primitiva Iglesia, hasta que el magisterio eclesiástico reconoció oficialmente su carácter inspirado y los admitió en el canon de la Sagrada Escritura. La expresión no es muy afortunada, pues suscita la impresión de que la Iglesia hubiera establecido dos cánones: uno en que se hubieran catalogado los libros reconocidos como inspirados por el juicio unánime de la Iglesia universal (protocanónicos); y otro posterior, en que se hubieran admitido más tarde los restantes (deuterocanónicos). Mejor es la terminología de Eusebio (Hist. Eccl. 3.25) que divide los libros del NT en tres clases: homologoúmena (= reconocidos, [o sea] nuestros protocanónicos), antilegoúmena (= discutidos, [o sea] deuterocanónicos) y nótha (literalmente bastardos, ilegítimos, e. d., aquellos a los que acá o allá, se les atribuyó indebidamente origen apostólico)" (Op. cit. [Barcelona: Herder, 1963], columna 457).

En este caso, el "magisterio eclesiástico" a que se refiere Ausejo corresponde con el pronunciamiento del Concilio de Trento (1545-1563) y el Concilio Vaticano I (1870).

Para el católico ya está resuelto el problema, pues le basta esta definición de la jerarquía de su iglesia. No necesita examinar por sí mismo los libros en cuestión. Respecto a este criterio son oportunas las palabras de Lutero:

"La Iglesia no puede dar a un libro otra autoridad que la que el libro intrínsecamente tiene, y no puede convertir en inspirado al libro cuya naturaleza no está penetrada por la inspiración" (citado por Alcides J. Alva, en Fuentes Bíblicas [Editorial CAP, 1962], p.38.

Algunos padres de la iglesia denominaron antilegoúmena (discutidos) a la Epístola a los Hebreos, 2 y 3 de Juan, 2 de Pedro, Santiago, Judas, y Apocalipsis. Son deuterocanónicos en el sentido de haber entrado al canon algo después que los otros libros. Hoy los católicos los consideran como libros canónicos. Algunos pasajes del NT, ausentes en las versiones griegas más antiguas (Mar. 16: 9-20; Luc. 22: 43-44; Juan 7: 53 al 8: 11; etc.) son algunas veces llamados "deuterocanónicos".

Acerca de éstos dice Salvador Muñoz Iglesias, profesor de Sagrada Escritura en el Seminario Mayor de Madrid y director de la revista Estudios Bíblicos:

"Realmente las secciones deuterocanónicas [del NT] son simples problemas de crítica textual" (Enciclopedia de la Biblia [Ediciones Garriga], t. II, col. 886).

Si bien los siete libros y los pasajes mencionados podrían denominarse "deuterocanónicos", por no haber formado parte del primer canon del NT, no dejan ahora de formar parte del Nuevo Testamento reconocido, tanto por católicos como por protestantes. A continuación, este mismo autor añade: "Conviene advertir que los protestantes, siguiendo la nomenclatura de San Jerónimo, llaman apócrifos a estos libros deuterocanónicos, y pseudoepígrafos a los que nosotros llamamos apócrifos". Como dato ilustrativo mencionamos que se reconocen como pseudoepígrafos - o que es evidente que se recurrió a un fraude para atribuir a un autor bíblico determinado libro, ajeno a las Escrituras - a obras tales como la Epístola de los apóstoles, escrita alrededor del año 175; la llamada Epístola de San Pablo a los Laodicenses, escrita no antes del siglo V, y que fue redactada con la intención de que pareciera la carta que el apóstol escribió a Laodicea (Col. 4:16); la Epístola de San Pablo a los alejandrinos, que sin duda fue escrita por algún discípulo del hereje Marción (?-160).

Hay otras obras también catalogadas como espurias. Entre ellas, diversos "Evangelios" como el atribuido a San Pedro, y varios "Apocalipsis" como el de San Pablo, Esteban, Tomás, Zacarías y otros.

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¹ Para tratar de salvar las dificultades con los libros "apócrifos", algunos teólogos eruditos católicos -Belarmino, Dupin, Hefele . . . - sostuvieron que hay dos grados de inspiración; que el primero o superior corresponde a los libros del canon, o sea "deuterocanónicos": de segunda clase o inspiración.

11.01. Los apócrifos según Jerónimo

Los libros incluidos por Jerónimo, bajo la designación de apócrifos, son siete¹:

Eclesiástico (o Sirácida) y Sabiduría (o Sabiduría de Salomón), que por su contenido se parecen a Proverbios y Eclesiastés, por lo que los escrituristas católicos los clasifican como sapienciales; Judit, Tobit (o Tobías); 1 Macabeos y 2 Macabeos, que tienen la apariencia de ser históricos; y Baruc, que es como un Apéndice del libro canónico de Jeremías.

Hay, además, añadiduras al libro de Daniel; los vers. 24 al 90 del cap. 3 (67 versículos) y los cap. 13 y 14; y en el texto griego de Éster aparecen varios pasajes inexistentes en el texto hebreo, que tienen la apariencia de ser una ampliación o adaptación del texto mencionado.

En las Biblias castellanas más antiguas autorizadas por la Iglesia Católica (las de Scío de San Miguel y Torres Amat) y en la de Straubinger (1.ª edición 1948-1951), el libro de Éster tiene 16 capítulos debido a las añadiduras en el texto griego, y no 10 como en las ediciones de las SBU, que sólo incluyen el texto hebreo.

En estas tres versiones mencionadas, al terminar lo que constituye el cap. 10 en el texto hebreo (compuesto sólo por 3 versículos), hay un subtítulo que dice así: "II. PARTE DEUTEROCANONICA" y a continuación hay una añadidura de 10 versículos a ese capítulo; luego siguen los breves capítulos 11 al 15, y el 16 que es algo más extenso.

En las versiones de origen católico más recientes (como las NC, BC y BJ) hay sólo 10 capítulos en el libro de Éster, pero a cada uno de ellos se le ha añadido, con letra cursiva, la parte que Jerónimo llamó "apócrifa".

Esto se explica en la BJ mediante esta nota: "En cursiva, los pasajes que la versión griega añade al texto hebreo, adiciones que la Iglesia reconoce como inspiradas. San Jerónimo las relegó al apéndice de su versión latina". Esta "versión latina" es la que conocemos como la Vulgata.

Además de estos libros, hay otros que ninguna iglesia cristiana reconoce como fruto de la inspiración divina y que, sin embargo, están en la Septuaginta (LXX) griega y en ejemplares antiguos de la Vulgata latina.

Estos libros son: Esdras, a veces llamado "Esdras griego" y denominado 3 Esdras en la Vulgata, en donde Esdras y Nehemías son 1 Esdras y 2 Esdras, respectivamente; 4 Esdras (considerado apócrifo por la Iglesia Católica, al igual que 3 Esdras), también llamado 3 Esdras cuando Esdras y Nehemías son computados como un solo libro; y la Oración de Manasés, que se basa en la plegaria que es rey de Judá elevó, arrepentido, mientras estaba cautivo en Babilonia (2 Crón. 33:12).

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¹ En la versión castellana titulada El libro del pueblo de Dios, editada en 1980, son ocho, pues se ha separado la llamada Carta de Jeremías del libro de Baruc.

Conviene saber que en algunas listas se presentan 15 nombres de libros de este tipo. Se llega a esta cantidad siguiendo la siguiente enumeración: 1 Esdras, 2 Esdras, Tobit, Judit, las adiciones al libro de Éster, Sabiduría, Eclesiástico, Baruc, la carta Jeremías (que constituye el cap. 6 de Baruc en la VP, Dios habla hoy, así como en otras versiones), la Oración de Azarías (Abednego) y el Canto de los tres jóvenes (o sea la añadidura al cap. 3 de Daniel), Susana (el cap. 13 de Daniel, añadido al texto reconocido como canónico por los Hebreos), Bel y el dragón (la adición que forma el cap. 14 de Daniel), la Oración de Manasés, 1 Macabeos y 2 Macabeos.

El conocimiento de esta distribución evitará posibles confusiones.

Es conveniente resaltar también que el tema de los apócrifos sólo tiene que ver con el AT (39 libros en las Biblias sin imprimatur, y 46 [47 en El libro del pueblo de Dios] en las que llevan esa aprobación eclesiástica), pues en el NT todas las Biblias tienen 27 libros, con ligeras diferencias textuales que no tienen mayor importancia.

11.00. El "gran regreso" de la Iglesia Católica Romana a la Biblia

EN 1962 comenzó a hacerse realidad el propósito de que las Sociedades Bíblicas Unidas (SBU) y el Vaticano colaboraran conjuntamente en la traducción y distribución de las Sagradas Escrituras.

Esta convergencia de católicos y protestantes evidentemente es una manifestación del espíritu ecuménico que se acentuó en el último tercio de siglo pasado. Abundan las pruebas de esta tendencia, especialmente desde los días del papa Juan XXIII (1958-1963).

Uno de los factores que sin duda ha movido a millones de protestantes a mirar con simpatía una relación amigable y hasta de franca cooperación con el catolicismo es lo que algunos han llamado "el gran regreso de la Iglesia Católica Romana a la Biblia".

Ese "regreso" ha sido aclamado con entusiasmo.

Corresponde, pues, que nos refiramos brevemente a un documento del Concilio Vaticano II, promulgado el 18 de noviembre de 1965. Se trata de la "Constitución Dogmática sobre la Divina Revelación".

En esta "Constitución" se define que "Tradición y Escritura están estrechamente unidas y compenetradas" (Capítulo II, 9); se puntualiza que "el oficio de interpretar auténticamente la palabra de Dios escrita o transmitida ha sido confiado únicamente al Magisterio vivo de la Iglesia" (Capítulo II, 10); se indica que las traducciones de la Biblia deben estar “provistas de las explicaciones necesarias y suficientes para que los hijos de la Iglesia se familiaricen sin peligro y provechosamente con las Sagradas Escrituras y se penetren de su espíritu"...

"Háganse, además, ediciones de la Sagrada Escritura, provistas de notas convenientes, para uso también de los no cristianos, y acomodadas a sus condiciones, y procuren los pastores de las almas y los cristianos de cualquier estado divulgarlas como puedan con toda habilidad" (Capítulo VI, 25).

En este mismo documento conciliar se destaca la necesidad de que todos los fieles cristianos tengan un fácil acceso a las Páginas Sagradas. Por eso se insiste en que es deber de la iglesia procurar "que se redacten traducciones aptas y fieles en varias lenguas, sobre todo de los textos primitivos de los sagrados libros" (Capítulo VI, 22).

Ahora bien, dentro de este contexto resalta como muy significativa la indicación: “Y si estas traducciones, oportunamente y con el beneplácito de la Autoridad de la Iglesia, se llevan a cabo incluso con la colaboración de los hermanos separados, podrán usarse por todos los cristianos” (Capítulo VI, 22).

Desde el mismo principio del entendimiento entre los representantes del Vaticano con los de las SBU se actualizó un tema ya secular, y que parecía olvidado: el de los libros que Jerónimo (c. 340-420) llamó "apócrifos". ¹

Este adjetivo que en nuestro idioma actual significa "supuesto", "fingido", "falso", tenía alcances menos categóricos en los días de Jerónimo, pues se aplicaba a algo "oculto", "secreto", "dudoso".

Algunos escritores antiguos usaban ese vocablo para los libros de sabiduría esotérica (secreta o misteriosa), demasiado complicados para los lectores comunes y que sólo podían ser entendidos por los iniciados.
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¹ La palabra "apócrifo" deriva de una voz griega (αποκρυφος [apokruphos]) que significa "escondido", "secreto", "de origen desconocido". Como los gnósticos y otras sectas heréticas afirmaban que sus creencias particulares estaban fundadas en escritos "apócrifos" (secretos) que los Padres de la iglesia, como por ejemplo Melitón de Sardis, siglo II; Orígenes, c. 185-253; Atanasio, c. 296-373; Anfiloquio, c. 339-c.394; Rufino, c. 345-?; Jerónimo, c. 340-420, consideraban espurios (falsos), entre éstos el término "apócrifo" llegó a significar espurio. Y fue Jerónimo, famoso traductor de la Vulgata, quien, en el Prologus Galeatus de su famosa versión de la Biblia aplicó por primera vez el nombre de "apócrifos" a los libros que no encontró en el canon hebreo de las Sagradas Escrituras. (Ver 11.07. El testimonio de Jerónimo).

Hay otros doctores de la iglesia que no aceptaron los libros apócrifos, entre los cuales mencionaremos sólo los siguientes: Hilario de Poitiers, c. 315-c. 367; el papa Gregorio I (Magno), c. 540-604; Beda, llamado "el Venerable", 672-735; Hugo de San Víctor, ?- 1141; Ricardo de San Víctor, ?- 1173; Tomás de Aquino, c. 1225-1274; Nicolás de Lira, c. 1270-c. 1349; y otros. La Iglesia Católica finalmente los aceptó en el Concilio de Trento (1545-1563). Esta aceptación distó mucho de ser unánime, pues las discusiones sobre el tema fueron intensas y prolongadas.

10.05. Comentadores posteriores

La obra de los eruditos judaicos respecto a los escritos bíblicos y no bíblicos no cesó cuando se completó el Talmud. Durante los siglos siguientes se produjeron numerosos comentarios del Talmud, como también comentarios acerca de la Biblia hebrea.

Hasta el siglo X toda la interpretación judaica del Antiguo Testamento (Biblia hebrea) se efectuó con la ayuda de la Haggadá o de alegorías.

Las interpretaciones alegóricas también estuvieron en boga entre los "padres" cristianos. Sin embargo, la influencia posterior de la erudición arábiga trajo un cambio que indujo a los eruditos judaicos a que dieran a sus estudios un enfoque gramatical y lexicográfico más sólido, y se logró una comprensión más racional de la Biblia hebrea.

Los comentadores más antiguos que merecen esta designación fueron Saadia ben José (m. 942), Samuel ben Hofni (m. 1034) y Moisés ibn Gikatilla, que vivió en la última parte del siglo XI.

Sin embargo, las lumbreras máximas entre los comentadores judaicos trabajaron en los siglos XII y XIII. Entre éstos se cuentan Rashi (o Raschi), Ibn (o Abén) Ezra, David Kimhi y Maimónides, cuyas obras no sólo han influido en el pensamiento religioso judío hasta el día de hoy sino también, en menor grado, en el pensamiento de los comentadores cristianos.

Rashi (1040-1105), rabino francés, escribió comentarios acerca de la Biblia y del Talmud. Su comentario bíblico ha sido impreso en la mayoría de las Biblias rabínicas, y su comentario sobre el Pentateuco es muy usado entre los judíos.

Ibn Ezra (1092-1167) fue un judío español que viajó mucho en la zona del Mediterráneo, por lo que adquirió un conocimiento enciclopédico tan grande que sus comentarios acerca de los libros bíblicos fueron valiosas fuentes de información.

David Kimhi (1160-1235) pertenecía a una familia de eruditos judíos de Francia. Su mayor obra exegética es un comentario de los libros proféticos del Antiguo Testamento; sin embargo, tuvo más influencia como gramático y lexicógrafo. Su famosa gramática hebrea, que contiene una lista de raíces hebreas, durante siglos constituyó la base de la escritura gramatical hebrea tanto para los judíos como para los cristianos.

Maimónides (1135-1204) fue el más notable de todos los eruditos y filósofos judíos de la Edad Media. Nació en España y se hizo famoso como líder del judaísmo en Egipto. Su comentario arábigo sobre la Mishnah dio verdadero significado a muchas frases oscuras de los antiguos rabinos, y extrajo de ellas valores éticos y dogmáticos. Sus obras influyeron tanto en los escolásticos cristianos como en los filósofos musulmanes. Tomás de Aquino, Meister Eckhart y aun el filósofo Leibnitz dedujeron ideas filosóficas básicas de Maimónides.

10.04. Tosefta

La Tosefta, que significa "extensión", "adición", es una colección e interpretación de sentencias halákicas que no se encuentran en la Mishnah ni están citadas como Baraitas en la Guemara. De manera que en realidad no es una parte del Talmud.

A semejanza de la Mishnah, la Tosefta está dividida en seis órdenes, pero en total sólo abarca 59 opúsculos en comparación con los 63 de la Mishnah.

No se conocen con exactitud sus recopiladores originales, pero deben haber hecho su obra antes de que se completara el Talmud.

10.03. Guemara (o Guemarra)

La codificación de la Mishnah dio fin a una era en la historia de los judíos, pues significó la terminación de la obra de los Tanna'im, los "tradicionalistas", que habían transmitido la Halaká oralmente de una generación a otra.

Durante el período siguiente, los eruditos de la ley judía son llamados 'Amoraim, "pronunciadores" o "exégetas". Consideraban que su tarea era estudiar la Mishnah para interpretarla y resolver sus contradicciones reales o aparentes. Los 'Amoraim trabajaron intensamente durante los siglos III y IV de la era cristiana, y su material nuevo - que consiste de una esmerada exégesis de la Mishnah - fue codificado durante los siglos IV y V.

En ese tiempo, este material exegético fue llamado Talmud ("enseñanza"); sin embargo, en épocas posteriores llegó a conocerse como Guemara, "terminación", y con frecuencia ahora se aplica la palabra Talmud a la Mishnah y la Guemara combinadas.

En la Guemara se incluyen Baraitas o declaraciones de la Halaká que no encontraron lugar en la Mishnah. La Mishnah era una obra unificada escrita en hebreo y aceptada por todos los judíos, pero la Guemara de los eruditos palestinos - conocida como el Talmud de Jerusalén - era notablemente diferente del de sus colegas babilonios, que es llamado el Talmud Babilónico.

El Talmud de Jerusalén incluye la Guemara de 38 opúsculos de las primeras cuatro órdenes de la Mishnah y de un opúsculo de la sexta orden.

La Mishnah fue escrita en hebreo, pero la Guemara del Talmud de Jerusalén fue compuesta en un dialecto arameo occidental.

El Talmud Babilónico incluye la Guemara de 34 opúsculos de la Mishnah, de las órdenes segunda a quinta, y de un opúsculo de la primera orden y de la sexta.

Tanto en el Talmud Babilónico como en el de Jerusalén, la Mishnah está en hebreo; pero la Guemara del primero de ellos está en un dialecto arameo occidental, mientras que la del último está en un dialecto arameo oriental.

El Talmud de Jerusalén tuvo poca aceptación fuera de Palestina; pero el Talmud Babilónico se ha convertido en la norma aceptada por los judíos ortodoxos desde su edición final c. 500 d. C.

10.02. La Mishnah

La Mishnah (literalmente "repetición") es la codificación de la ley tradicional de los judíos. Contiene reglas y requisitos formulados a través de muchos siglos por el sanedrín, por Hillel, Shammai y por otros famosos rabinos.

Contiene conclusiones tomadas de decisiones acerca de casos nuevos en los cuales las reglas antiguas necesitaban ser reinterpretadas o modificadas. Por eso las reglas y las prohibiciones rituales religiosas constituyen la mayor parte de la Mishnah.

El que preparó la Mishnah fue Judá, hijo de Simón (c. 135 d.C. - c. 220 d.C.), conocido comúnmente como Judá ha-Nasi ("Judá el Príncipe"), o simplemente como Rabino. El dirigió la preparación de la primera edición completa de la ley tradicional judía en forma escrita.

Judá ha-Nasi era un erudito sumamente agudo. Estudió griego, latín y astronomía con maestros seculares, y las enseñanzas de la ley judaica con varios destacados eruditos de su tiempo. Pronto aventajó a todos sus instructores y llegó a ser una autoridad tan reconocida en halaká, que sus decisiones fueron colocadas por encima de las del sanedrín, cuyos reglamentos se consideraban obligatorios sólo si el rabino Judá los sancionaba.

Por ser presidente del sanedrín recibió el título de hanasi, "el Príncipe"; y por sus estrictos hábitos de vida se lo consideraba haqqadosh, "el santo".

Siguió los pasos de Akiba y de Meïr, y puso orden en las muchas reglas halákicas y las agrupó en temas tales como días de fiesta, ofrendas, purificación, etc. Esa obra fue terminada alrededor del año 200 d. C., y se ha convertido en la Mishnah oficial del judaísmo.

La Mishnah se convirtió después del Antiguo Testamento en la principal fuente de estudios religiosos judaicos, y con frecuencia su autoridad lo ha reemplazado. También llegó a ser el vínculo espiritual que unió a los judíos esparcidos en muchas naciones.

Después de que la Mishnah se convirtió en norma de vida, lo cierto es que el sanedrín y los dirigentes judaicos fueron casi superfluos.

Según la distribución hecha por Judá ha-Nasi, la Mishnah está dividida en seis sedarim, u "órdenes" que contienen 63 opúsculos, cada uno con un nombre que indica su contenido.

Las seis "órdenes" son:

1. Zera'im ("semillas"): contiene 11 opúsculos, y trata principalmente de agricultura y sus productos.

2. Mo'ed ("fiestas establecidas"): contiene 12 opúsculos y presenta reglas en cuanto al sábado y las fiestas.

3. Nashim ("mujeres"): contiene 7 opúsculos y trata principalmente de reglas del matrimonio y la vida conyugal.

4. Nezikin ("daños"): contiene 10 opúsculos y trata de las leyes civiles y criminales.

5. Kodashim ("cosas santificadas"): contiene 11 opúsculos y trata de las ofrendas.

6. Tohoroth ("limpiezas"): contiene 12 opúsculos y se ocupa de reglas en cuanto a las cosas limpias e inmundas.

La Mishnah rara vez trata de temas puramente teológicos y contiene poco material haggádico.

La excepción más digna de destacarse es el opúsculo 'Aboth, o Pirqe 'Aboth (el opúsculo noveno de Seder Nezikin), que es una colección de aforismos edificantes de los más famosos eruditos judíos desde alrededor de 200 a. C. hasta 200 d. C. Ninguna otra parte de la Mishnah se ha traducido e impreso tan frecuentemente.

10.01. Tradición oral

Los rabinos de la era apostólica afirmaban que la tradición oral judía era del mismo origen divino que la revelación escrita de la Torah. Esta tradición fue transmitida a las generaciones sucesivas hasta que a comienzos del siglo III d.C., aproximadamente, llegó a su forma escrita como la Mishnah y se convirtió en la norma de conducta para los judíos ortodoxos.

La tradición judía aún florecía en forma oral cuando se escribió el Nuevo Testamento, y se ocupaba principalmente de la exégesis de las Escrituras hebreas, la cual se conocía como Midrash.

Esta exégesis no tenía un enfoque lingüístico o histórico en el sentido moderno, sino era más bien una búsqueda de nuevo conocimiento, y el texto bíblico sólo se usaba para dar orientación e inspiración. Esta exégesis se basaba en deducciones lógicas, en combinaciones de pasajes relacionados entre sí e interpretaciones alegóricas.

El Midrash que trata de temas históricos o dogmáticos recibe el nombre de Haggadá ("expresión"), o Midrash haggádico, y la parte que trata de asuntos legales se llama Halaká (literalmente "camino", es decir, "una norma" o "una regla") o Midrash halákico.

El término Haggadá se refiere a materiales no bíblicos y a la exégesis de los temas poéticos, históricos y otros asuntos no legales de la Biblia hebrea. Era la forma corriente que se usaba en la sinagoga para explicar la Biblia por medio de símbolos, alegorías, fábulas y parábolas.

La Haggadá no estaba sujeta a reglas estrictas de exégesis y permitía el uso de casi cualquier recurso que dejara en el oyente una impresión duradera. La voluminosa y legendaria literatura judía del medioevo es principalmente el resultado de la exégesis haggádica de la Biblia. Sin embargo, sólo una pequeña parte del Talmud debe su origen a la Haggadá.

El término Halaká se refiere a los reglamentos religiosos basados principalmente en las secciones legales de la Biblia. La Haggadá era el sistema de exégesis que se usaba principalmente en los servicios de las sinagogas, en tanto que la Halaká se estudiaba en las escuelas religiosas más avanzadas.

Si era posible hacerlo, se le daba una base de las Escrituras a los reglamentos halákicos; pero muchas reglas para las cuales no había base bíblica eran defendidas apoyándose en la pretensión de que habían sido entregadas a Moisés en el Sinaí sólo en forma oral.

La Halaká fue codificada sistemáticamente, y la máxima ambición de cada judío erudito en la ley (los "escribas" del Nuevo Testamento) era aprender y entender todas las reglas halákicas relacionadas con la vida religiosa y secular de un judío escrupuloso.

Los maestros supremos de la Halaká fueron Hillel el Anciano (murió c. 20 d. C.) y Shammai. Ambos elaboraron sus enseñanzas en las últimas décadas del siglo I a. C., y sus seguidores formaron escuelas separadas.

Hillel era famoso por la dulzura de su carácter, que se manifestaba en reglamentos más liberales que los enunciados por Shammai. Si bien concordaba con Shammai en que la letra de la Torah debía cumplirse literalmente, la interpretaba de tal manera que sólo debían cumplirse los requerimientos mínimos de la ley; en cambio Shammai era estricto y exigía a sus seguidores los requerimientos máximos de la ley.

Para los no judíos con frecuencia deben haber parecido artificiales las diferencias entre las escuelas de Hillel y de Shammai. La naturaleza de los puntos de vista halákicos y las diferencias entre Hillel y Shammai se ilustran con el siguiente ejemplo. Shammai dictaminaba que no era permitido vender cosa alguna a un gentil o ayudarlo a cargar su bestia si iba a viajar con esa carga en sábado; Hillel no veía ningún mal en permitir esto (Mishnah Shabbath 1. 7).

Un ejemplo bastante extremo de la minuciosidad de Shammai, era su insistencia en que cuando se buscaban aves para sacrificar en un día de fiesta, no se podía mover una escalera de un palomar a otro, sino sólo de una abertura a otra del mismo palomar; en cambio Hillel permitía ambas cosas (Mishnah Bezah 1. 3).

Sin embargo, hay unos pocos casos en los cuales las reglas de Hillel parecen más estrictas que las de Shammai. Por ejemplo, permitía que se comiera un huevo puesto en sábado; pero Hillel lo prohibía argumentando que las restricciones para preparar alimento en sábado se aplicaban no sólo a los hombres sino también a las gallinas (Mishnah 'Eduyyoth 4. 1).

Después de que Tito destruyó a Jerusalén, se fundó una academia de conocimientos judaicos en Jamnia, al sur de Jope. Aquí también se reorganizó el sanedrín.

El primer director de este centro de sabiduría judaica fue el rabino Johanán ben Zakkai. El fue quien logró conservar la tradición judaica para la posteridad, haciéndola - después de las Escrituras hebreas - el centro de todo el pensamiento y la vida de los judíos ortodoxos.

El más famoso de sus sucesores fue el rabino Akiba (c. 50 d. C. - c. 132), uno de los principales pensadores judíos de todos los tiempos. De acuerdo con las opiniones de los rabinos, Akiba logró una comprensión más profunda y más penetrante de la ley que Moisés mismo.

Los primeros años de la vida de Akiba están velados por la oscuridad, pero se sabe que era de origen humilde y que no comenzó sus estudios hasta que fue un hombre maduro.

Como aprendió a leer y a escribir siendo adulto, mantuvo un respeto temeroso y místico hacia la escritura. Esa reverencia se manifestó en una exégesis que daba sentido no sólo a las frases y las palabras, sino también a las letras y a las partes de éstas.

Consideraba que su principal tarea era la de hallar una base bíblica real o supuesta para cada halaká mediante una deducción lógica, con lo cual logró dar un orden sistemático a la gran masa de material halákico. Así creó la primera recopilación completa de la Mishnah.

Aunque ese material todavía no había sido registrado por escrito, es posible que algunas pequeñas recopilaciones halákicas fueran escritas bajo su dirección.

El rabí Akiba es, además, importante porque fue uno de los líderes del Concilio de Jamnia (c. 90 d. C.), donde se tomaron importantes decisiones acerca del canon y del texto hebreo de la Biblia, y también porque apoyó al revolucionario Barcoquebas como al Mesías prometido, durante la guerra que comenzó en 132 d. C.

Es evidente que fue hecho prisionero por los romanos aun antes de que estallara la guerra. Murió como mártir, al final de la guerra.

El más ilustre de los discípulos de Akiba fue el rabino Meïr, que continuó y completó el sistema legal de su maestro. Su importancia es evidente por el hecho de que en la Mishnah es citado más que cualquiera de sus predecesores.

10.00. El Talmud

El conjunto de leyes civiles y canónicas de los judíos está contenido en una obra muy extensa conocida como el Talmud, palabra que significa "enseñanza".

El Talmud se originó en la tradición oral que fue desarrollándose a través de varios siglos y comenzó a escribirse aproximadamente a comienzos del siglo III d. C., con la codificación de su parte básica: la Mishnah.

En los dos siglos siguientes se elaboró y codificó un gran conjunto de comentarios sobre la Mishnah, que se conoce como la Guemara (o Guemarra).

Estas dos colecciones constituyen el Talmud y suministran la estructura del judaísmo tradicional.

9.00. Los tárgumes

Así como los judíos del mundo romano fuera de Palestina llegaron a sentir la necesidad de una traducción griega del Antiguo Testamento, así también muchos judíos en Palestina - en los siglos posteriores al exilio - se dieron cuenta que no podían entender la Biblia en hebreo y que necesitaban una traducción al arameo.

Movidos por sus tendencias más conservadoras, durante siglos se abstuvieron de hacer esta traducción, pero sí dependían de traducciones orales de los pasajes bíblicos que eran leídos durante los servicios sabáticos en las sinagogas. Después de que un pasaje era leído en hebreo, se lo traducía al arameo. Esas traducciones orales quizá comenzaron a escribirse antes del tiempo de Jesús, y con toda certeza en el siglo I d. C. Se las conoce como tárgumes o sea "interpretaciones".

Puesto que éstas son pruebas documentales del carácter del texto hebreo que se traducía, los tárgumes tienen cierto valor en el estudio textual del Antiguo Testamento.

También son importantes porque con frecuencia revelan cuáles pasajes del Antiguo Testamento eran considerados por los judíos como profecías mesiánicas, ya que los tárgumes no sólo consisten de traducciones sino también de paráfrasis y comentarios.

En esta forma revelan cómo interpretaban los judíos hace 15 o más siglos ciertos textos que no pueden ser entendidos fácilmente por el texto hebreo existente. Los tárgumes más antiguos quizá fueron los que tratan de la Torah o los cinco libros del Pentateuco.

El tárgum mejor conocido acerca del Pentateuco es el de Onkelos, o Tárgum Babilónico. Onkelos, tradicionalmente considerado como el autor de este tárgum, frecuentemente es identificado con Aquila, el famoso alumno del rabino Akiba. Aquila es autor de una traducción muy literal del Antiguo Testamento al griego.

El tárgum de Onkelos también es sumamente literal, aunque contiene algunas secciones que son parafraseadas. Aunque está en duda su verdadera paternidad literaria, parece que originalmente fue escrito en Palestina y editado más tarde en Babilonia.

Otro tárgum del Pentateuco que es bien conocido es el del Seudo-Jonatán, llamado así porque se le atribuyó erróneamente a Jonatán ben Uzziel, el más distinguido alumno de Hillel; y también se le da el nombre de Yerushalmi I, pues fue compuesto en Palestina quizá después del siglo VII. Es una traducción con mucha paráfrasis que introduce varias ideas legales y filosóficas.

Otro tárgum palestino parafrástico del Pentateuco es el Yerushalmi II, también llamado Tárgum Fragmentario porque sólo se han conservado porciones de él. El tárgum de los profetas que mejor se conserva lleva el nombre de Jonatán, pero los eruditos han encontrado evidencias de que fue preparado en Babilonia por el rabino José en el siglo IV d. C.

Los tárgumes de los "escritos" - la tercera sección de la Biblia hebrea - aparecieron mucho más tarde. Parece que nunca se escribieron tárgumes de los libros de Daniel, Esdras y Nehemías.

8.04. Obras de Josefo

Guerra de los judíos. Es la más antigua de las obras históricas de Josefo. Fue escrita primero en arameo y después fue traducida al griego por peritos lingüísticos bajo su supervisión. Tan sólo ha quedado la traducción griega. La escribió alrededor del año 79 d. C. y consta de siete libros. Narra la historia de los judíos desde que Antíoco Epífanes tomó a Jerusalén hasta el fin de la gran guerra romana en el año 73 d. C.

La primera parte de esta historia se basa principalmente en la obra de Nicolás de Damasco; la segunda parte consiste más o menos de las propias observaciones de Josefo, a las que sin duda añadió elementos que estuvieron a su alcance en los registros de Roma. Al escribir esta obra, Josefo quizá esperaba persuadir a los judíos de Mesopotamia para que no intentaran sublevarse como lo habían hecho sus hermanos de Palestina con trágicas consecuencias.

Antigüedades judaicas. La segunda gran obra de Josefo, escrita durante los años 93 y 94 d. C., es una breve historia del pueblo de Dios desde la creación hasta los comienzos de la guerra romana en el año 66 d. D.

La primera parte de esta obra sigue muy de cerca el relato bíblico de acuerdo con la LXX, aunque a veces Josefo presenta como hechos algunos elementos de las tradiciones de los fariseos. En lo que respecta a la parte de su obra que trata del período que sigue al Antiguo Testamento, Josefo aparentemente usa como fuente 1 Macabeos y los escritos de Polibio, Estrabón y Nicolás de Damasco. Los resultados testifican de la verdad de su confesión que hacia el final de su obra se sentía cansado de su tarea.

En Antigüedades se hace referencia a una cantidad de personajes judíos que también aparecen en el Nuevo Testamento, tales como Juan el Bautista (Antigüedades xviii. 5. 2), Santiago, el hermano del Señor (Id. xx. 9. 1) y Judas el galileo (Id. xviii. l. 6).

También hay un párrafo (Id. xviii. 3. 3) en donde Jesús de Nazaret es descrito en términos sumamente favorables, con una referencia a su crucifixión y resurrección. Ese pasaje declara acerca de Jesús que "El era [el] Cristo". El consenso general de los eruditos es que este pasaje contiene interpolaciones cristianas que no expresan el pensar de Josefo mismo.

Contra Apión. Es una defensa de las enseñanzas de los judíos. Apión era un enemigo de los judíos que para Josefo llegó a ser el gentil típico. Refiriéndose a él hace una apología del judaísmo, y puesto que Josefo era fariseo, es esta la clase de judaísmo que defiende. Esta obra también es importante por los fragmentos que conserva de los escritos perdidos del historiador babilonio Beroso y del historiador egipcio Manetón.

La vida es la autobiografía de Josefo. Fue escrita principalmente como respuesta a un tal justo que había acusado a Josefo de ser el espíritu propulsor de la revolución judía. En toda la obra el autor se presenta como partidario de los romanos, punto de vista. que difícilmente se confirma con su relato de Guerra de los judíos.

Las obras de Josefo han sido muy examinadas por los críticos, y con resultados adversos, pues no estuvo exento de partidarismos. Favoreció a los romanos en contraposición a los judíos rebeldes, y favoreció a los judíos en contraposición a los gentiles.

Un proceder tal es comprensible en un escritor que vivió en un tiempo de intensas divisiones; que trató de hacer la apología de un pueblo cuya conducta lo había llevado a la derrota y a quedar subyugado, pero cuyo espíritu aún estaba intacto.

Cuando Josefo en algunos puntos es sometido a la prueba de la arqueología y de escritores menos parciales y que tratan las mismas cuestiones, se descubre que a veces fue descuidado al escribir sobre aspectos históricos. Sin embargo, permanece el hecho de que sin la obra de Josefo habría amplias brechas en el conocimiento que existe no sólo de la historia de los judíos sino también de los romanos. Josefo murió alrededor del año 100 d. C.

8.03. Josefo

Flavio Josefo, el escritor judío más conocido y más ampliamente citado de este período, fue sacerdote, erudito, oficial del ejército por accidente, e historiador de gran importancia.

Nació alrededor del año 37 d. C. de una noble familia sacerdotal de Jerusalén, y decía que era de ascendencia asmonea. Después de familiarizarse con las tres sectas judías más importantes de sus días -fariseos, saduceos y esenios- se hizo fariseo a los 22 ó 23 años.

Cuatro años más tarde fue a Roma donde intercedió en vano por algunos, judíos que habían caído en desgracia con Félix, el procurador de Palestina.

Mientras estaba en Roma quedó tan impresionado con el poderío del imperio, que cuando la gran revolución de los años 66-73 d. C. estaba a punto de estallar, Josefo, como Herodes Agripa II, procuró con todo fervor convencer a los judíos de la inutilidad de rebelarse contra Roma. Era en realidad un conservador que, por principio, se oponía a una revolución.

Pero los judíos rechazaron el consejo de Josefo por lo que, cuando tenía unos 30 años, se vio implicado en la revolución que culminó con la destrucción de Jerusalén. Cuando los judíos lo nombraron gobernador de Galilea, encabezó lastropas de esa provincia contra los romanos, pero fue derrotado, capturado y retenido como prisionero durante dos años.

Cuando Josefo fue llevado ante el general romano Vespasiano, profetizó que este general llegaría a ser emperador; y cuando en el año 69 d. C. Vespasiano fue elegido emperador por sus tropas, Josefo fue puesto en libertad bajo palabra.

Como tributo a la protección del emperador, Josefo tomó el nombre de Flavio, que era el nombre de la familia de Vespasiano. Los romanos lo enviaron como emisario ante los judíos revolucionarios antes de la destrucción de Jerusalén, a fin de inducirlos a que se rindieran. Cumplió su misión con buena voluntad, pero sin éxito.

Josefo vivió en Roma la mayor parte del resto de su vida. Allí recibió una pensión y la ciudadanía romana, así como el obsequio de una propiedad en Judea. Dedicó la última mitad de su vida a escribir. Durante ese tiempo produjo cuatro obras principales:

(1) Guerra de los judíos.

(2) Antigüedades judaicas

(3) Contra Apión.

(4) Autobiografía.

8.02. Filón (o Filón Judeo)

Filón (o Filón Judeo) es uno de los mejores ejemplos de los eruditos y filósofos judíos que actuaron bajo la influencia del helenismo. Era un hombre de carácter noble y mente amplia.

Filón nació en Alejandría, quizá entre los años 20 al 10 a. C., creció en la atmósfera de una cultura cosmopolita y de los mejores modelos judíos de pensamiento y estudio, tal vez pertenecía al linaje sacerdotal y pudo haber sido fariseo. Murió alrededor del año 50 d. C.

Moisés fue para Filón el más grande de los antiguos como pensador, legislador y exponente de la verdad divina. Creía que Moisés era el exponente fidedigno de verdades que la filosofía vehementemente había procurado en vano desarrollar.

Para Filón, el resultado deseable del estudio filosófico era comprender la enseñanza de Moisés como la revelación de Dios y la base de la verdad. El propósito de Filón fue destacar esa verdad que el creía que en parte estaba claramente presentada en el libro de Moisés, y en parte sólo en forma embrionaria. Para lograr esto, en su exégesis de las enseñanzas mosaicas aplicó el método alegórico que ya se cultivaba en los círculos literarios alejandrinos; con frecuencia llevó esta alegorización a su expresión extrema.

La influencia del pensamiento filosófico no judío, especialmente el de Platón, dominó fuertemente a Filón. Las referencias a Dios como a un Ser con pies, manos o rostro eran para él un puro antropomorfismo, es decir, era atribuirle características humanas sólo como figuras de dicción.

Filón procuró eliminar todo esto pues creía que no era literalmente verdadero. Dios era "el Ser por esencia", absolutamente simple, en el cual no se debía pensar como una realidad material sino espiritual, o más bien metafísica. Para Filón la verdadera razón era el Logos.

No personificó al Logos, sino que evidentemente lo reconoció como el Espíritu de Dios. Filón nunca unió las ideas del Logos y del Mesías en una persona divina como lo hizo en forma tan decidida Juan (Juan 1:1-3, 14). La enseñanza moral de Filón, influida por la Torah y por el estoicismo, presenta, humanamente hablando, una quintaesencia de lo mejor de la interpretación que se había ido acumulando de la ley judía.

Creía que el fin supremo del hombre es investigar la voluntad de Dios y cumplirla. Sostenía que la familia, la comunidad y el desarrollo mejor logrado del yo son oportunidades para que todo hombre de espíritu correcto se ejercite en el bien.

La influencia de Filón fue tan extensa, que las enseñanzas de los cristianos platónicos Clemente y Orígenes de Alejandría muestran su impacto cerca de dos siglos más tarde.

8.01. La Septuaginta

En 4.07. se estudia el origen y la historia de esta versión, la más antigua traducción del Antiguo Testamento.

Hay varias características que distinguen a la LXX cuando se compara con el texto masorético del Antiguo Testamento hebreo.

Una de ellas es la presencia de parejas o sinónimos colocados juntos para traducir una sola palabra hebrea.

Otra es que la LXX repetidas veces evita la representación antropomórfica de Dios. Esta tendencia era muy característica de algunos judíos de Alejandría de mentalidad más filosófica.

Otra diferencia entre la LXX y el texto masorético es la disposición de algunas secciones.

Hay una secuencia diferente en el material de Éxodo 35-39, 1 Reyes 4-11 [3 Reyes en la LXX], la última parte de Jeremías y el final de Proverbios.

Esta tendencia de la LXX también se extiende a la disposición de los libros, que difiere del orden tradicional hebreo de la Ley, los Profetas y los Salmos .

Aunque los manuscritos de la LXX varían algo en detalles en cuanto a su orden, por lo general siguen la disposición que se conserva en las Biblias actuales en castellano.

En cuanto a los libros apócrifos, 1 Esdras precede a Esdras; Sabiduría, Eclesiástico, Judit y Tobías preceden a Isaías; Baruc sigue a Jeremías, y los libros Primero y Segundo de los Macabeos siguen a Malaquías. Job se halla entre Cantares y Sabiduría; Ester, con sus añadiduras apócrifas, está entre Eclesiástico y Judit, y Daniel está acompañado por Susana, y Bel y el dragón.

La diferencia más interesante de todas entre la LXX y el texto tradicional hebreo es, quizá, que algunos pasajes que aparecen en griego no existen en hebreo, mientras que otros que se han conservado en hebreo no aparecen en griego.

La extensión de esas variantes difiere: en el Pentateuco los dos textos son muy similares, pero en el libro de Daniel la LXX es muy diferente del texto masorético hebreo.

Debido a esta gran discrepancia, la iglesia primitiva rechazó la traducción de la LXX de Daniel y en su lugar colocó la traducción hecha por Teodoción en la última parte del siglo II d. C.

El libro de Daniel en la LXX se usaba tan poco, que hoy sólo han quedado dos manuscritos griegos: una copia entre los papiros de Chester Beatty, del siglo II o III, y el manuscrito o Códice Quisiano, aproximadamente del siglo X.

La presencia en la LXX de material que no está en el texto hebreo tradicional comprende no sólo pasajes aislados sino también libros, pues la LXX contiene los libros que ahora los protestantes conocen generalmente como apócrifos (ver posteos 5.01. a 5.13).

Sin embargo, la inclusión de esos libros añadidos al parecer no se debe a un canon hebreo diferente del masorético, sino a que los judíos helenísticos aceptaron los libros que fueron rechazados por sus hermanos de Palestina que eran más conservadores.

Los descubrimientos de manuscritos en Khirbet Qumrán han despertado un nuevo interés en el estudio de la LXX, pues allí se encontraron varios fragmentos hebreos del Antiguo Testamento, cuyo texto está mucho más cerca de la LXX que del texto tradicional hebreo conservado en otros Rollos del Mar Muerto y por los masoretas.

Si bien es cierto que todavía debe determinarse el significado pleno de estos hallazgos de textos hebreos semejantes a la LXX, esto parece indicar que por lo menos algunas de las diferencias entre los textos griego y hebreo hasta ahora conocidas no son meramente el resultado de malas traducciones o de una tarea hecha con descuido, sino que más bien se basan en originales hebreos diferentes.

Es evidente que por lo menos ya en el siglo I a. C. circulaba más de una clase de textos hebreos. Esto hace suponer, además, que uno de ellos representaba el que se conserva en la LXX, y otro, al que se encuentra en la mayoría de los Rollos del Mar Muerto y en el texto masorético; sin embargo, las conclusiones finales acerca de la relación de estos textos deben esperar una investigación más amplia.

8.00. La Septuaginta (LXX), Filón y Josefo

Además de algunos de los apócrifos y seudoepigráficos que fueron escritos originalmente en griego, y que son representantes del judaísmo helenístico, hay otras obras judías importantes en idioma griego.

Entre éstas son especialmente importantes la Septuaginta -conocida con el símbolo LXX - y las obras de Filón y Josefo.

7.09. Los documentos del Qumrám

presentan las instrucciones en cuanto a los rituales de la ceremonia de iniciación, cuando se pronunciaban fuertes maldiciones contra quienes se desviaran de lo reglamentado, pero también se pronunciaba una bendición basada en Números 6:24-26: "Te bendiga él con todo lo bueno y te guarde de todo mal. Ilumine él tu corazón con prudencia vivificadora, y te conceda conocimiento eterno. Levante él su amante rostro a ti para paz eterna" (Manual de disciplina ii. 2-4).

Los miembros de la secta debían purificarse mediante la inmersión en agua, comer juntos, estudiar la ley constantemente y vivir una vida santa y piadosa.

Entre los manuscritos de Qumrán se han encontrado todos los libros del AT, excepto Ester, y de varios hay más de una copia. Esto, más el número de comentarios bíblicos, subraya la importancia que la comunidad le daba al estudio de la Biblia.

Los reglamentos del Manual de disciplina son similares a los que, según Filón (Que todo hombre probo sea libre 75-91), y Josefo (Antigüedades xviii. l. 18-22; Guerra de los judíos ii. 8.2), tenían los esenios. Por lo tanto, se ha aceptado que la secta de Qumrán era esenia o tenía alguna relación con los esenios.

Puesto que Juan el Bautista vivió en las cercanías de Qumrán, y vivió una vida de ascetismo y practicó el bautismo por inmersión, algunos eruditos han sugerido que los esenios influyeron en él. También se han señalado algunas relaciones entre la literatura de Qumrán y el Evangelio de Juan.

Es notable el contraste entre "el espíritu de verdad y el del error" y "entre la luz y las tinieblas" que aparecen tanto en el Manual de disciplina como en el cuarto Evangelio (Manual iii. 13-iv. 26; Juan 8:12; 11:10; 12:35; 14:17; 15:26; 16:13).

Se han visto otros paralelos entre los escritos de Qumrán y los de Pablo. De especial interés es el uso de los términos "misterio" y "conocimiento", palabras importantes en el vocabulario de Pablo, que anteriormente se creía que eran de origen gentil (ver Manual de disciplina iii. 2. 6; xi. 3. 6; Rom. 16:25; 1 Cor. 2:7; Efe. 3:3).

Ahora se sabe que estos términos se usaban en el culto entre los judíos, lo cual arroja luz sobre el uso que Pablo les dio.

Aunque ya han pasado décadas desde que comenzaron a aparecer los materiales de Qumrán y de las cuevas vecinas, no se ha completado el estudio y la publicación de todos los fragmentos; sin embargo, el gran volumen de material ya estudiado ha proporcionado valiosa información sobre la secta de Qumrán, y, por lo tanto, sobre el judaísmo de los tiempos de Cristo y ha sugerido interesantes relaciones con el NT.

7.08. El Rollo de cobre - Rollo del templo - Misceláneos

El Rollo de cobre

En este rollo de delgada hoja de cobre aparece una larga inscripción que describe los escondites de grandes tesoros de incienso y metal precioso. Se discute si este documento es un registro histórico o una ficción.

Rollo del templo

Este manuscrito se divide en cuatro secciones. La primera tiene que ver con la pureza ritual; la segunda, con las fiestas religiosas; la tercera, con la construcción del templo - de donde obtuvo su nombre -, y la cuarta, tiene por tema el rey y el ejército de Israel.

Misceláneos

Entre los documentos misceláneas se encuentran obras de carácter litúrgico, proverbios, una obra que se refiere a la rotación de las familias sacerdotales en su servicio, y horóscopos. Además de los elementos ya mencionados, han aparecido cartas, ostracones inscritos y contratos.

7.07. Apócrifos y seudoepigráficos

Entre los documentos apócrifos se han encontrado copias fragmentarias de Tobit, Eclesiástico y la Epístola de Jeremías.

Entre los seudoepigráficos, han aparecido copias del libro de jubileos, del libro de Enoc y del Testamento de los doce patriarcas.

También puede clasificarse como seudoepigráfico al Génesis apócrifo, que es una versión legendaria y elaborada de los relatos de los patriarcas.

Otra obra de la cual se han encontrado fragmentos de diversos manuscritos, describe la Jerusalén celestial.

En otra obra hay salmos de Josué.

También aparecen una visión de Amram (padre de Moisés) y una oración de Nabonido, en la cual agradece al Dios Altísimo por haberlo sanado de una enfermedad de siete años de duración.

7.06. Salmos de gratitud

Es una colección de unos 40 cánticos espirituales, compuestos de frases de Isaías, Jeremías y Job, pero que muestran una estrecha relación con los salmos canónicos.

Su autor, posiblemente el "Maestro de justicia", aparece como un hombre perseguido, consciente de sus pecados, pero a la vez confiado de que está lleno del Espíritu Santo, y de que le han sido revelados los secretos de Dios para capacitarlo como dirigente de sus seguidores.

7.05. Regla de guerra

Este documento fue llamado por el profesor E. L. Sukenik, "Una guerra de los hijos de la luz contra los hijos de las tinieblas".

Describe la guerra que los miembros de la secta de Qumrán tenían que pelear contra el mundo impío.

Se bosquejan las reglas que gobernarían esta guerra y se presentan los himnos que debían cantarse una vez que se conquistara la victoria.

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